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La rápida elección de Joseph Ratzinger inicia un Pontificado de continuidad

El teólogo que no quería venir a Roma y que Juan Pablo II retuvo a su lado durante 23 años sin dejarle marchar asumió ayer la enorme carga de su herencia y de dirigir la Iglesia católica en el atribulado inicio del Tercer Milenio. Su inmenso prestigio realizó el milagro de superar dos tercios de los votos al cuarto escrutinio en el Cónclave más abierto de los últimos cien años: los cardenales han entregado la antorcha al preferido de Juan Pablo II. Hace 26 años el problema era la dictadura comunista. En nuestros días es la «dictadura del relativismo», y el primer martillazo contra su pedestal, hasta ahora indiscutido, sonó con fuerza ayer en Roma.

Igual que Karol Wojtyla, el «Papa de las sorpresas», Joseph Ratzinger dio ayer la primera y dará todavía muchas más a quienes sólo conocen su anticuada caricatura de inquisidor. Le han elegido porque su talla intelectual, talante y humildad están a la altura del enorme desafío de suceder a Juan Pablo II.

Le han votado porque saben que -en cuanto se despejen los tópicos y la gente le conozca directamente- Joseph Ratzinger va a meterse en el bolsillo a los jóvenes, a los responsables de otras religiones y a los mandatarios del mundo. Ayer decidió cenar con los cardenales electores y dormir en la Casa Santa Marta. Hoy concelebrará misa con ellos en la Capilla Sixtina y pronunciará su homilía en latín.

La segunda elección de un Pontífice no italiano confirma la llamada a ser «Papa del mundo» y lo hace en la persona del último gran testigo del Concilio Vaticano II. Elegir a un alemán significa echar un salvavidas a la zona quizás más enferma de la Iglesia católica: el área germanófona de la vieja Europa, el continente más aquejado del fenómeno de descristianización.

Tomando el nombre de Benedicto, asumido por última vez entre 1914 y 1922 por un Papa que se batió contra la Primera Guerra Mundial, Joseph Ratzinger muestra su voluntad de dejar brillar la estrella de Juan Pablo II, cuyo emblema escogió para adornar el balcón de la basílica de San Pedro en su primera bendición «Urbi et Orbi».

El clima de novedades afloró ya cuando el cardenal chileno Medina Estévez, que debería limitarse a un anuncio en latín comenzó con un «queridos hermanos y hermanas» en italiano, español, francés, alemán e inglés. Estaba llegando un Papa políglota, que ayer se limitó a saludar en italiano, pero que podía haberlo hecho perfectamente en media docena de idiomas.

«Humilde trabajador»

Como no necesitaba presentación, el nuevo Pontífice dedicó sus primeras palabras «al gran Papa Juan Pablo II», se definió «humilde trabajador de la viña del Señor», que sabe «actuar y trabajar con instrumentos insuficientes» y solicitó las oraciones de todos. Si su homilía del lunes, antes del Cónclave, terminaba invitando a «llevar a todos el don de la fe y la amistad con Cristo», ayer se la aplicó inmediatamente: «en la alegría del Señor resucitado, y confiando en su continua ayuda, caminamos adelante. El Señor nos ayudará».

Ese modesto «caminamos adelante» es ya un esbozo de su Pontificado. Joseph Ratzinger estaba, como siempre, sereno. Seguía llevando su camisa negra y seguía presidiendo a sus hermanos cardenales con la sencillez que le caracteriza desde que fue elegido Decano el 30 de noviembre de 2002. Era un Apóstol más entre los sucesores de los Apóstoles.

El relevo de Juan Pablo «El Grande»

Para quienes le han visto trabajar generosamente durante años, caminar a pie con su cartera por las calles de Roma, o responder con infinita paciencia y claridad en las conferencias de prensa, resultaba un poco difícil comenzar a llamarle Benedicto XVI. Ratzinger llevaba años intentando que Juan Pablo II, su amigo desde los tiempos del Concilio Vaticano II, le permitiese retirarse para abordar con más calma la reflexión teológica y la enseñanza. Ahora le han vuelto a retener los cardenales. Seguramente, también Pedro de Betsaida hubiese preferido pasar los años de su vejez en Galilea, junto al mar que amaba, pero los concluyó en Roma y en el martirio. La historia se repite.

El cardenal Ratzinger pilotó magistralmente la transición de la Iglesia católica a lo largo de 17 días. Y el Papa Benedicto XVI, en quien se transformó ayer a media tarde, asumirá muy bien el relevo de Juan Pablo «el Grande». Roma volverá a ser un hervidero de entusiasmo a medida que se acerca la misa de Inauguración el próximo domingo a las 10 de la mañana, aunque no faltará alguna pancarta de protesta. Muy pronto, el predominio de banderas alemanas tomará el relevo de las polacas. En espera de la cita festiva del domingo, las sucesivas audiencias a los cardenales y al cuerpo diplomático darán ya enseguida el tono del nuevo Pontificado.

Las primeras manifestaciones de entusiasmo juvenil serán preludio de una gran fiesta que se prepara del 18 al 21 de agosto en Colonia durante la Jornada Mundial de la Juventud, a la que asistirán más de un millón de jóvenes. Ese viaje a Alemania será como el primero de Juan Pablo II a Polonia. Y la señal de que el muro del relativismo empieza a cuartearse.

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