La hipocresía de los países ricos

Sheldon Richman

Washington (AIPE)- Son igualmente falsas las alternativas planteadas por ambos flancos en el debate sobre el comercio internacional. Un lado mantiene que la política comercial debe ser diseñada democráticamente por cada nación, mientras que el otro insiste que las decisiones deben ser tomadas por una burocracia internacional actuando en secreto, la Organización Mundial del Comercio (OMC).

Por el contrario, la política comercial debe ser decidida a nivel personal e individual. Ese es el verdadero libre comercio.

La política de libre comercio nació de la comprensión que el gobierno, como lo decía George Washington, no es la razón sino la fuerza y, por consiguiente, debe ser estrictamente restringido a ejercer, según James Madison, muy pocos y bien definidos poderes.

Contrario a lo que dicen los enemigos de la OMC, no se trata de soberanía nacional sino de soberanía individual. No debemos oponernos a la OMC porque tenemos el derecho a imponer restricciones y normas laborales o ambientales. El gobierno nacional no tiene más derecho a violar nuestros derechos individuales –incluyendo los derechos de propiedad- que una burocracia multinacional. El caso contra la OMC es el siguiente: los derechos individuales están más seguros cuando el poder está fragmentado y disperso. Esa verdad encarnaba la idea del federalismo, que estaba supuesto a difundir el poder entre múltiples ramas y niveles del gobierno. La idea del federalismo está opuesta a un gobierno mundial o cualquier cosa que se le parezca, como la OMC. El meollo del asunto es que la verdadera válvula de seguridad es poder votar con los pies, cuando las jurisdicciones son pequeñas. Bajo un gobierno global, ¿cómo podríamos escapar de una tiranía?

El problema con la OMC no son las decisiones hasta ahora tomadas para resolver disputas comerciales; mayormente estas han sido en contra de las restricciones al comercio. Sino que el problema es la naturaleza misma de las burocracias, las cuales se atienen a una sola regla: perpetuar su existencia a cualquier costo. Una burocracia establecida como la OMC, más temprano que tarde hará daño. El deseo del presidente Clinton de que una nueva ronda de negociaciones incluyan normas laborales y del ambiente, sujetando a sanciones a las naciones en desarrollo que no las cumplan, es una clara indicación de la dirección tomada.

El libre comercio es una noción clara y sencilla y, por lo tanto, no necesita de burocracias ni de miles de páginas de documentos legales. Se trata de que los individuos deben gozar de la libertad de comprar y vender a quienes quieran. El gobierno de Estados Unidos podría instrumentar esa política mañana mismo, derogando todos los aranceles y las cuotas de importación. Así cada familia podría decidir su propia política comercial. El objetivo del libre comercio es abrir el mercado, no obtener concesiones.

Los grandes defensores del libre comercio en el siglo XIX no eran ingenuos. Estaban muy conscientes de la pobreza y la opresión existentes alrededor del mundo. Pero también sabían que el libre comercio es la mejor manera de diluir el poder gubernamental y promover la libertad en todas partes. Las nuevas oportunidades ofrecidas por un mejor nivel de vida permiten la formación de una clase media y demandas por más libertad. Restricciones al comercio y normas laborales condenan al mundo en desarrollo a la pobreza.

Es muy fácil para estadounidenses blancos y ricos exigir la imposición de normas al trabajo de niños y sobre el medioambiente en los países pobres. Ellos no van a sufrir las consecuencias. Pero así mismo como al comienzo de nuestra historia nacional los niños tenían que trabajar para no morir de hambre y la protección del medioambiente no era entonces una verdadera prioridad, lo mismo sucede hoy en muchas regiones del mundo. A medida que esas sociedades acumulen capital y sean más productivas, aumentarán los ingresos, los niños no tendrán que trabajar y la gente demandará agua y una atmósfera limpia. Los países pobres sufren de ambientes sucios y mantenerlos pobres no ayuda ni a los niños ni al medioambiente.

Tanto la derecha como la izquierda han mostrado fallas en el debate sobre la OMC. La izquierda se queja de las limitaciones a la soberanía nacional, pero se opone a la soberanía individual. Algunos de la derecha apoyan a la OMC, olvidando sus preocupaciones respecto a la ONU, mientras que otros apoyan a los sindicatos y lloran lágrimas de cocodrilo en defensa del mundo en desarrollo, cuando lo que verdaderamente buscan es acabar con la competencia extranjera. La hipocresía predomina.

Si la libertad y la prosperidad son nuestras normas, entonces debemos apoyar un comercio libre sin condiciones y oponernos a la OMC.  ©

Director de la revista The Freeman y académico del Future of Freedom Foundation.