Santiago Ochoa Antich
Abstención 54,06%
Sí 32,70%
No 13,24% `
La democracia está concebida para gente consciente. De no ser así, fácilmente se cae en la demagogia, arma con la que los politiqueros convencen a la masa para beneficio de los grandes capitalistas. La democracia representativa venezolana, nacida a raíz del cuartelazo del 18 de octubre de 1945 nació con "plomo en el ala" y pronto se transformó en el engaño sectario que llevó a la dictadura de 1948. Volver al mismo tipo de democracia en 1958, trajo consigo el populismo, esa forma irresponsable de hacer política que ha desembocado en la miseria de vastos sectores de la población venezolana, entre tanto se han enriquecido unos cuantos empresarios apóstoles. El miércoles pasado, como ha debido hacerlo todo venezolano responsable, concurrí a la mesa de votación. Mi voto fue consciente. No voté a favor o en contra del presidente Hugo Chávez. Mi voto, en esta ocasión, se circunscribió solamente a la Constitución elaborada por la Asambleas Nacional Constituyente, la que estudié a fondo. Mi voto lo expliqué en un artículo pasado.
La abstención Si bien el proceso del referendo dejó mucho que desear, debo dejar constancia del alto espíritu cívico del venezolano. Todos votamos con seguridad, sin violencia de ningún género. A nadie se le intimidó, al menos abiertamente. Aunque se habló de aprobación o caos. Sin embargo, prevaleció el mismo ambiente de fiesta cívica con que se vienen desarrollando las elecciones desde hace varios años. Dígase lo se diga, éste es un gran triunfo del puntofijismo, de esa "democracia podrida" de que ahora tanto se denigra. Estudiemos ahora los resultados. Decir que el voto aprobatorio obtuvo un 69 por ciento es una artimaña digna de mejor causa, una verdad a medias que intenta aparentar que un dos terceras partes de los venezolanos apoyan el nuevo texto constitucional. Porque nada dice del abstencionismo. Tengo mis dudas en torno al porcentaje suministrado por el CNE y las tengo por las siguientes razones. Con el desastre meteorológico del miércoles, es imposible que la abstención haya sido similar a la del 25 de julio.
Además de que todos nos dimos cuenta del reducido número de lectores en las mesas a las que concurrimos. Pero dejemos el dato en ése 55 por ciento. Me parece que la cifra debe estar compuesta en su mayor parte por sectores de las clases económicas más bajas. Creo que no menos de 40 por ciento. Ahí se encuentra ése 20 por ciento de desempleados que a estas alturas ya saben a ciencia cierta que ningún presidente de ningún gobierno, por más bien intencionado que sea, les va a conseguir un trabajo digno, al menos a corto plazo. Y allí se encuentra también ese otro 20 por ciento de buhoneros que devengan menos del salario mínimo y cuya desesperanza es similar a la del desempleado. Es a esa gente a la que deben dirigirse los mayores esfuerzos de educación y entrenamiento. El 15 por ciento restante está compuesto por aquellos sectores de la población a los que les importa un bledo la política. Son gente pudiente y bien educada, a quienes no les afecta en nada ni un cambio de gobierno ni mucho menos un cambio de Constitución. Desde antes de la instauración de la República y durante los 170 años de su desarrollo, ese sector siempre ha quedado bien acomodado con los distintos gobiernos de turno. Es posible que en alguna ocasión, al principio, pasaran algún trabajo, pero pronto sabrían acomodarse a las nuevas circunstancias. Con tal de que el país no vaya a seguir el ejemplo de Cuba, su presencia es siempre necesaria y muy buscada.
El apoyo al sí Desde el año pasado vengo sosteniendo en esta columna que a las filas de quienes apoyan a Hugo Chávez se ha unido un número creciente de adecos y copeyanos. Los he llamado los irreductibles del 45, no porque sean de esa generación ya indudablemente desaparecida, sino porque su ideología es similar. Pretenden sus ideólogos la continuación de un Estado paternalista, dadivoso, propietario de las más importantes actividades, que vaya permitiendo el enriquecimiento paulatino de un pequeño sector a través de la distribución poco equitativa de la riqueza petrolera y minera. Son los parásitos productores de miseria que nos han conducido a la situación de pobreza de las grandes mayorías que hoy sufrimos, que todavía continúan aferrados al poder. Les aterra el Estado neoliberal, en el que reine la eficiencia y la competencia en beneficio de todos, y muy especialmente del consumidor.
Se oponen a la flexibilización del mercado laboral y a la globalización, porque reconocen que en ese nuevo escenario les va a ir muy mal. Lo digo porque la izquierda tradicionalmente, jamás tuvo más de un 10 por ciento de apoyo popular. Por lo que el resto tiene que provenir de Acción Democrática y de Copei. Son también gente desesperanzada con la democracia puntofijista, que sufrieron lo que he llamado la frustración de las expectativas. Quizás esperaban, como yo, que para el año 2000 Venezuela fuera un país organizado, productivo, con un alto nivel de vida, similar a Dinamarca y hoy ven con terror cómo nos acercamos más y más a un país del Cuarto Mundo. Se han tragado el cuento difundido por el empresariado parásito de que el problema fue la corrupción de los políticos puntofijistas, cuando en realidad la fuente de todos los males es el carácter rentístico y parasitario de nuestra economía y la oposición de esos sectores dirigentes al proyecto de Isaías Medina Angarita de abrirle cauce a una economía nacional autónoma y de base reproductiva. De ahí que sea mi modesta opinión que la Constitución aprobada el miércoles no es sino una maniobra gatopardiana: el cambio de todo para que nada cambie.
El apoyo al no No me cabe ninguna duda de que quienes rellenaron el óvalo del no, lo hicieron con plena conciencia de lo que hacían. Estoy seguro de que entre ellos se encuentran los únicos que estudiaron a conciencia la nueva Constitución. Pero también están ahí todos los que constituyen la clase media profesional comprometida realmente con el futuro del país, que miran con terror este regreso a ideologías superadas en las regiones más desarrolladas del mundo. Es la misma clase media que, en otras circunstancias, se vieron en la necesidad de abandonar países en los que no se reconocía el individualismo de la persona humana y que en otras latitudes, con libertad de conciencia y de mercado, han sido extremadamente exitosos, aún en circunstancias muy difíciles. Aquí en Venezuela tenemos varios ejemplos de lo que hablo. Gentes exiliadas de la Cuba fidelista o de los países que tuvieran la desgracia de que sus fronteras "desde Stettin en el Báltico hasta Trieste en el Adriático" (Tal cual lo señalara Winston Churchill) formaran parte de la Cortina de Hierro. Porque no es la dictadura en sí lo que más aterra, aunque ciertamente nos asusta, sino la imposición a la fuerza de una ideología hegemónica desconocedora del valor de la personalidad del individuo.
Este 13 por ciento esperará con calma a que madure la fruta, pues en el tiempo en que vivimos, las ideologías populistas o colectivizadoras no tienen futuro. (*) Diplomático de carrera y periodista Ex embajador en Canadá y Austria