Actualidad Internacional

Haya paz

El Mundial de fútbol que termina esta tarde, como todos los mundiales,
como todas las contiendas en que los equipos visten la camiseta de un país,
no ha sido otra cosa que una guerra encubierta, una batalla de naciones, un
choque de ejércitos simpáticos e impunes que escudados en el pretexto del
deporte entran al campo de combate con una ventajosa certeza: por mucha
pasión que los relatores le intenten imprimir al asunto, no habrá que matar ni
morir. Lo que no es poco, claro.

Esa cruzada pacífica que se desarrolla cada cuatro años es un acto de
sublimación colectiva que seguramente pone al mundo a salvo de peligros
mayores, y está muy bien que los 736 jugadores participantes hayan firmado
una declaración a favor de la tolerancia, o que el suizo Joseph Blatter
propusiera que Alemania 2006 se convirtiera en una bofetada al racismo.

Sin embargo, fuera de las canchas, ese tipo de gestas siguen siendo
alimentadas por sentimientos nacionalistas y beligerantes que se extienden,
cual epidemia, incluso entre los países ajenos a la puja. Ocurre que en el
fondo, por muy vacunados que nos creamos contra la xenofobia, todos
tenemos un lado oscuro en el corazón. Y si no, díganme por qué el viernes
30 muchos de nosotros (siempre hay extraterrestres, lo sé) respiramos
tranquilos cuando el vecino de enfrente, viejo rival en estas lides, quedó
fuera de la Copa. Me tocó en suerte estar en Buenos Aires durante el partido
Argentina-Alemania, y debo confesarles que jamás había visto una ciudad
tan espectral como la de ese mediodía porteño. Caminando por las calles de
Palermo, mi mujer y yo parecíamos los únicos dos sobrevivientes de una
catástrofe nuclear. Pero lo peor del caso, también confieso, es que se trataba
de dos sobrevivientes aliviados ante aquella derrota que había enmudecido
una perorata demasiado arrogante y triunfalista para l os oídos uruguayos.

Llegada la noche, mientras cenábamos con amigos y nos disponíamos a
pasar un fin de semana exprimiendo los encantos a los que nos tiene
acostumbrados Buenos Aires (esa parienta rica que adoramos visitar y luego
criticar), llegué a avergonzarme de mis bajos instintos del mediodía; pero los
gritos, las bocinas y hasta los petardos porteños que la tarde siguiente
coronaron la derrota de Brasil a pies de Francia expiaron mis culpas por
completo. Nada como la farsa de un Mundial para exacerbar las envidias
provincianas, pensé.

Todos somos iguales. Nosotros contentos porque los argentinos perdieron,
ellos felices porque los brasileños quedaron eliminados, y así sucesivamente.

Ya lo decía aquel Dulce Minuet: La tierra está plagada / de almas desoladas /
los rusos odian a los chinos / los chinos a los cubanos / en Inglaterra odian a
los yankees / en Italia a los italianos / y yo no quiero a nadie mucho que
digamos.

Así que dejemos los rencores de lado y roguemos a los dioses para que esta
tarde, tras el pitazo final de Elizondo, la paz vuelva a reinar en el mundo.

Por aquí, nos sobran los motivos para estar esperanzados. ¿Vieron el abrazo
que se prodigaron Kirchner y Vázquez en Caracas? En una de ésas, capaz
que nos ahorran otro alargue y hasta evitan los penales de La Haya. Y eso no
es todo: ahora que nos asociamos con el comandantísimo Chávez, que
quiere fusionar las Fuerzas Armadas del Mercosur y saca a pasear sus
flamantes cazas rusos por el cielo para mojarle la oreja a Bush, seguro que
ya no nos gana nadie. Qué golazo.

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