Guido Grooscors
Bien equivocados están quienes apuestan a un cambio de rumbo, por parte del régimen, después de conocidos los resultados del referendo a propósito del nuevo texto constitucional. La sola circunstancia de que la vigencia de la Constitución recién estrenada conduce a un proceso de relegitimación de autoridades en los más diferentes niveles (Poder Nacion al, Regional y Local), indica que el año entrante comenzará al igual que como está por concluir el presente. O sea, en campaña electoral, lo cual quiere decir que los signos bajo los que han tenido lugar las distintas consultas comiciales efectuadas durante 1999 (abril, julio y diciembre) se mantendrán tal cual, pues no existe voluntad de enmienda o de rectificación por parte del oficialismo en cuanto hace referencia al abuso, la arbitrariedad y el ventajismo que se han hecho evidentes en el proceder de todos quienes, desde las trincheras "patrióticas" disparan "plomo grueso y parejo" contra una oposición errática y dispersa, que no termina de entender que el proyecto político del jefe del Estado pasa por el establecimiento de un régimen autoritario, personalista, populista y demagógico que privilegia el regreso del militarismo y la desaparición del poder civil.
Así las cosas, lo grave de toda esta situación radica en el hecho desafortunado de que la prédica presidencial, que debía estar orientada hacia el diálogo y la tolerancia como herramientas indispensables del comportamiento democrático, ha tomado una vía bien distinta: la de la agresividad desenfrenada y la siembra recurrente del odio como expresiones justas de una clara y precisa postura política dirigida a fracturar la sociedad venezolana en dos grandes segmentos irreconciliables. Que serían, en la onda maniquea tan del agrado del primer magistrado nacional, por ejemplo, los honestos y los corruptos, los buenos y los malos, los positivos y los negativos, los patriotas y los realistas y, pare de contar. Todo lo anterior permite decir que el año 2000 comienza bajo señales negativas que conducen a un escenario complejo que no facilita el proceso de cambios institucionales de cara a la modernización y la globalidad y que, antes bien, se traduce en un franco retroceso hacia etapas supuestamente superadas en nuestra historia patria. ¿Qué hacer? No es sencilla la respuesta. En primer término, habría que evadir la tentación demoníaca de combatir un régimen autoritario con métodos antidemocráticos.
Se impone, pues, la convivencia a fin de conseguir que se abran caminos para que diferentes sectores de la sociedad civil coincidan en la necesidad de organizar una oposición capaz de obligar al régimen a que entienda que el ejercicio democrático requiere la presencia permanente de la disidencia y la discrepancia, como factores políticos esenciales. Asimismo, es imprescindible incorporar a la acción constructiva, por la vía de la participación, al grueso de los abstencionistas que, en elevada proporción que supera a más de la mitad del electorado, han sembrado, con su comportamiento, dudas razonables respecto a la legitimidad de la nueva carta constitucional. Escrito el presente comentario, ocurre la tremenda catástrofe causada por las lluvias torrenciales que han castigado a gran parte de la geografía nacional. Al expresar mis sentimientos de pesar por las consecuencias que se derivan de esta tragedia, estimo oportuno insistir en la necesidad de abrir cauces al espíritu solidario, rescatando la tolerancia, el diálogo y el entendimiento a fin de superar efectivamente la desgraciada situación creada, la cual requiere, a esos efectos, del concurso efectivo de todos los sectores de la sociedad venezolana, sin exclusión alguna.