Algún experto en geología dimensionó adecuadamente la tragedia del litoral central: "A juzgar por los testimonios geológicos, similares catástrofes ocurrieron muy probablemente en el 1100 y en el 1500 DC". No son, pues, los accidentes humanos que fueron transformando el escenario geográfico de la zona los adecuados para comprender el desastre desencadenado el 16D. Ni siquiera las trapacerías del puntofijismo y la irresponsabilidad nacional en esos vilipendiados cuarenta años. Debemos recurrir a un calendario virtual ajeno a nuestros quehaceres. ¿Cuarenta años? No seamos ingenuos: la naturaleza reaccionó a un fenómeno atmosférico absoluta y completamente inusual como suele hacerlo en sus sístoles y diástoles vitales: cada quinientos años.
Es, pues, en el interregno entre la llegada de Colón a Macuro y estos afanes referendarios que nos traen de cabeza que el Avila vuelve a sacudir apenas un suspiro de su tupido follaje, agobiado por una lluvia incesante de catorce días. No es el diluvio universal, no es la lluvia interminable que se roba el protagonismo de algún relato garciamarqueciano, no es un enfurecido huracán tropical: es una simple y pesada nube que decide el capricho de asentarse en las faldas del Avila y retozar sin prisa hasta agotar su carga colosal y tempestuosa. Nada en comparación con las dimensiones abismales de estos que el poeta gaditano Rafael Alberti llamara los hombros de América. Absolutamente todo, en cambio, medido en horas y días de afanes humanos. Pueda que una capa de 10 metros de lodo y piedras no sea más que un tenue velo geológico: posiblemente oculta ahora sepultados millones de anhelos, de afanes y sueños perdidos para siempre, encerrados en quién sabe cuántas decenas de miles de cadáveres.
Estamos, pues, a merced de la madre naturaleza. Y así, mientras ella extendía aún somnolienta su zarpazo, cebábamos inconscientes nuestros deseos de Poder, nos emborrachábamos mirándonos en nuestro ombligo electoral y disfrutábamos el anticipo del triunfo y el dulce placer de la derrota de nuestros jurados enemigos. El anecdotario arrastrado como residuo por esta avalancha de desolación recogerá el misterio de esas largas e interminables horas de tragedia que pasaron inadvertidas para el presidente Hugo Chávez, todavía aturdido por la derrota con la que había revolcado en el lodo electoral a sus adversarios y aparentemente perdido en lejanas comarcas de celebraciones (¿La Orchila, con invitados internacionales?).
Aquella medianoche del jueves 16 de diciembre, cuando un presidente distraído aún por la miel de la victoria trataba de decirle alguna incoherencia al aturdido país de sus desvelos, acababa de terminar el más horrible desenlace a una contenida furia de quinientos años. Como para que no queramos despertar de tanta pesadilla.
2
Ocurre este retozón del Avila cuando los humanos caprichos parecen querer desencajar al país desde sus mismos cimientos. La carnicería de Verdun y las sangrientas trincheras de la Primera Guerra Mundial anticiparon y precipitaron el ciclón revolucionario que inundó a Europa, desde Moscú hasta Budapest, desde Finlandia hasta Berlín, preludiando la emergencia del fascismo en Alemania e Italia. Mucho más cercano en el tiempo y a escala menos planetaria: el terremoto de Managua terminó por quitarle piso a Tachito Somoza y abrir las compuertas de la revolución sandinista. ¿Esta cruel coincidencia de afanes fundacionales y telúricas avalanchas terminará precipitando las condiciones para crear lo que la práctica leninista llama "situación prerrevolucionaria", es decir las "condiciones objetivas" para un asalto final al Poder?
Tal vez la hora de leernos "Qué hacer", de Vladimir Ilich Ulianov, llamado Lenin, o "Historia y conciencia de clases", de Georg Lukacs. Y sin embargo ni en Lenin ni en Lukacs encontraremos alguna indicación que presagie la forma concreta de acceso al Poder por la "clase revolucionaria" en una zarandeada república caribeña como la nuestra. Como tampoco en los escritos revolucionarios del Che o en la "Revolución en la revolución" de Regis Debray. Pueda que Mao o el tío Ho, experimentados soldados que encabezaron luchas militares de liberación, nos acerquen más luces sobre la oscuridad en que aún se encuentra "la vía venezolana a la utopía". El desgaste electoral dejó en la vera los cadáveres de Núñez Tenorio y de Pedro Duno, ideólogos que quizá pudieran habernos dado luces sobre la praxis revolucionaria del chavecismo. Pero fueron las primeras víctimas de la pava que parece irradiar el comandante. ¿No nos quedará entonces más remedio que tomar en serio a Ceresole, epígono carapintada de su compatriota Ernesto Guevara de la Serna, mejor conocido como el Che?
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Despierte, querido y paciente lector. Asómese a la ventana y vea un país sacudido en sus cimientos, azotado por una de las más graves catástrofes naturales del planeta en este siglo, sumido en la peor crisis económica y social de su historia, con un sistema institucional en ruinas, sin Congreso, sin Corte Suprema de Justicia, sin otro poder que el que detenta el Comandante en jefe, su Fuerza Armada, un séquito de seguidores emergidos de los cuarteles y un grupúsculo de trasnochados políticos herederos de la izquierda revolucionaria de los años sesenta, todos ellos conserjes de una nueva herramienta revolucionaria: el congresillo, suerte caricaturesca de los míticos soviets de obreros y campesinos con que Lenin degolló el zarismo. ¿Qué fuerza social o qué instancia jurídica o moral puede impedir en estos momentos el establecimiento de una dictadura legal cesariana y autoritaria? Si cuanto se ha escrito no llena los requisitos de aquella categoría que el marxista húngaro Georg Luckacs llamara "la posibilidad objetiva" del cambio revolucionario, que alguien me explique el estado en que nos encontramos.
La ocasión la pintan calva. El país está militarizado "de facto". La única oposición existente, ejercida a través de los medios de comunicación, inicia su agonía. La primera víctima, com mayúscula, se llama Teodoro Petkoff y el intento por ejercer un periodismo digno, libre e independiente. Otrora afamados medios de comunicación, que llevaran la antorcha del liberalismo y la modernidad en el país, yacen convertidos en caricatura de lo que fueron. Languidecen a la sombra del Poder esperando quizá por tiempos magisteriales para alguno de sus protegidos. Otros se defienden con uñas y dientes de las inminentes amenazas del Poder. El espacio para una eventual oposición se ha reducido así hasta lo insólito y pueda que termine encogido a la ventana de la Web, que como bien dice uno de los arrepentidos de última hora: "no sube cerros".
Qué tiempos aquellos en que, en medio del "putrefacto sistema puntofijista", los hoy poderosos contaban con la protección de senadores, diputados y hasta presidentes del viejo establishment, fiscales generales ansiosos de figuración y hoy en la desgracia del retiro, notables y sabios de toda laya y condición, telenovelas exitosas, propietarios de medios, columnistas de opinión a granel y afamados "filósofos de la televisión" que voceaban su canto apocalíptico en idolatrados talk shows de alto rating! ¿Quién protegerá ahora a quienes comenzarán más temprano que tarde a necesitarlo con urgencia?
El 15D se convirtió en el primer desenlace de una historia que pien podríamos llamar, como el taquillero filme hollywoodense: "Impacto profundo". Un impacto cuyo desenlace puede quedar al gusto de nuestra imaginación.
Como solía decir Joselo en los buenos tiempos del puntofijismo: "éstos no són"