Sí se puede salir de abajo

Pobre país pobre

¿Por qué hay pobreza en Venezuela? ¿Por qué son pobres los pobres? Son preguntas para las cuales las respuestas no son tan obvias como pudiera parecer. Eso justamente es lo que pone de manifiesto el enorme trabajo adelantado por un equipo dirigido por el sociologo Luis Pedro España, con el soporte de la Asociación Civil para la Promoción de Estudios Sociales y la Universidad Católica, y cuyos resultados comienzan a ser presentados hoy mismo en un seminario cuya denominación ya es toda una provocación: Pobre País Pobre, y cuyo invitado principal es el célebre Michael Porter.

La conclusión quizás más significativa es que, además de la tremenda caída de la actividad económica que ha experimentado el país en las dos últimas décadas, hay un modo de pensar en las cabezas de los venezolanos que pudiera caracterizarse como el propio de una cultura de la pobreza. Llama mucho la atención que el estudio descubriera que 60% de los ricos piensa como los pobres.

Dicho de otro modo, hay causas materiales de la pobreza, pero la manera de enfrentarlas corresponde básicamente a un pensamiento dominado, entre los pobres y buena parte de los ricos, por una cultura milagrera, del mínimo esfuerzo, dirigido éste a sacar la mayor tajada posible de una renta petrolera a la cual se considera inmensa e inagotable. En otras palabras, tenemos mentalidad de rentistas.

Cosa, por lo demás, comprensible puesto que tenemos, como país, más de ochenta años dependiendo del ingreso petrolero. El punto está en qué hacer para romper esa mentalidad y abrir un camino no sólo hacia el crecimiento económico sino hacia la creación de una cultura productiva. Las respuestas no son fáciles ni de rápida puesta en práctica.

Estamos ante un desafío que nos tomará varios años, tal vez más de los que la mentalidad milagrera quisiera. Para comenzar, es indispensable recuperar el camino del crecimiento económico. Pero de un crecimiento económico sostenible en el tiempo, de modo que pueda vencer las contingencias de la ruleta petrolera. Es decir, un crecimiento que no afloje cuando los precios del petróleo caen, para que su propia extensión en el tiempo permita que la creación de nuevos patrones socio-culturales en relación con la economía y el trabajo pueda contar con la apoyatura de una economía en expansión.

El país cuenta con grandes ventajas en las áreas sidero-metalúrgica, del aluminio, minera, forestal, turística y del petróleo aguas abajo. Consistentes políticas de Estado para abrirlas a la inversión privada son indispensables. Inversión privada extranjera, sobre todo, para que ella pueda “cebar la bomba” de la inversión privada nacional, todavía dominada por un empresariado poco dispuesto a correr riesgos, demasiado marcado por la cultura rentista de la ganancia fácil y rápida que es característica de los apostadores.

Porque, quitémonos de tonterías: la mentalidad de la mayoría irá cambiando cuando entre la minoría venezolana que puede invertir, tome cuerpo la cultura del trabajo, el esfuerzo, el riesgo y sea vencida la cultura de casino. Y para que eso ocurra el empresariado nacional necesita la espuela de la inversión extranjera.

A su vez, para que ésta fluya es necesaria una política de Estado que vea en el inversionista un creador de empleos y no un mero explotador, y que establezca normas y reglas claras que estimulen la inversión y no que rodeen su posibilidad de tanto alambre de púas reglamentario como para que aquélla se desaliente.

Editorial de El Mundo