Requiem mexicano por la OMC

Alberto Valero

En México, Juan María Alponte es el equivalente de nuestro Sanoja Hernández; por el talento con que ataca los temas mas dispares, sean de la actualidad política local o del panorama internacional, y la notable fecundidad que le permite, dia tras dia, sorprendernos en cualquiera de los medios capitalinos (y, sin su consentimiento, en algunos periódicos de provincia) con análisis y comentarios excelentes; tanto mas valiosos cuando se los sabe paridos sin el menor auxilio de la informática, que el admirado maestro y colega sigue considerando como a una invención mefistofélica.

La cumbre de la Organización Mundial de Comercio que tuvo lugar hace un par de semanas con el balance catastrófico que todos conocemos, ha motivado al veterano Alponte uno de sus magníficos reportajes en el Excelsior, destacando todo lo que estaba en juego en Seattle y las consecuencias tan lamentables de los disturbios callejeros que frustraron el inicio de una ronda de negociaciones llamada a establecer a la vuelta de tres o cinco años el marco global para una actividad comercial mas armoniosa. Fue un enfrentamiento anunciado - imposible de evitar, quizás, dadas las circunstancias internas de la propia organización, que soportó casi un año de acefalía y debió transarse por una solución de compromiso casi en vísperas de la reunión- generador de la atmósfera mas desfavorable para los futuros trabajos del organismo, por lo enconado de posiciones que demandarán de su Secretario General, el neozelandés Mike Moore, una diplomacia de filigrana para limar antagonismos que lindan en lo visceral.

Algunos observadores descalifican a quienes protestaron en las calles de Seattle como tontos asustados por un concepto ignorante de la globalización, temerosos de una marcha arrolladora que estaría llamada a violentar las normas ambientales y vulnerar a las naciones pequeñas hasta reducir las culturas locales a una homogeneizada sopa global, impulsando ingentes volúmenes de capitales hacia dentro y fuera de sistemas económicos débiles e incapaces de control alguno, y anulando los derechos humanos en favor de las metas codiciosas de los grandes consorcios. En resumen, antes que una imagen gentil y amable de la globalización como productora de riqueza, "la cara helada de una modernidad implacable" estimuló las denuncias de ecologistas, activistas sindicales, defensores de los derechos humanos, enemigos de las transnacionales y maniáticos oportunistas que provocaron el caos ante los lujosísimos hoteles de Seattle, sin saber que muchas de los delegaciones oficiales compartían el mismo miedo ante esa fuerza nueva y gigantesca que sacude al planeta con una gran carga de promesas pero, también, de natural incertidumbre.

Para ellos, habríamos asistido a la primera derrota importante de las corporaciones multinacionales en sus esfuerzos por dominar el mundo a través de la OMC, cuya naturaleza elitista y secreta habría sido desenmascarada por los millares de manifestantes en lo que ya se proclama como la Batalla de Seattle, que plantearon la opción de una democracia popular al mito de la mundialización como alternativa exclusiva. En suma, una actitud fundamentalista que Juan María Alponte ha cuestionado en el Excelsior, en una columna sin desperdicio y tan atinada que vale la pena reproducir para nuestros lectores: "El radicalismo ha vivido en Seattle una victoria que es una gran derrota. Si se hubiera meditado en el espacio que ocupaban en las calles, habrían sabido que esa ciudad del estado de Washington es una de las trincheras del porvenir: industrias aeroespaciales, tecnología avanzada y biotecnologías con el otro ojo puesto en el uso óptimo de su riqueza forestal y de una agricultura poderosa que no hace pobres (como nuestros seis millones de campesinos anclados en un porvenir sin futuro) porque procesa la riqueza.

No: el radicalismo de los gritos cerró la Universidad llamada Organización Mundial de Comercio sin una estrategia: obligar a los Estados Unidos y Europa, confrontados por la dinámica de la competividad y la tercera vía, a racionalizar su doble proyecto con la ayuda y la crítica de los pobres. La protesta, que tiene tantos adeptos sin cabeza, permitirá que los ricos negocien, sin más, entre sí. Es el destino de la barbarie. La inmensa injusticia de la desigualdad no se terminará con el cierre de la Conferencia, con los gritos de Seattle, ciudad de un estado superindustrial y superecológico, sino asumiendo la verdad de acero y titanio de que la globalización vino para quedarse porque es el resultado de una ciencia y una tecnología que no cabe dentro de las viejas fronteras nacionales y se funda en el control de la revolución del conocimiento y la inversión; no en el grito y la histeria, sino en la investigación, la educación y la formación de los hombres. Era indispensable exigir, racionalmente, acompañando a Mike Moore, el cambio de las reglas del juego, demostrando que es inviable abandonar a la mayoría de la Tierra al desempleo y el sida. Ocasión memorable para aprovechar la crisis, entre la Unión Europea (primer mercado comercial del mundo) y Estados Unidos, ofreciendo alternativas válidas al proceso de concentración inhumana. Se deja a los colosos lo ineludible: que se entiendan solos sobre el euro y el dólar, rescatando al yen del desastre.

No aprendimos que Nicaragua debía al mundo menos de 3.500 millones de dólares antes de la revolución y que la revolución dejó una deuda de casi 11 mil millones de dólares que su pueblo viene pagando, con sangre, desde entonces. Pero no se aprende porque se grita. ¡Lástima de la ocasión perdida!".

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México, diciembre 99.