Paul Craig Roberts
Washington (AIPE)- Las Navidades son unas fiestas tradicionales. Adornar el pino es una tradición relativamente reciente; hace 100 años apenas una de cada cinco familias en Estados Unidos tenía un arbolito navideño. Fue el presidente Calvin Coolidge quien en 1920 inició la ceremonia de alumbrar el árbol de Navidad de la Casa Blanca.
Los regalos son otra costumbre. Proviene de los tres reyes magos que le llevaron regalos al niño Jesús. Aunque cuando yo era pequeño los regalos intercambiados eran mucho más modestos, ya la gente se quejaba de la ”comercialización” de las Navidades.
Las decoraciones y los regalos son nuestra conexión con la cultura cristiana, la cual ha unido a la civilización occidental por más de 2.000 años. En nuestra cultura, el individuo cuenta, algo que es único de la sociedad occidental. Tener los mismos derechos que cualquier otro ciudadano nos protege de las tiranías, dada la igualdad ante la ley y la libre expresión. Tales logros fueron el resultado de largos siglos de luchas.
En la antigüedad, sólo aquellos con poder tenían voz, pero en la civilización occidental aquellos con integridad tienen voz y de allí provienen los sentimientos de justicia, honor, deber y juego limpio. Así los reformistas logran sus reformas, los inventores inventan y los empresarios crean compañías y nuevas plazas de trabajo.
El resultado ha sido un país de oportunidades que atrae a inmigrantes. Pero en las últimas décadas hemos estado perdiendo de vista nuestros logros históricos. Las bases religiosas, legales y políticas de estos logros ya no se tratan con reverencia en nuestras escuelas y universidades. Las voces del milenio que nos conectan con nuestra cultura están siendo silenciadas. La oración ha sido expulsada de las escuelas y los símbolos religiosos de la vida pública. La Universidad de Georgetown, una institución jesuita, esconde los crucifijos para no ofender.
Inclusive los estadounidenses que no creen en el cristianismo son beneficiarios de una doctrina moral que ha doblegado el poder y protegido a los débiles. El poder es un caballo cuyo jinete es la maldad. En el siglo XX, ese jinete ha galopado mucho. Cien millones de personas fueron exterminadas por el Nacional Socialismo en Alemania y el comunismo ruso y chino, víctimas simplemente porque pertenecían a otra raza o a otra clase social, satanizadas por las autoridades políticas.
El poder secular y desvinculado de las tradiciones civilizadoras de la libertad deja de estar limitado por escrúpulos morales y religiosos. Lenin lo dijo muy claramente cuando definió el significado de su dictadura como “poder ilimitado, basado directamente en la utilización de la fuerza y limitado por nada”.
El énfasis cristiano en el valor del individuo hace impensable el poder leninista. Sea usted religioso o no, nuestra celebración del nacimiento de Cristo es la celebración de una religión que nos hizo dueños de nuestras almas y de nuestra vida política en la tierra. Se trata de una religión que le conviene hasta a los ateos. ©
Columnista del Washington Times, fue subsecretario del Tesoro.