Evacuadas miles de personas
Defensa Civil calcula más de 30 mil
afectados entre Caracas y el litoral. En Vargas se han
detectado 999 viviendas dañadas, 264 casas totalmente
destruidas, más de 20.000 lesionados, 3.234 damnificados,
37 fallecidos y 6 desaparecidos.
Un funcionario comentó que los muertos pueden llegar a 7.000 Informes preliminares de los organismos de rescate dan cuenta de que las poblaciones de Guanape, Los Corales, Caribe, Corapalito, Caraballeda, El Playón y Carmen de Uria "desaparecieron del mapa". La Guzmania y La Casa Guipuzcoana, así como todo el casco histórico de La Guaira, quedaron enterrados en el barro Los centros de salud de la región colapsaron y los médicos, que tienen más de 48 horas de guardia continua, claman por ayuda oficial. También advierten sobre brotes epidémicos Las autoridades del Cuerpo de Bomberos del Distrito Federal temen que nunca se conocerá la cifra exacta de víctimas, pues hay familias enteras que fueron tapiadas por toneladas de lodo. Hasta ayer ese cuerpo había reportado 15.000 damnificados en Caracas y 3.568 viviendas afectadas. La Fiscalía gestiona la apertura de 2.000 fosas comunes en el Cementerio General del Sur En el Hotel Humboldt alojarán a los damnificados de Galipán.
Los lesionados que pudieron ser trasladados hasta la estación Avila, luego de una caminata de más de 2 horas, fueron evacuados por la estación de Maripérez. Se han registrado 17 fallecidos y se desconoce el número de heridos
¿Dónde están los míos? ¿Y mis hijos? Los dejé en el barrio Vista al Mar". "La última vez que hablé con mi hermana fue antes del desastre. Ella tenía su casita en Gramoven". "¿Alguien sabe de mi papá? El vivía en Plan de Manzano...", on las preguntas de los que se agolpan a las puertas de los centros de refugio para damnificados de Caracas. El drama de los desaparecidos, de las familias que quedaron hechas pedazos por las operaciones de salvamento y el desorden en la reubicación de quienes perdieron su hogar, apenas comenzó ayer
A la 12:30 am de ayer (en plena madrugada), Adiz Moreno apagó la luz del último salón que le faltaba por revisar en el Instituto Jesús Obrero, en Catia, y se resignó, ahogada en lágrimas, a posponer la búsqueda de sus 3 hijos. El azaroso rescate del barrio El Limón, en la carretera vieja Caracas-La Guaira, la separó violentamente de José Rafael (12 años), Ana Gabriela (9 años) y Luz Marina (18 meses). No hubo salón, en su peregrinación de 7 horas por todos los albergues improvisados en liceos del oeste caraqueño, que Adiz no estudiara. Pero cada caminata entre colchonetas y gente somnolienta, todavía bañada en barro, le dejaba un saldo amargo. Volvió, incluso, al punto de partida: la iglesia El Carmen, en la avenida Sucre. Pero sólo encontró la pared repleta de listas de damnificados elaboradas a mano, con lápiz borroso o bolígrafo. "¿Dónde están mis hijos?", interrogó, desesperada, un grito enmudecido, a una vecina del barrio que se había guarecido en los galpones del Ministerio de Transporte y Comunicaciones. en Catia. "No sé, manita, no los he visto", le respondieron. "Aquí no están", le repitieron en Naciones Unidas, Fuerte Tiuna, la Universidad Central de Venezuela (donde no había un solo refugiado alojado) y el liceo Juan José Landaeta, entre los muchísimos lugares que visitó bajo la llovizna nocturna.
Cubierto por el barro
A Kennedy Caraballo le sacaron tierra hasta de los oídos en el Hospital de Niños J.M. de los Ríos, donde ingresó el pasado jueves. Tieso, sobre una camilla, con las costras de sangre y traumatismos en todo el cuerpo, Keneddy apenas puede decir su nombre, detallar que cumplió 12 años y quejarse por el frío que lo acosa desde los pies en la emergencia del centro asistencial. "El niñito estaba tapiado en la carretera vieja Caracas-La Guaira, y los bomberos lograron sacarlo", comenta una enfermera. "Estamos buscando algún familiar. ¿Usted me puede ayudar?".
Las hermanas Jessika Barrios (13 años) y Alejandra del Valle Gutiérrez (15 años) desaparecieron en Tacagua Vieja. Su madre, hospedada en el liceo Ciudad de Caracas de Catia, supone -no lo sabe a ciencia cierta, y no podrá constatarlo hasta dentro de algunos días- que la corriente las arrastró. "No hemos dado con su paradero. Estaban en el viaducto y eso se derrumbó. No sé si mis hijas están enterradas allí. Tengo 3 días que no las veo".
Búsqueda a pie
Desde el miércoles se ignora el paradero de Rafael Contreras, desaparecido en El Limón. "No ha llamado, ni nada. ¿Eso está muy feo por allá? ¿Usted cree que...", asoma su hermano, sin atreverse a completar la pregunta.
"Mis 4 hijos (de 3, 6, 9 y 12 años de edad) quedaron encerrados en la casa, en Vista al Mar (La Guaira). ¿Eso no se hundió? Yo lo vi desde la autopista. Ellos están solos. Allá quedaron mis hijos", gime Susana Santana, una madre angustiada, empeñada en bajar al litoral a rescatarlos aunque sea a pie. De nada sirve explicarle que el litoral no existe.
Mientras las autoridades continúan con la búsqueda frenética de heridos tapiados en las áreas devastadas, los sobrevivientes se desesperan en la entrada de la Unidad Educativa Miguel Antonio Caro, en las instituciones que han dado cobijo a los despojados de todo (como el liceo Juan José Landaeta y el complejo deportivo Naciones Unidas) y frente a la pared -transformada en el verdadero muro de los lamentos- de la iglesia el Carmen, centro de recepción y distribución de los caraqueños agredidos por la catástrofe en la carretera vieja Caracas-La Guaira. "Sabemos que es una tragedia que las familias no puedan encontrarse, pero esto no puede ser más efectivo por la cantidad de personas que entran y salen", se disculpa Adriana Córdova, una de las voluntarias. De allí, los afectados parten hacia el Miguel Antonio Caro (Catia), liceo Santa Teresita, gimnasio Libertador (23 de Enero), liceo Nicanor (Ruperto Lugo), liceo Gustavo Machado (bloque de Cútira), Naciones Unidas (El Paraíso), liceo Federico Quiroz (Catia), galpones del ME (Catia), liceo Landaeta (Catia) y Brígido Iriarte (El Paraíso).
Rancho enojado
A María Valentina Vásquez, de 33 años, todo el cielo se le vino a los ojos. El aguacero que no cayó en la mañana de ayer sobre Caracas cayó sobre sus mejillas. María Valentina Vásquez llora y llora. Llora porque están vivos sus hijos, llora porque no le queda nada, llora porque ella está viva, llora porque le están ayudando personas que ni conoce, llora porque llora. Cuando apenas el mediodía se acercaba a la Unidad Educativa Miguel Antonio Caro, de Catia, efectivos de la Guardia Nacional la llevaron allí con 2 de sus hijos, Yorvani María, de 9 años, y Jennifer María, de 6 años (el varoncito está bajo el cuidado de un familiar). Esperó hasta el último momento para abandonar Gramoven y ponerse a salvo con los suyos.
El día miércoles, cuando vio que el rancho ya estaba decidido a deslizarse cerro abajo -"de repente el rancho fue como si se arrechara y se fue para abajo", relata-, María Valentina mudó sus cosas a otro barrio cercano llamado Nuevo Horizonte. Allí, una amiga le dio cobijo y unas arepitas para sus hijos. Ella, desde entonces, ni duerme ni come. Del día jueves no quiere recordar nada. Pero lo recuerda todo con una frase: "Mire, si usted hubiese estado allí sabría lo que es el fin del mundo". Y el viernes, ya en plena avenida Sucre de Catia, mira el sábado, el domingo y todos los días que vendrán de ahora en adelante con angustia: "Ni me provoca dormir ni comer de sólo pensar que estoy en la calle, sola y con mis hijos". Y mientras espera que la sopa que están distribuyendo los jóvenes voluntarios llegue hasta su fila, ella, María Valentina Vásquez, llora y llora. Llora porque llora.
La vida por una grieta
Desde ayer Yolanda Torres, de 46 años, no sabe ni de su hija ni de su nieta. Y, como es obvio, ya no quiere saber nada de nada. En su caso no fue un militar, un funcionario de Defensa Civil o un bombero quien la conminó a abandonar su rancho en Sierra Nevada, en Gramoven. En su caso fue una grieta. "Mi rancho todavía no se ha caído pero si viera la grieta de la cocina es como si ya se hubiese caído. Por ahí, tarde o temprano, nos íbamos a ir todos". Las primeras que salieron fueron su hija y su nieta. En la premura impuesta por la lluvia ni les preguntó adónde iban o adónde se encontrarían una vez abandonado el cerro. Y ahora, en el desorden citadino que impuso la catástrofe, teme por ellas.
De todas maneras, ella no ha sido la última en abandonar Gramoven. Todavía quedan personas que se resisten a salir de esa trampa de tierra. "Yo no les dije nada, ¿qué les voy a decir? Yo misma, allí, en mi rancho, dejé los coroticos que vendo como buhonera en la estación del Metro de Plaza Sucre y sería bueno que los recuperara en algún momento. Quizás cuando escampe. Y es que no tengo nada más. Lo único que tenía era mi hija y mi nieta. Y no sé nada de ellas".
Al final, ya con las lágrimas en el borde, confiesa que quisiera saber del padre de sus muchachos, Ezequiel Escobar, que vive en el barrio El Cojo, en Macuto. "¿Qué por qué no vivo con él? El me dejó a mí y a sus hijos hace ya muchos años. Me trató mal, pero no le guardo rencor. Sería bueno si supiera de él".
Amor con hambre
En un galpón de Fuerte Tiuna, Jensil Argueta y César Fermín guardaban una petición especial para el sacerdote militar. Ellos tenían todas las intenciones de casarse hoy, tenían los papeles, habían fijado carteles. Tenían casa, muebles, lavadora, secadora, VHS y hasta afiliación a Direct TV. Pero ahora había un vacío. Eran unos más de los cientos de damnificados y la quebrada Anauco no sólo se llevó la casa de soltero de cada uno de ellos, sino el hogar que habían adquirido para hacer vida matrimonial y todos los enseres pagados y listos para estrenar. "No tenemos documentos, no tenemos nada, pero queremos casarnos, queremos saber cómo hacer", rogaban y se miraban con resignación y solidaridad de pareja.
Larry Monzón perdió a la vez su casa y su fuente de trabajo. Vivía junto con su mujer y sus cuatro hijos en el barrio Nueva Esparta, en la carretera Caracas-La Guaira, y allí resguardaba sus materiales y maquinarias de talabartería y tapicería. "Llegaron los ruidos del agua. La casa de atrás se vino y nos tiramos rápido para la calle. Nos quedamos en la escuela y después nos fuimos a pie hasta el barrio El Limón y nos trajeron a Fuerte Tiuna".
A Carmen Alicia Mijares y su esposo les alcanzó el tiempo para abandonar su casa en el barrio Federico Quiroz, de Catia, antes de que los derrumbes arrasaran con todo lo que tenían. Ella está embarazada de cinco meses y tiene otros seis niños pequeños. "Afortunadamente estamos todos juntos -aunque buscamos a mis padres, Alicia García y Andrés Mijares, de 70 y 68 años-, pero ¿dónde vamos a ir ahora?", se pregunta. En la misma situación se halla Mireya Gil, inmovilizada en una litera en uno de los galpones de Fuerte Tiuna. Acarrea los dos tobillos enyesados porque se vio obligada a nadar entre el lago de escombros, palos y piedras que arrastró su casa, en el barrio El Bambú, de San Bernardino.
María Villamizar y sus hijos apenas abrazan una colchoneta regalada y ropa prestada guardada en bolsas. El esposo, refugiado en la capilla de Blandín, fue víctima doble: de la pulverización de su casa y del robo de los últimos 300 mil bolívares que quedaban como patrimonio familiar. Sin embargo, María -librada de la muerte por un pelo- no se amilana. "Lo otro se puede conseguir, pero la vida, no", reflexiona. Hasta le quedan ojos para una sonrisa.
Identidad urgente
Las personas afectadas por la emergencia extrañan la presencia de un organismo: la Oni-Dex. La mayoría ha perdido su cédula, las partidas de nacimiento de sus hijos y todos los demás papeles que los acreditaban como ciudadanos de este país. Para muchos, tener acceso a esos documentos puede significar la diferencia entre la completa indigencia, o por lo menos contar con el poco dinero que tienen depositado en cuentas bancarias o con la asignación que reciben de algunos organismos. Es el caso de Olga García, jubilada del Ministerio de Sanidad y Asistencia Social, que perdió su casa que estaba ubicada en Los Mecedores, y que sin sus papeles no tiene ni siquiera la esperanza de contar con la pequeña cantidad que recibe por su jubilación. "No tenemos dinero, no tenemos chequeras y ni siquiera podemos ir a un banco. Quisiéramos que los organismos de identificación se sensibilizaran con nuestra situación y se hicieran presentes aquí", suplica.
Con ojos de niño
"Y que yo era el médico y yo te curaba". "Y que yo era el bombero y yo te rescataba". "Y que tú te perdías y yo te encontraba". Para olvidar dolores, los niños saben inventarse su propio mundo de justicia.
San Nicolás estaba allí y logró despertar sonrisas dormidas. A su alrededor, los niños alojados en el complejo deportivo Naciones Unidas jugaban a creer que eran niños normales, que ese era el parque y había una fiesta donde no faltaban las chucherías ni los helados, y asomaba la cara uno que otro juguete usado. Pero la tristeza, aunque ellos se resistieran, insistía en robar espacio a ese momento prefabricado para animarlos.
De forma espontánea surgían las historias, los recuerdos recientes, aunque muchos tratan de espantarlos. "Antes tenía casa, pero se derrumbó en Cotiza; nos dimos cuenta porque vino el viento de agua y zum, salimos corriendo, y nos metimos en la escuela, pero también el agua se iba a meter y zum, nos fuimos de allí", relataba Anelbys Malavé, de 9 años.
Carolina Méndez, de 12 años, de Los Lanos, quebrada Anauco, explicó que estaba en su casa, empezó a meterse el agua y no se acuerda de nada más. No sabe cómo llegó ni quién la trajo, porque estaba sola en la casa, sus padres estaban en una fiesta. Más tarde, la propia niña desmintió con temor su historia, por lo que no se sabe (en el desorden propio de la situación) cual es la verdad.
Yevelyn Aponte, de 12 años, intenta distraerse pintando una figura en una hoja blanca. "Pero hay un hueco aquí dentro. Yo vivía en Quebrada Anauco, sentimos que se nos estaba hundiendo la casa, mi hermano grande me cargó y salimos corriendo. Me llevaron a una panadería y nos dieron comida. Mi mamá me fue a buscar. Mi papá no, se ahogó, se lo llevó la quebrada".
Estuart Hernández, con sus 9 años, habla como si cargara sobre los hombros toda una experiencia de vida. "Yo estaba en Catuche con toda mi familia, la quebrada comenzó a subir hasta que entraba por la puerta. Mi papá me llamó y el agua chocó contra la puerta y se la llevó. Nos refugiamos en Fe y Alegría y cuando fuimos a buscar nuestras cosas, no había nada".
Carlos Hernández, de 12 años, vivía en Las Brisas de El Paraíso y dice que "la tierra se desprendió y cayó sobre nosotros. Mi papá estaba durmiendo y se levantó, cuando casi lo tapia la pared. Nos salvamos, pero no pudimos recuperar nuestros corotos. Todo me hace falta".
Los niños lograron conciliar el sueño en la primera noche padecida en un espacio ajeno al suyo, no tuvieron miedo del lugar; incluso Luis Bernal, de 13 años, insistió: "Yo dormí sabroso", pero también reconoció: "No perdí a nadie, bueno sí: perdí mi casa. Pero aquí ya tengo amigos y jugamos pelota y peleamos".
El Nacional, 18 de diciembre de 1.999