La cólera divina

Axel Capriles M.

Sólo podemos enfrentar la tragedia con resignación, con asombro. Pero  una ineludible necesidad de sobrellevar el dolor, de encontrarle alguna  racionalidad al azar, a la injusticia y al destino perverso, nos lleva,  inevitablemente, a preguntarnos por explicaciones y causas. Muchos han  buscado salida al caos de emociones que hoy llevan por dentro acudiendo  al pensamiento mágico. Y, en este sentido, el terrible acontecimiento  atmosférico que nos fustiga y acosa está siendo interpretado por muchos  como un resultado de la cólera divina. Para ello, las personas se  remiten a citas de la Biblia que prohíben retar a Dios y a la voluntad  divina. Así, muchos observadores y afectados han cuestionado los ataques  del presidente Hugo Chávez a la Iglesia Católica, sus invocaciones al  Diablo y su arrogancia al retar a la naturaleza, advirtiendo que  lucharía contra ella. 

Demás está mencionar los inconvenientes que tales  adscripciones referidas a la intervención divina conllevan. Y a pesar de  que en los actuales momentos lo único importante es la ayuda, la unión y  la cooperación de toda la nación para enfrentar la catástrofe, tal vez  valga la pena considerar el pecado de omisión típico de nuestra clase  política, pero peculiarmente acentuado en el actual Gobierno.    Si bien el volumen de lluvias que ha caído sobre casi todo el territorio  nacional es excepcional y atípico, no por ello era totalmente  imprevisto. La anomalía atmosférica tiene ya varias semanas y las  lluvias venían produciendo continuas inundaciones y destrozos en el  litoral central y en muchos otros lugares. Ante el descuido de las  autoridades y la falta de atención a las señales de alarma, los vecinos  del edificio Residencias Dictis, en Playa Grande, por ejemplo, reunimos  los fondos y la semana pasada terminamos de construir un drenaje que  serviría para detener las aguas y protegernos parcialmente de las  repetidas inundaciones de las calles públicas carentes de drenaje. 

Los  avisos a las autoridades fueron de todo tipo e innumerables, pero nadie  los atendía más allá de la retórica populista. ¿Por qué el Gobierno, en  vez de organizar el gaitazo, no programó anticipadamente la evacuación  de quebradas y organizó planes especiales de limpieza de quebradas? A un  buen gobierno, el simple parte del tiempo le hubiera bastado para actuar  y tomar, por lo menos, algunas precauciones. Sin embargo, un Presidente  de la República concentrado exclusivamente en su afán de poder y todo un  tren de gobierno usando los fondos del Estado para su propia campaña  política, prefirieron dedicarse más a los mitines, a los programas de  opinión y a los canales de televisión que sentarse calladamente en sus  despachos a tomar las decisiones concretas y las previsiones necesarias  para proteger al pueblo venezolano del trastorno climático. 

Después de  ocurrida la tragedia es muy fácil aparecer compungido y demostrar  preocupación por el destino humano. Pero cualquier Gobierno medianamente  eficiente ha debido tomar un cierto número de previsiones y no dejarse  sorprender por acontecimientos atmosféricos que ya venían siendo  suficientemente anunciados. ¿La planificación y la estrategia militar no  sabe qué hacer anticipadamente con el informe del tiempo? Nuestro  verdadero castigo no son sólo las inundaciones y lluvias, sino los  gobernantes que irracionalmente escogemos