Actualidad Internacional

El hombre que baila al ritmo de los ayatolás

La feroz lengua del presidente iraní genera escalofríos a lo largo de las capitales occidentales cuando declara el derecho de su país al desarrollo de energía nuclear y amenaza con borrar a Israel del mapa.

Esta semana ante Naciones Unidas, Mahmud Ahmadinejad acusó de manera desafiante a Estados Unidos de abusar de su poder y no dio indicaciones de tener voluntad de cumplir con las exigencias del Consejo de Seguridad para que Irán suspenda sus actividades de enriquecimiento de uranio.

En su país, sin embargo, Ahmadinejad suscita descripciones mucho más complejas y, en algunos casos, nada halagadoras, las cuales tienen muy poca semejanza con su imagen en el extranjero como la mayor amenaza potencial para la seguridad mundial de hoy.

En los barrios pobres del sur de Teherán, Ahmadinejad es admirado como un gran defensor de los valores religiosos de los conservadores, así como de la promesa de mejores días por venir en la esfera económica.

Sin embargo, en restaurantes de moda localizados del otro lado de la capital congestionada por el tráfico, el presidente de 50 años es el centro

de lacerantes bromas que lo ridiculizan como el idiota del pueblo.

Ahmadinejad se ha forjado la imagen de un patriota temeroso de Dios que está dedicado a impulsar la influencia regional y mundial de Irán, principalmente a través de la política de confrontación con respecto a la obtención de tecnología nuclear.

»Mi misión consiste en crear un modelo a seguir de una sociedad islámica que sea moderna, avanzada y poderosa», dijo en el discurso tras su victoria electoral del verano pasado, tomando prestada un frase del líder de la Revolución Islámica de 1979, ayatolá Rujolá Jomeini.

Su mensaje, que revive los ideales de la revolución,

ha capitalizado la convicción nacional de que Irán, en

la confluencia de una civilización de 3,000 años de antigüedad, debería tener un puesto dominante en la escena

mundial.

»Quizás él sea ridículo ante sus ojos. A veces se ve ridículo ante nuestros propios ojos. Sin embargo, defiende a la nación», destacó Manesh Ganji, ingeniero civil que vive en Teherán. «Cuando él habla, el mundo escucha».

Por definición, cualquier poder político que tenga Ahmadinejad viene de los clérigos que gobiernan el país. Un paseo en automóvil por las calles de Teherán o por una oficina gubernamental no deja asomo de duda con respecto a quién dirige efectivamente el país: fotografías y carteles del líder supremo de Irán, el anciano ayatolá Ali Hoseini Jamenei, pululan por doquier.

Pero si Jamenei es la imagen del poder, Ahmadinejad es su conducto de expresión, un leal sirviente del sistema ideológico que trajo enormes beneficios para él y millones de otros iraníes que otrora carecían de todo privilegio, y

los cuales sufrieron bajo el

sha respaldado por Estados Unidos.

»El cree en el choque de civilizaciones en el cual el islam es la única alternativa creíble frente al dominio occidental. Y está convencido de que el islam ganará», asegura Amir Taheri, analista político y ex director editorial de Kayhan, el mayor periódico de Irán antes de la revolución.

Ahmadinejad fue el cuarto de siete hijos en la aldea de Aradan, localizada aproximadamente 130 kilómetros al suroeste de Teherán. Su padre, herrero de oficio, se llevó a la familia a la capital poco después de su nacimiento.

Según han dicho algunos de sus primos, Ahmadinejad empezó a participar activamente en la religión y la política a temprana edad. Se afirma que antes de la propia revolución iraní viajó a Líbano para ayudar a las milicias chiitas durante la guerra civil en dicho país.

Al comienzo de la revolución de 1979, Ahmadinejad era un estudiante de ingeniería civil, pero dejó la universidad para convertirse en un activista de barricada. Diversos ex rehenes estadounidenses han identificado a Ahmadinejad como uno de sus interrogadores más fanáticos tras la toma de la Embajada de Estados Unidos en Teherán, el 4 de noviembre de 1979. Ahmadinejad ha negado su participación en la toma de rehenes, pero otros líderes estudiantiles de esa época aseguraron que estuvo involucrado en la planificación de la toma del recinto. Extremistas islámicos tomaron como rehenes a 52 ciudadanos estadounidenses durante 444 días y desde entonces se rompieron las relaciones diplomáticas.

Más tarde, Ahmadinejad se convirtió en un oficial del cuerpo élite de la Guardia Revolucionaria durante la sangrienta guerra de ocho años contra Irak, sirviendo primero en el frente de combate y después en los servicios de inteligencia. Se estima que el conflicto dejó unos 30,000 muertos y un millón de heridos.

Algunos analistas dicen que el servicio militar de Ahmadinejad y su membresía en grupos islámicos cuasi políticos lo condujo hacia un futuro en la política.

Sus conexiones le granjearon un nombramiento como vicegobernador de la pequeña provincia de Ardebil a principios de la década de 1990. Fue nombrado gobernador de otras dos provincias y estuvo en puestos menores del gobierno hasta el 2003, cuando ganó las elecciones para el Concejo de Teherán.

Dicho concejo, compuesto por 15 integrantes, repleto de candidatos conservadores tras unos comicios en los que solamente 12 por ciento de la metrópolis acudió a votar, designó a Ahmadinejad como el alcalde. Fue un momento decisivo de su carrera. Ya como alcalde, Ahmadinejad tuvo una plataforma para lograr el avance de su política populista y su teología conservadora.

Además, inyectó recursos económicos a proyectos de obras públicas, como un sistema de tren subterráneo para aliviar los congestionamientos de tránsito en esta ciudad de 12 millones de habitantes.

Aunado a lo anterior, dirigió críticas a los denominados reformistas de esa época, figuras asociadas con los ex presidentes Mohammad Jatami y Akbar Hashemi Rafsanjani, cuyas políticas se consideraban más favorables para Occidente y cuyos respectivos mandatos fueron opacados por alegatos de corrupción.

Como alcalde, Ahmadinejad también perfeccionó su retórica contra Estados Unidos.

Aún así, era muy poco conocido en Occidente cuando ganó las elecciones presidenciales de junio del 2005, en una acalorada contienda en la que demostró que era un taimado y bien relacionado político.

De los siete candidatos que se postularon, fue el único que salió de Teherán y viajó a otras provincias, estrategia que popularizó de inmediato su candidatura y le ayudó a superar a oponentes de prominencia, incluso al hombre de quien se sospechaba que era la primera elección del líder supremo, el ex jefe de policía Mohsen Qalibaf.

El populismo de Ahmadinejad, aparejado con un clamor de la clase media en contra de Qalibaf, cuya titularidad en el cargo estuvo marcada por la muerte en prisión de muchos estudiantes y activistas de los derechos humanos, echó por tierra la candidatura del jefe de policía.

Para la segunda ronda electoral, el desempate en contra de Rafsanjani, la campaña de Ahmadinejad impulsó su imagen presentándolo como el hombre común. Le dieron énfasis a sus orígenes aldeanos, sus frecuentes visitas a santuarios religiosos que son populares entre las clases menos privilegiadas e incluso a su decrépito automóvil, de fabricación iraní.

»Su apariencia y sus palabras son iguales a las nuestras. Además, prometió cuidar de nosotros, algo que ningún otro político ha hecho», dijo Ghaffar Jalilvand, tendero de 24 años del poblado agrícola de Takestan, localizado más o menos a 160 kilómetros al noroeste de la capital.

Como presidente, el estilo de Ahmadinejad le ha ayudado a popularizar decisiones políticas tomadas por los clérigos, incluida una purga de catedráticos «liberales».

No obstante, Ahmadinejad también ha mostrado algo de sorprendente iniciativa. Antes de la Copa Mundial de Fútbol de este verano, se pronunció a favor de que las mujeres fueran autorizadas a ver los partidos en los estadios junto a los varones.

La idea escandalizó a los benefactores de Ahmadinejad, quienes creen en la estricta segregación de los sexos, y el Ayatolá Jamenei revocó la decisión, sumando una amonestación pública en la que le recordó al presidente iraní que ese tipo de acciones no pueden llevarse a cabo sin antes obtener la aprobación del clero.

El desafío a Washington en materia nuclear ha sido una estrategia mucho más exitosa para Ahmadinejad. Sus detractores en Occidente lo han denunciado como un loco mesiánico.

Irán insiste en que su programa nuclear es pacífico.

»En resumen, nosotros no tenemos necesidad de una bomba», aseguró Ahmadinejad este jueves en Naciones Unidas.

Sin embargo, Estados Unidos y muchos países europeos temen que Irán esté planeando desarrollar armas nucleares y han amenazado con imponerle sanciones, así como lanzar ataques militares para detener el programa.

»Ahmadinejad, sin consideración sobre lo que se piense de él, ha convertido el tema nuclear en un tema nacional», notó Mohammad Atrianfar, director del principal diario de la oposición, Shargh, el cual recibió una orden del gobierno para que cerrara sus puertas este mes. «Incluso si los iraníes no quieren la bomba, no desean que los intimiden. Líbano no fue intimidado. Israel nunca ha sido intimidado. ¿Por qué habríamos de serlo nosotros?»

Datos principales

• Nace en la provincia de Garmsar, al sureste de Teherán, en 1956.

• Casado, tiene tres hijos; dos varones y una mujer.

• Doctorado de ingeniería por la Universidad de Ciencia y Tecnología en Teherán.

• Veterano de la guerra entre Irán e Irak, sirvió como oficial en el aparato de inteligencia y seguridad de la Guardia Islámica Revolucionaria.

• En la década de 1990 fue vicegobernador y después gobernador general de dos provincias.

• Gana la alcaldía de Teherán en el 2003.

• Es elegido presidente en el 2005.

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