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Criminalidad e inflación socavan respaldo de Chávez

Gracias al boom petrolero que se dio entre los años 2004-2008, unos 8 millones de pobres lograron levantar sus ingresos y mejorar sus condiciones de vida, pero a la vuelta de los últimos dos años esa realidad ha comenzado a esfumarse debido al enfriamiento de la economía, el vertiginoso ascenso de la inflación que evapora los salarios, el deterioro de los servicios públicos, y una creciente criminalidad que golpea con mayor inclemencia a los sectores más humildes de país.

La declinación de las condiciones de vida de los pobres ya le está pasando factura al presidente Hugo Chávez, cuya popularidad descendió en julio a 36%, el nivel más bajo en siete años, y le hizo perder la contundente mayoría que siempre mantuvo entre los sectores de escasos recursos que conforman su principal bastión político, según revela una encuesta de la firma privada local Consultores 21.

Ante ese desfavorable escenario, Chávez se apresta a dirigir en las próximas semanas la campaña oficialista para los comicios legislativos del 26 de septiembre en los que la «revolución bolivariana» se juega su futuro, tal como ha reconocido el mandatario.

Aunque la criminalidad es un problema de vieja data en Venezuela, el salto de más del doble que tuvo la tasa de homicidios en la última década y que llevó el registro oficial de asesinatos a más de 12.000 en el 2009, dejó al descubierto una violenta realidad que es la principal preocupación de los venezolanos, especialmente de los sectores más pobres. Ocho de cada diez homicidios enlutaron a las familias que habitan las barriadas más humildes del país, según datos arrojados al cierre del 2009 por el Observatorio Venezolano de Violencia (OVV), una organización que investiga la delincuencia auspiciada por algunas de las principales universidades privadas y públicas del país.

Para los pobres esquivar a la muerte se ha convertido en el reto de cada día junto a la precariedad de los servicios públicos y una inflación que los golpea sin clemencia y evapora sus escasos ingresos. Gustavo Solórzano, un peluquero de 31 años, se confronta con esa realidad cada vez que abre su billetera, donde guarda como recuerdo la tarjeta de identificación de su hermano menor inválido, que murió hace tres años, en circunstancias no esclarecidas, al recibir un disparo en la cabeza mientras veía la televisión tras una balacera que se registró en las cercanías de su humilde casa en la populosa barriada de José Félix Ribas de Petare, en el este de la capital.

Entre el desasosiego y la resignación por la muerte de su hermano de 27 años, Solórzano asegura que los habitantes de su comunidad en Petare, una de las mayores barriadas pobres de América Latina, han tenido que aprender a vivir entre delincuentes que los asaltan en los callejones del barrio cuando salen en las mañanas a trabajar, y a despertarse exaltados en medio de la noche y lanzarse al suelo de sus casas para evitar ser alcanzados por alguna «bala perdida» proveniente de los cotidianos enfrentamientos entre bandas.

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