Una Rusia sin rumbo, cada vez más autoritaria, es un peligro para la estabilidad del mundo

Chechenia y Kosovo

Luís Foix

Los rusos libran una guerra abierta contra los nacionalistas chechenos hasta el punto de que, según las octavillas lanzadas ayer sobre el territorio de los rebeldes, conminan a los pocos habitantes que quedan en Grozny a que abandonen la capital en las próximas horas si no quieren ser considerados terroristas.

La guerra chechena es presentada como una lucha necesaria para mantener la integridad territorial de Rusia. No han ahorrado esfuerzos militares y políticos. A pesar de la desproporción de fuerzas, llevan ya varios meses intentando reducir a los secesionistas chechenos que se resisten a rendirse causando bajas importantes al Ejército ruso y poniendo de relieve la fragilidad de unas fuerzas armadas que, por segunda vez en los últimos años, tratan de conquistar Grozny.

Es una guerra que ha encendido el sentimiento nacionalista de Rusia y que es utilizada por el régimen presidido por Eltsin como un elemento decisivo de la campaña electoral para que su sucesor, el primer ministro Putin, sea elegido presidente como héroe de la guerra de Chechenia.

Las guerras ganadas no son siempre un activo electoral. Lo fue para Margaret Thatcher con las Malvinas y para Roosevelt en 1945. Pero ni los británicos ni los americanos premiaron a Churchill aquel mismo año ni a Bush después de la guerra del Golfo en 1992.

Lo que más nos interesa de Rusia no es quién gana las elecciones, sino cómo se construye una estabilidad democrática con un régimen que ciertamente no es modélico a la luz de las luchas violentas por el poder, las mafias organizadas, la economía en estado caótico y las relaciones internacionales sin rumbo. Lo que nos inquieta de Rusia es que ante tal descalabro político y social no se aventuren en fórmulas poco democráticas, dictatoriales, que planteen una vez más la incapacidad histórica de europeizarse con todas las consecuencias. Lo intentó el zar Pedro y la zarina Catalina hace dos siglos y el zar Alejandro I el siglo pasado. Fracasaron y las consecuencias fueron funestas para Rusia, para Europa y para el mundo. El intento de Eltsin ha demostrado ser una caricatura de modernización y de modernidad.

La gran baza electoral de las presidenciales que se avecinan es la guerra de Chechenia. Puede que el Ejército ruso consiga entrar en Grozny y reducir a los secesionistas chechenos en lo más parecido a una solución final.

El nacionalismo ruso, siempre latente y siempre peligroso, ha vuelto a despertar. Y, según nos cuentan las crónicas de Moscú, se comparan los ataques contra Chechenia con los que la Alianza Atlántica perpetró contra Yugoslavia en la primavera de este año. Si Estados Unidos fue capaz de atacar a otro país con el argumento de que Yugoslavia no respetaba los derechos de los albaneses kosovares, con mayor motivo se puede defender la integridad territorial rusa amenazada por los chechenos. Las críticas occidentales a Rusia revierten en una mayor aversión de la opinión pública rusa hacia Estados Unidos y hacia Europa. Lo que parece evidente es que una democratización más o menos aceptable de la vida política de Rusia no se vislumbra en el horizonte inmediato. Y esto sí que es un problema para todos, porque un régimen autoritario, militarista, que colme el patriotismo de un pueblo, que por sus propios errores y por la inviabilidad del régimen soviético se cayó por su propio peso, ha sido humillado,

Chechenia no es Kosovo. Ni por razones históricas ni políticas. Occidente intervino porque los derechos de los kosovares fueron pisoteados y Rusia ataca Chechenia para mantener su integridad territorial. La diferencia no es pequeña.

Si el próximo presidente de Rusia es el héroe de una guerra en la que Chechenia ha sido arrasada, no cabe esperar mucho consenso en el interior de Rusia ni tampoco unas relaciones normales y tranquilas con Occidente. Una Rusia sin rumbo, más autoritaria y más profundamente antioccidental, constituye una amenaza para la estabilidad de Europa y para el futuro de la paz en el mundo. Sospecho que esta situación la podemos ver muy pronto.

La Vanguardia edición digital (España), 7 de diciembre de 1999