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Calamidad, incluso después de la muerte 

En Venezuela parece que, incluso, después de la muerte no se está en paz. Al menos ese es el caso de Josefa Márquez, una mujer de 74 años que padecía varia enfermedades, pero desde los últimos cuatro no recibía tratamiento porque su familia no tenía dinero para costearlo. Así se fue deteriorando su salud hasta este sábado que falleció y comenzó una nueva calamidad: conseguir una fosa en el cementerio de Naguanagua, Carabobo.

El sábado 20 de julio Josefa murió en su humilde vivienda improvisada en unas invasiones en Los Gayabitos. Ya tenía varios días en agonía. Desde entonces, la familia inició los trámites para ubicar una fosa. Mientras tanto, el cuerpo de la anciana fue llevado al barrio Oeste de Naguanagua para el velatorio. Pasó ese día, domingo, lunes de apagón y el cementerio municipal no abrió sus puertas.

 

Rosa Ceballos, hija de Josefa, se fue hasta la alcaldía para solicitar ayuda con una fosa. «Si tienes verde entierras a tu mamá sino, no la entierras», le dijo en tono déspota un hombre que se identificó como Leandro Silva, quien además, le indicó que desalojara el piso cuatro del ente público, mientras la mujer le tomaba las manos y suplicaba ayuda.

Llegó el martes y el cadáver de Josefa aún permanecía en la sala de la vivienda de su hija. La putrefacción ya comenzaba a alarmar a los vecinos de barrio Oeste y los gusanos empezaban a asomarse a través del ataúd.

Un grupo de personas allegadas a la familia decidió llevar el féretro hasta el cementerio, cuyas puertas estaban cerradas. No había otra opción: atravesaron la urna en la avenida frente al camposanto y cerraron la vía como medida de protestas, porque además de no contar con la moneda extranjera, tampoco  podían costear los tabelones y cemento que pedía para el entierro.

Al lugar llegó un representante de la alcaldía quien dijo ser director del cementerio. La solución fue dejar el cuerpo guardado en una capilla del cementerio hasta el miércoles que pudieron sepultar a Josefa.

De acuerdo a algunos trabajadores que no quisieron identificarse, las autoridades del cementerio, supuestamente, tienen un negocio redondo con el cobro en dólares por fosas. Incluso, según confiesan, desentierran cuerpo que han sido abandonados por años, sin permiso de sus familiares, para meter otros que paguen la comisión.

Luego de tanto padecimiento, Josefa fue supultada durante una íntima ceremonia donde ni los empleados soportaban el mal olor. Por su parte, Rosa trata de reunir dinero para cancelar la deuda con la funeraria, que supera el millón de bolívares.

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