Vida con estilo

El Cine

Cuando fui a conocer El Cine, en El Hatillo, me llevé una sorpresa grata. Lo que se encuentra en esa callecita –muy hatillana, por cierto– es insospechado aún en la puerta.

Entrada del restaurante El Cine, en El Hatillo
Foto: Rosario Orellana

La decoración me pareció ecléctica, agradable y de buen gusto. El concepto es compartir cuanto se solicite a la cocina, que viene en raciones discretas, como para que el número de platillos sea abultado y desees volver por más. A mí eso me encanta. Allí, en lugar de invadir con el tenedor o la cuchara el plato del otro, con o sin autorización, es propósito declarado que el paladar de cada quien en la mesa conozca los sabores, sin discriminaciones. Algo así como tapas internacionalizadas.

Plato del restaurante El Cine, en El Hatillo
Foto: Rosario Orellana

Me pregunto si será una tendencia, pues en Nueva York me deleité con algo equivalente –que en otra nota les contaré. En El Cine, sin que sea haute cuissine, disfruté la comida, la ambientación, el esmero de los jóvenes responsables de traer, llevar y complacer. También el menú visual en tableta, un toque digital para contribuir a sentirnos en el primer mundo. Se me cayó la cédula cuando pedí disminuir el volumen de la música, más propia de una discoteca que eso que solíamos llamar acompañamiento de fondo para una comida. Nuevamente me pregunté si es una tendencia contra los tímpanos, pues otra vez Nueva York, en un «resto», como desde hace algún tiempo dicen en París, bien montado y con estupenda comida, contestaron la misma solicitud con «es el concepto, un restorán que parezca una discoteca».

El día que fui a El Cine por vez primera había variedad etaria, aunque me comentan contemporáneos (sí, es un eufemismo), a quienes les gustó el sitio, que se sintieron únicos ante la avalancha de bella juventud. Me pareció razonable la relación calidad/precio, a pesar de la predisposición inducida por comentarios negativos de amigos. Apreciar el producto de quienes emprenden, a pesar de tanto desestímulo y, además, teniendo como norte la calidad, alimentó mi ánimo y mi buen humor, tan hambrientos de motivos.

Volví pronto, pasada la una de la tarde por lo que no alcancé a probar el brunch que tienen los domingos a partir de las 9:30 a.m. Casi todos los platos estuvieron a la altura de la primera vez, salvo uno de cordero y las papas fritas pedidas por mis amigos invitantes. Lo fundamental de éstas es que estén crujientes por fuera y por dentro, casi como un puré, pero cada una de aquellas estaba igualmente cocida en su exterior y en su interior. Quizá no es el lugar para ordenar papitas fritas.

Interior del restaurante El Cine, en El Hatillo
Foto: Rosario Orellana

Lo que me impactó en negativo es la caída en picada de la calidad del servicio. Salvo los encargados de recibir en la puerta y adentro, los jóvenes estuvieron mucho menos amables, entrenados y atentos. Como botón de la muestra, en mi mesa y en otra vecina vi amontonar los platos sucios, con el consiguiente ajetreo de los respectivos cubiertos, para irlos colocando sobre el plato más arriba, incluso sobre la misma mesa, sin o con bandeja abajo.

Igual adjunto imágenes de lo que llegó a nuestra mesa en esta muy reciente visita y dejo de lado referirme cuán “actualizados” han sido los precios, pues no vi la cuenta.

Foto: Rosario Orellana
Foto: Rosario Orellana

En resumen, la primera vez me pareció «una nota», un tanto desafinada ésta, la segunda vez. Sé cuán difícil es en nuestra realidad presente la conducción de personal, pero deseo que El Cine recupere el nivel de atención que tuvo.

Dirección: Calle El Comercio y calle Bella Vista. El Hatillo, Caracas.

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