Michael Rowan
Ha llegado el tiempo de que quienes apoyan a Hugo Chávez lo convenzan de que debe ponerle fin a la política de destrucción, o renunciar a la vida pública para cederle el lugar a un líder de su partido que pueda hacer algo constructivo y positivo para reconstruir a esta nación. Si algo ha quedado claro de la tragedia de la semana pasada es que la guerra de clases que él ha estado poniendo en práctica ya no tiene cabida en este país. Lo que requerimos es una voluntad de construir un futuro mejor, y tolerancia para toda la gente de Venezuela.
Este país se está ahogando en las andanadas reiteradas de lenguaje altisonante sobre la oligarquía rancia, las trampas de los adecos, los destructores de la nación, vampiros, elites pútridas, y las sabandijas repulsivas y corruptas que traicionaron a Venezuela y nos precipitaron en el camino del infierno. Esas son frases que recuerdan al genocidio, la limpieza y la guerra étnicas. Esas son las palabras de los Nazis o Serbios. Ese lenguaje no es apropiado para Venezuela ni cultural ni históricamente.
Sin duda, el país se ahoga en las palabras del belicismo. Es como si estuviéramos atrapados dentro de una película de Arnold Schwartzenegger. Oímos sin cesar acerca de la puesta en acción de la artillería del pensamiento, de que he desenvainado mi espada, de que me estoy poniendo las botas de combate; oímos acerca de planes de activación de un contraataque masivo e intenso; de arrasar con ellos, de desplegar una ofensiva sobre los cuatro frentes sin piedad para el enemigo. ¿De qué diantre estamos hablando?
Si uno no está de acuerdo con el presidente a uno se le tilda de ateo, enfermo, antipatriótico o corrupto. Si un Cardenal manifiesta su desacuerdo, tiene problemas con Dios --requiere un exorcismo. Si un escritor famoso disiente, es un ignorante e iletrado --requiere atención psiquiátrica. Si un editor de periódicos manifiesta su desacuerdo, está traicionando a la verdad a cambio de dinero --tiene que tener cuidado. Si un dirigente empresarial disiente, lo que está haciendo es destruir el país --la policía lo vigila. "Es así como actuaba Mussolini", dio el Cardenal.
¿Acaso estamos en el Haití de Papa Doc Duvalier? ¿Estamos asistiendo a un mitin del terrorista Qadaffi? ¿Estamos oyendo una andanada racista en boca de Louis Farrakhan? ¿Puede ser éste el Presidente de Venezuela? "Habla con mucha violencia verbal, tratando de aniquilar a todos los disidentes," dijo el Cardenal. "Se trata de una retórica totalitaria." Un presidente debe cuidarse de un lenguaje tan áspero, dijo Vargas Llosa, o perderá popularidad entre los mismos entusiastas que lo colocaron donde está.
El presidente considera a la vida como una acción bélica. Ve enemigos por doquier. La mayoría de ellos yacen virtualmente heridos o muertos en los montones de escoria política de 1999. El Congreso, la Corte Suprema, la Constitución de 1961, y los viejos partidos políticos. Pero hay otros enemigos peligrosos que, si están heridos, siguen viviendo: los empresarios, los medios de comunicación social, la Iglesia. Y hay enemigos poderosos que falta por atacar: la globalización, el neoliberalismo, los organismos multilaterales, y el policía mundial del norte.
Supuestamente, hay mucho enemigos que complotan contra él. Dos veces durante su campaña presidencial oímos acerca de intentos de asesinato. Se ha hecho alusión a muchos más desde entonces, incluso uno del que supo Fidel Castro pero que, extrañamente no mencionaron cuando el presidente estuvo en Cuba. Pero el presidente está preparado ;para lo peor. Está dispuesto a dar la vida por su país. Está preparado para el definitivo sacrificio patriótico, No tiene miedo, Tomará el camino de Jesús quien, si estuviera caminando entre nosotros hoy en día, se nos dice, habría votado sí por la Constitución. Parece tener una fijación con Simón Bolívar quien una vez dijo que las tres personas más locas que había conocido eran "Jesús, el Quijote y yo."
Incluso la naturaleza es enemiga. En plena mortandad desatada por las inundaciones
, que enterró a miles y destruyó las viviendas de más de 200.000 compatriotas suyos, en primer lugar culpó a los viejos partidos políticos, y luego dijo que no se sometería a la naturaleza sino que la vencería. Vistió su uniforme de paracaidista y se lanzó a otra batalla que, como ironía de las ironías, se libraba contra el Niño o la Niña en las Navidades de 1999.
Ha llegado el momento de decir ¡Basta!
Nunca ha habido, como en la semana pasada, tiempo de sentir más orgullo de ser venezolano. Los brotes incontenibles de buena voluntad, de lágrimas derramadas sentidas desde el corazón, bienes materiales y oraciones produjeron un tributo monumental a Venezuela que ninguna cacería de enemigo invisible puede disminuir. Los venezolanos se unieron estrechamente. Todas la divisiones exacerbadas en este país en el último año, entre ricos y pobres, las urbanizaciones y los barrios, el empresariado y los trabajadores, se esfumaron. Frente a los torrentes de agua encrespadas y lodo que enterraban a bebés y ancianos y dulces niños, hombres fuertes, mujeres maravillosas, algo más se encrespó igualmente. Venezuela se encontró a si misma. Supo que era un solo país, un solo pueblos, una sociedad con una finalidad en la vida,
Mientras el referendo sobre la constitución forzó divisiones arbitrarias entre amigos y enemigos, entre buenos y malos, entre el sí y el no, tal como si la guerra de clases fuera parte de su cultura, las inundaciones terminaron con los últimos residuos de la francamente falsa y dañina idea sobre los venezolanos. No es verdad y nunca ha sido verdad, Un acontecimiento horrible, de catarsis ha actuado como catalizador de unidad en este país que 200 años de generales y presidentes no pudieron realizar.
Y es sobre esa base común que Venezuela puede ahora erigir. Construir, Avanzar, Cooperar. Desarrollar. Y sobresalir. La política ya no será nunca más la misma en este país. La política de destrucción, de odio, de división, de rabia, de resentimiento, de guerra de clases, ha muerto. Se terminó. Ya no funcionará más nunca. Ya está.
Hace dos mil años nación un niño para convertirse en una fuerza espiritual de impulso al amor. Fue él quien dijo:"Ama a tu prójimo como a ti mismo" Aceptar ese principio es un buen punto de partida para desterrar la política de la destrucción del corazón. Venezuela, que la Natividad de Nuestro Señor esté siempre contigo.
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