Ramón Díaz
Montevideo (AIPE)- Se habrán enterado de que la Gran Muralla acaba de desplomarse. Naturalmente, no me refiero a la construcción 6 mil kilómetros de longitud que Shih-Huang-ti, el emperador que unificó China, erigió en el siglo III A.C., para protegerla de las incursiones de los bárbaros del norte: hunos, tártaros, manchúes, mongoles. Me refiero, en cambio, al muro hecho, no de piedra, ladrillo y adobe como aquél, sino de aranceles aduaneros, licencias de importación, monopolios legales y trabas a la inversión extranjera, levantada por el gobierno revolucionario para preservar su territorio de la penetración capitalista. Ha surgido un acuerdo muy amplio, en cuanto a que la caída del muro de Pekín complementa al derrumbe del muro de Berlín, como símbolo, finalmente cabal, del ocaso del comunismo en el mundo entero. El derrumbe de la muralla tomó la forma de un acuerdo bilateral entre China y los EEUU celebrado mientras aquélla negocia otros acuerdos igualmente aperturistas con la Unión Europea y otras potencias económicas, que culminarán con su ingreso en la Organización Mundial del Comercio (OMC). La liberación comercial incluye reducciones arancelarias, inmediatamente vigentes y programadas, por ejemplo, la que se refiere a la industria automotriz, que de 80-100% se reducirá a 25% para el 2006, y una liberalización muy importante en el sector agrícola, con aranceles de 14-15% para artículos de máximo interés para muchos países exportadores de alimentos y fibras, como el arroz, maíz y algodón, aparte de la eliminación programada del monopolio de la soja. Las empresas norteamericanas podrán importar y distribuir directamente su producción, regla que será generalizada con el ingreso de China en la OMC.
En materia de servicios, la apertura va muy lejos. Se acepta la inversión en telecomunicaciones de empresas norteamericanas, en sociedad con empresas chinas, con una participación del 49%. Aprovechando las nuevas condiciones, ATT está programando asociarse con dos empresas chinas para establecer una red de infraestructura dedicado a internet. En materia financiera, se autoriza a los bancos norteamericanos a efectuar préstamos en moneda local (yuan) y se les reconoce el derecho dentro de 5 años a operar en un pie de igualdad con los bancos chinos.
El potencial que revelan los números asociados a la demolición de la muralla proteccionista china luce prodigioso. Estamos hablando de un mercado de 1.200 millones de personas, con un PIB del orden de 900 mil millones de dólares, el 10º en el mundo, por más que el ingreso per capita sea de sólo 725 dólares (el 149º mundial). Pero no sólo es un mercado enorme, sino que crece a una velocidad prodigiosa: el ingreso per capita se multiplicó por 16 desde 1980, a un 9,6% al año. Desde entonces data la adopción parcial de la economía de mercado por los chinos.
Hasta ahora la apertura al capitalismo fue haciéndose por sectores de actividad, comenzando con la agricultura, y por regiones, concentrándose en la zona costera del sur, donde están Shanghai, Cantón y Shenzen. El paso actual apunta a ser una generalización de la apertura. ¿Cuál es la razón de ser de esta reforma? En China gobierna aún dictatorialmente el Partido Comunista. Nadie podría pretender que es un dogmatismo "neoliberal" el que está pautando los cambios. Si bien el gobierno chino invitó dos veces a Milton Friedman a visitar su país, en 1980 y 1988, es preciso suponer que la suya es una opción básicamente pragmática: fundada sobre el convencimiento de que la represión del descontento popular, como brutalmente se practicó en Tiananmen, no podría continuarse indefinidamente. En este sentido la caída del imperio soviético, y en general del comunismo en toda el área que aquél había abarcado, no pudieron dejar de operar como un estímulo para que los dirigentes chinos continuasen apartándose de su ortodoxia socialista y en la dirección del sentido común.
El radicalismo colectivista de Mao, paradojalmente, los ayudó. Luego de tomar el poder, los comunistas organizaron la producción agrícola, donde trabajaba la mayor parte de la población, en cooperativas. Más tarde, inspirado en el método estalinista, Mao ordenó que se fusionasen las cooperativas en un número mucho menor de granjas colectivas: 740 mil cooperativas se condensaron en 26 mil grandes comunas. Los datos de la producción bajo la nueva modalidad entusiasmaron a Mao. Las cuotas de producción se estaban sobrepasando largamente. Ello infundió en aquél un espíritu de osadía, que le llevo a proclamar la posibilidad de lograr un gigantesco crecimiento salteándose el gradualismo a que, para él por pereza burocrática, los planes sujetaban el ritmo de la expansión. Y lanzó entonces el plan que él mismo llamó "El gran salto adelante", según el cual los hogares fabricarían acero en hornos caseros, y cosas por el estilo. Ocurrió, sin embargo, que las cifras sobre la producción de granos en las comunas eran falsas. Las cuotas no estaban de ninguna manera alcanzándose, pero nadie tenía el coraje de informarlo por miedo a ser condenados por "derechista" o "derrotista".
Cuando el mariscal Peng Dehuai le escribió a Mao poniendo en duda los datos publicados sobre las cosechas, y denunciando que el pueblo natal del líder, Shao-shan, en Hunan, había recibido más raciones de las debidas para ocultarle la hambruna que se estaba gestando, Mao lo trató de traidor. A veces la gente pierde de vista que en los regímenes marxistas la mentira infiltra a tal punto a la sociedad, que los propios dirigentes resultan engañados. De hecho, la hambruna causada por "el gran salto adelante", junto con la desinformación de la cúpula política, causó más de 20 millones de muertos entre 1959 y 1962.
Al fallecer Mao en 1976, la situación era tan desastrosa, que sus continuadores pegaron un fuerte golpe de timón. La agricultura fue devuelta a las unidades familiares con notable éxito. Y las reformas del comercio y las finanzas, de las relaciones con el exterior en general, que ahora han alcanzado un hito importantísimo, el reconocimiento del valor de las inversiones extranjeras y de la propiedad privada, continuaron progresivamente, y todo hace esperar que las consecuencias políticas del mercado, siempre favorables a la libertad, no se harán esperar mucho. El siglo XX será recordado tristemente como el siglo del totalitarismo en general, y, en particular, de su variedad más antigua y más duradera, el comunismo; pero, al menos, cuando la centuria concluya, a fines del 2000, es dable esperar que sobre la tierra ya no queden de él más que vestigios.
Presidente de la Sociedad Mont Pelerin, ex presidente del Banco Central de Uruguay.