Dir: Michael Winterbottom, UK, 1997
Patricia Kaiser
De un tiempo para acá, estamos
perdiendo la sensibilidad. Tantas masacres vemos a diario en
la televisión, que ya no sabemos si sentir pena, o apagar
el equipo, hartos de tanta sangre. Terrible paradoja del
periodismo, que de tanto informar, nos lleva a la
indiferencia -a la banalización, dirían Baudrillard y
seguidores-. El cine también colabora, más aún cuando
insiste en hacernos olvidar, con tanta imagen, hechos como
Vietman o la II Guerra Mundial, convirtiéndolos en sagas de
héroes que arriesgan sus vidas, por ideales que ni conocen.
Todo eso lo sabemos muy bien.
Sin embargo, las guerras continúan más allá del lente de las cámaras. Y ciertos directores se empecinan, en que tomemos conciencia de la cercanía de los hechos. Uno de esos tercos cineastas es Michael Winterbottom, quien retomando el estilo de Kubrick en Full Metal Jacket, sitúa a unos reporteros de televisión, en la otrora sede de los juegos olímpicos de invierno 84 (o en lo que queda de ella).
Sarajevo
1992: los francotiradores invaden las azoteas, impidiendo
que los civiles transiten en busca de los insumos básicos.
La limpieza ética no distingue edad, sexo o condición
social. Nadie vive en Sarajevo, simplemente moran con la
esperanza de morir sin dolor, o escapar con vida. En este
panorama, la prensa sólo atina a conseguir las tomas
necesarias que revelen un conteo exacto de los muertos
diarios. Tan sólo eso.
Sin embargo, unos cuantos periodistas creen que su labor va más allá de eso. En especial Michael Henderson (excelentemente interpretado por Stephen Dillane) corresponsal inglés que decide hacer una cadena de reportajes sobre los huérfanos de la guerra, llegando a comprometerse tanto (como debe ser), que adopta una pequeña de 9 años. Pero más allá de esta sentimental historia, Sarajevo continúa detrás. La masacre que acometen con orgullo los saldados serbios, la miseria en que viven los bosnios y los musulmanes. Y también los fallidos intentos de la diplomacia internacional, que con tan buen tino Winterbottom intercala en su narración. No son sólo las declaraciones ya por todos conocidas, no. Es la realidad enfrentada con la cómoda oficina de la ONU o del presidente de EEUU.
Al final, Emira, la pequeña, ha encontrado un hogar en Londres. Pero la guerra continúa. Y no podemos darle asilo a todo un país que está siendo obligado a evacuarse. Esa es la gran pregunta, y cuya respuesta no está en el cine. De ser así, tendríamos que hacer películas de ciencia-ficción.