Los paises en vías de desarrollo necesitan la prosperidad económica indispensable para mejorar las condiciones de vida
Pedro Shwartz
El intento de lanzar en Seattle una nueva ronda de liberalización del comercio mundial ha fracasado, con grave daño para los pobres del mundo. Los partícipes en esa reunión de la Organización Mundial del Comercio han vuelto a sus casas sin ponerse de acuerdo siquiera sobre la fecha del próximo encuentro. El principal culpable es el presidente Clinton: preocupado por conseguir los votos de la izquierda americana para Al Gore, se ha negado a cualquier compromiso que salvara la reunión y ha dado el triunfo a los proteccionistas.
Clinton se ha puesto así del lado de los inciviles manifestantes que batallaban en las calles de Seattle contra la globalización. Esos manifestantes decían defender el medio ambiente y los derechos políticos y laborales de los trabajadores de los países en vías de desarrollo. Pero de hecho se comportaban como aliados de los grupos de interés que buscan impedir a toda costa que los pobres del mundo puedan vender sus productos y prosperar. La izquierda bienpensante se caracteriza por la confusión mental.
Hace más de dos siglos que los economistas venimos defendiendo las ventajas del libre comercio para la humanidad en general, pero sobre todo para los pobres de los países atrasados. El sentido común, que en cuestiones de economía es a menudo mal consejero, parece sugerir que la mundialización de la economía ahonda necesariamente la diferencia entre países ricos y pobres, porque los trabajadores del campo y de la industria en las regiones menos productivas del globo tienen todas las de perder ante la competencia de los productos venidos del Primer Mundo. Falso de toda falsedad.
Adam Smith, en el año 1776, destacó que el primer efecto de la apertura del comercio de una región era el aumento del empleo de personas antes ociosas en un mercado pequeño y estrecho. Un mercado más grande empujaba a los trabajadores a especializarse en nuevas tareas, con lo que no sólo se creaban nuevos puestos de trabajo, sino que aumentaba la productividad. El maestro escocés también subrayó que la apertura del comercio internacional permitía la compra de las materias primas y bienes de consumo donde eran más baratos, lo que reducía los costes de la producción local y mejoraba el nivel de vida de los consumidores, sobre todo los más pobres.
Pero, me dirán seguramente los defensores de los "botiguers" catalanes, de los huelguistas de Astilleros españoles, de los mineros polacos empleados en las minas asturianas y leonesas, de los sindicalistas americanos del acero, de los remolacheros alemanes y tomateros holandeses, para producir más eficazmente y consumir más barato hay que tener puestos de trabajo y el comercio internacional los destruye. Si abrimos las fronteras a las tiendas de descuento alemanas, a los barcos coreanos, al carbón sudafricano, al acero ruso, al azúcar cubano, a los to-mates marroquíes, muchos trabajadores irán al paro y no podrán ni producir ni consumir.David Ricardo demostró en 1817 que, incluso si un país es más productivo que otro en toda la línea, su "partenaire" más atrasado y con costes más altos podrá exportarle sus productos. Si India no exporta nada a la Unión Europea, no podrá comprar nada a los europeos. Pero sin ir tan al extremo, hizo ver Ricardo que al más competitivo le convendrá comprar alguna cosa al menos productivo, incluso si todo pudiera producirlo más barato en casa. Paul Samuelson, el premio Nobel autor del famoso libro de texto de economía, daba este ejemplo. Imaginemos, nos dice, que no sólo soy mucho mejor economista, sino también bastante mejor mecanógrafo que mi secretario. Puedo hacer ambas tareas, pero me conviene especializarme en economía y así alquilar los servicios de ese secretario y otro más si quiero. De igual manera, India podrá seguir exportando a la UE después de liberar el comercio, aunque todos sus productores tengan costes más altos que los europeos.
Recuerdo cómo se negaban los proteccionistas españoles a que nos uniéramos al Mercado Común, porque creían que la competencia europea destruiría nuestra industria. Si los países del Tercer Mundo hubieran conseguido en Seattle que se abrieran las fronteras de EEUU, la UE y Japón a sus productos agrícolas, tendrían esperanza de mejorar mucho más rápidamente que si se les regalase el 0,7% del PIB prometido en ciertos paquetes de cigarrillos. Si los países del Tercer Mundo importaran libremente los productos y servicios de los países industrializados, bajarían sus costes, aparecerían economías de escala en su producción, se estimularía la competencia, atraerían inversiones extranjeras, adquirirían nuevos conocimientos técnicos y científicos y multiplicarían su capacidad empresarial. Se trata de que los desplazados cambien de ocupación, aunque cueste. ¿Reconocen ustedes la historia de España?
No se puede exigir que los países en vías de desarrollo apliquen nuestra legislación laboral y medioambiental cuando les falta el pan que llevarse a la boca. Los países en vías de desarrollo necesitan la prosperidad económica indispensable para, en un futuro, mejorar las condiciones de vida. No me los imagino con la semana de 40 horas ni obligándose a renovar los frigoríficos y las guaguas para evitar el efecto invernadero. Además, el derecho a comerciar libremente es uno de los derechos naturales más importantes; sino, que se lo digan a los cubanos. ¿O es que están a favor del boicot americano?
La Vanguardia edición digital (España), 7 de diciembre de 1999