Felipe Torres del Olmo
Respetando el luto que afligía a miles de familias venezolanas, muchos de nosotros, los "corruptos" de a gratis, los "demonios", los "realistas", los "traidores a la patria", los "negativos", los "cabrones", nos obligamos a silenciar nuestra postura de oposición para entregarnos sin reservas al voluntariado que ocupó la primera línea de socorro y asistencia de tanto venezolano desgarrado por la tragedia. No lo hicimos porque estuviésemos poseídos del espíritu revolucionario de los bolivarianos, que realmente nos importa un bledo y que sólo existe en la cabeza del presidente, sino porque era un deber de conciencia y de responsabilidad para con la patria. La misma conciencia y responsabilidad que nos obligó y nos seguirá obligando a denunciar este experimento autocrático y populista que se ha puesto en marcha en el país.
Cuando el gobierno hizo su aparición tardía, ya la sociedad civil, la Iglesia, la empresa privada, y los medios de comunicación ( los mismos que habían sido perseguidos, humillados y ofendidos por el gobierno ) copaban la escena dando muestras de una madurez cívica y de una sensibilidad arrolladora. Parecía que tras largos meses de odios, agresiones y división, finalmente el pueblo venezolano se había reencontrado con la generosidad y la entrega que ha existido desde siempre, incluso antes de que aparecieran estos nuevos salvadores de la patria echándole plomo a todo el mundo. Era verdaderamente esperanzador ver como un pueblo entero vivía la solidaridad. Sin embargo, los días fueron pasando, y fue precisamente el gobierno quien abrió de nuevo las heridas de la división manipulando la tragedia en beneficio propio. Entonces, a uno le salía del alma aquel grito de amargura: ¡¿Carajo, hasta cuándo?!.
Mucha era, es, y seguirá siendo la impotencia que nos aplasta por tanta vida inútilmente perdida que pudo ser salvada. Mucho era, es, y seguirá siendo lo que debemos lamentar por tanto desacierto acumulado en el pasado, y tan magistralmente imitado en el presente. No sólo se trata de la catástrofe en sí misma, sino también, de la tristemente pobre demostración de incapacidad que ofreció el gobierno para manejar la crisis. Demostración además, que según denuncias ampliamente difundidas por la opinión pública nacional e internacional, podría rayar en una negligencia criminal que contribuyó a sumar cadáveres en los cementerios de lodo.
Déjenme decirles que yo, como venezolano, no me siento ofendido en lo absoluto por las denuncias del Miami Herald, del País o del Universal. Ninguno de estos medios le ha faltado el respeto a Venezuela. Si el señor presidente se lo toma tan a pecho, tal vez sea por un problema de conciencia. Falta ahora saber si algún día conoceremos la verdad a la todos los venezolanos tenemos derecho, porque en tanto el pueblo lloraba sus muertos, y se ocupaba de socorrer a los sobrevivientes, el gobierno se ocupaba de redondear un poder político sin límites y sin ningún tipo de control. Un mega poder que pisotea el orden jurídico y que termina haciendo lo que le da la muy soberanísima gana. Un poder que domina a su antojo a la ANC, a la Contraloría General de la República, a la Fiscalía, al Tribunal Supremo, al Consejo Electoral. Un poder que presiona cobardemente la libertad de expresión. Un poder que rellena cargos con incondicionales. Un poder que asesina al pluralismo, y que como respuesta reaccionaria al puntofjismo, impone el puntochavismo. Y eso señores, no sólo es demasiado poder, no sólo es un poder descomunal y brutal, sino que es además, un poder extremadamente peligroso, extremadamente dañino y extremadamente enfermizo.
En tanto esto sucedía, recibíamos noticias de que la recesión económica siguió profundizándose. Tal vez, porque el gobierno a lo que menos ha hecho caso, o de lo que menos sabe, es de economía. Mucha verborrea patriotera y muchos estómagos vacíos es el resumen de esta gestión económica de los bolivarianos. Algunos de los indicadores de cierre para 1999 hablan por sí solos: 7,2% de contracción del PIB; 6,8% de contracción en el sector petrolero; 6,9% de contracción en el sector no petrolero; 22% de inflación acumulada; 18% de contracción en la producción industrial; 40% de contracción en las importaciones; 3,5 mil millones de US$ de déficit fiscal; 35% de contracción en la demanda de comercio y servicios; 25,8% de morosidad del patrimonio del sector bancario; 4,6 mil millones de US$ en fuga de capitales; 1,7 mil millones de US$ de reducción en inversión extranjera; 16% de desempleo, de los cuales un 51,7% se ubica en el sector informal; 23,4% de contracción en la inversión privada; 25% de contracción en el sector de la construcción; 10% de contracción en el sector de la manufactura; 11,1% de contracción en el sector financiero y de seguros; 10% de contracción en el sector transporte. En resumen, una economía en quiebra.
El país que le dio la bienvenida al nuevo milenio, es un país anímicamente deprimido, políticamente manipulado, socialmente empobrecido, y económicamente quebrado. Este es el balance, que junto a esos traumáticos últimos 40 años ( que nunca nos dejaran olvidar, porque gracias a su fantasma sobrevive el chavismo ), arroja el triste estreno de la República Bolivariana. Han sido, son y serán tiempos difíciles. Los venezolanos merecemos mucho más de lo que hemos tenido y tenemos al frente del Estado. Construir esa nueva alternativa unificadora e inteligente representa algo más que un reto, representa una necesidad vital. Sólo cuando logremos superar tanto caudillismo, tanto protagonismo mesiánico, tanta hambre, y tanta vocación tercermundista, tendremos sobradas razones para celebrar que finalmente tenemos una patria verdaderamente digna.
Industriólogo.
Presidente de la Escuela Venezolana
de Administración Pública.
Director General de PROHOMBRE.
E-Mail: prohmbre@caracas.c-com.net