Crónicas de Puntofijo

Nuestros muertos por el diluvio: ¿Eran de la IV o de la V República?

Asdrúbal Aguiar

La tragedia que nos enluta a todos los venezolanos y que ha cegado la vida de miles de personas útiles debe ser motivo de una honda reflexión. La dura enseñanza que ella apareja no tiene uno o varios destinatarios, ella ha de llegar al corazón de todos quienes nos sentimos parte inescindible de esta tierra y de su realidad. La reacción tan extraordinaria e inmediata de solidaridad puesta de manifiesto por todos los sectores del país, sin exclusiones, hace buena como nunca antes la idea de que Venezuela somos todos y de que a las divisiones nada bueno les acompaña.

Para el Gobierno y para nosotros los ciudadanos es el momento del examen de conciencia, pues el drama nos interpela severamente, en modo de que entendamos, sobre todo quienes gobiernan, que gobernar es trabajar, hacer, construir, armonizar, unir, deponer la esterilidad de las confrontaciones y, por sobre todo, acabar con los fantasmas del pasado, que no nos dejan paz ni nos regalan un minuto de sosiego dadas las inagotables invocaciones de que todavía son objeto por los espiritistas de la neonata V República. Seguir culpando a los 40 años de puntofijismo de todos los males y desgracias del país, en nada nos ayuda. No ayuda al Gobierno a gobernar, ni nos ayuda a los venezolanos a progresar en paz. Ese tiempo fue, se hizo y culminó, y a la historia le corresponderá el juicio de valor. El desafío de los nuevos actores está en lograr y conquistar esas cosas nuevas a las que todos tenemos derecho - no sólo predicarlas - y que nos permitan añorar el futuro con más optimismo.

Así como Gómez hizo lo suyo y, en medio de la barbarie unificó y vertebró al país de los caudillos, López y Medina dejaron puentes para la modernización política y social de Venezuela. El 18 de octubre de 1945 fue, por así decirlo, la fecha del gran parto histórico: Con él se abren las compuertas para otro modelo de orden constitucional que, en la sana idea de conquistar un Estado Social de Derecho y de soberanía democrática y popular, no fue, sin embargo, capaz de liquidar la "saña cainita" entre las facciones, esa de la que tanto hablaba Betancourt. Esa que luego dio pié al golpe de Estado que entronizó otro tiempo de opresión en Venezuela. Pero, Pérez Jiménez también hizo lo suyo y de nada vale relamernos las heridas en el recuerdo de lo que fue o de lo que pudo no haber sido. El hombre de Michelena dejó una extraordinaria vitrina en Caracas y sólo en ella, orgullo de todo el país, y también construyó en su período varios cientos de miles de letrinas o pozos sépticos a lo largo y ancho de una geografía entonces infectada por las epidemias de la primera mitad del siglo. No pudo hacer crecer, sin embargo, los servicios de aguas blancas y negras ni la vida universitaria o los estudios superiores, pues las mismas tres universidades públicas de 1945 eran las de 1958. Sus carreteras llegaron a 7.000 kilómetros y la cifra no fue mala. La democracia, sin embargo, dejó 97.000 kilómetros y no son suficientes, pero han sido en su número muchos y siderales esos kilómetros del puntofijismo.

En el curso de la democracia no fueron pocos los errores, pero ella logró sembrar el período más largo de estabilidad y de paz conocido por la República desde su independencia. Tuvo la Constitución - buena, mala o perfectible - de mayor aliento y perdurabilidad en la vida del país. Algunos dirigentes de la democracia, que no la democracia, sí se corrompieron descaradamente al igual que corrompida era la dictadura y corrompidas han estado las entrañas del país por ese cáncer que tanto dolor de cabeza ya causaba a Simón Bolívar en el pasado siglo. Pero ella, la democracia de Puntofijo, en buena lid, sembró de escuelas, liceos y universidades a toda nuestra tierra, llegando sólo éstas y junto a los demás institutos de educación superior a más de dos centenares y medio. El índice de vida paso de 53 años en 1958 hasta 73 y medio en la actualidad. Y, lo más importante, sustituyó las letrinas perezjimenistas por sistemas de aguas servidas que hoy llegan a casi 13 millones de habitantes y nutrió al país de acueductos, llevándole aguas blancas y purificadas a casi 14 millones de los seres humanos anclados en este pedazo de la Humanidad.

Pero revisar esto y llorar sobre lo que fue o sobre lo que lamentablemente no fue o se frustró, en nada nos permitirá avanzar como nación. Son los antecedentes históricos muestras o ejemplos para los nuevos desafíos. Y sólo eso. Pero antes y ahora, y esto es bueno que lo entiendan no sólo el Gobierno sino también toda Venezuela, la patria buena y mala y también la patria boba, ha sido hechura de todos quienes aquí luchamos por nuestro crecimiento personal y colectivo. No hay patria vieja ni V República: Hoy lo que tenemos, así nos lo dice con su crudeza la providencia y la naturaleza, son muertos, miles de muertos esparcidos a lo largo de todas nuestras costas, enterrados sin cristiana sepultura y todos ellos son hijos de la venezolanidad. Poco importa, entonces, que hayan hecho parte de la IV República o que fuesen prospectos de una nueva República que apenas está por nacer y que no nacerá sino lo es de las manos de todos. Así que, Presidente Chávez, venezolanos de la pasada y de la nueva República, pongámonos a trabajar con optimismo y sin ofensas, concertando entre todos las acciones realizables que nos ayuden en la necesaria, impostergable y difícil tarea de la "reconstrucción". Y hagámoslo a tiempo, unámonos sin discriminaciones ni reservas, no sea que un nuevo temporal nos sitúe, como ahora, en el rasero común e igualitario de la muerte.