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La escasez multiplica las protestas en Ciudad Guayana, por Marcos David Valverde

Marcos David Valverde

Lo que en un principio fue una rareza, un asomo a un pasado cuya vuelta parecía imposible, ahora es cotidianidad: en Ciudad Guayana, las protestas por escasez de comida y los saqueos son un asunto de rutina.

El detonante tuvo una fecha: 31 de julio de 2015. Ese día, en la avenida Manuel Piar, de San Félix, todo comenzó como una reproducción del Caracazo: primero, una protesta por el cobro excesivo de los pasajes. Después, los ánimos caldeados que se extendieron hasta una cola por comida y, finalmente, la revuelta que terminó con un muerto, sesenta detenidos y varios negocios saqueados.

Desde entonces, el número de protestas ha crecido. La primera seguidilla se concentró en Puerto Ordaz (a Ciudad Guayana la componen esa ciudad y San Félix) durante agosto de 2015, en un “triángulo” de conflictos: Makro, Pdval y Bicentenario. En los tres hubo colas perennes, las quejas por la irregularidad en las ventas y la presencia de la Guardia Nacional Bolivariana. Todo, a pesar de que en enero de ese año el gobernador de Bolívar, Francisco Rangel Gómez, prohibió las colas nocturnas en las afueras de los establecimientos. La estrategia no funcionó.

Pronto, la habitualidad de las colas se trasladó hasta los negocios estatizados, principalmente a La Fuente (cuyo proceso de expropiación comenzó en 2010 y aún no termina) y a los negocios de cosméticos. Harina de maíz. Pañales. Leche. Carne. Queso. Lo que fuese atrajo a cientos de personas a diario. Y, en varios casos, a las protestas.

Todos los peores escenarios

Las manifestaciones se agudizaron desde el principio de 2016 y, hasta entonces, no han cesado. Todo lo contrario, su intensidad es mayor y tiene una forma de medirla: muchas han terminado en saqueos y en enfrentamientos entre protestantes y cuerpos de seguridad.

En este último lapso, San Félix ha sido el foco principal de los conflictos. La misma avenida Manuel Piar, por ejemplo, fue escenario el último día de junio de la conjunción de guardias nacionales con motorizados armados. La alianza tuvo un norte: dispersar.

En algunos casos, el hambre ha servido como excusa para el vandalismo. Por ejemplo, algunos manifestantes han saqueado quincallerías para llevarse peluches y accesorios para celulares. Ocurrió ese mismo día, 30 de junio.

Durante la ebullición de las protestas, los buhoneros han sido víctimas de rebatiñas. Como el 17 de junio, en el centro de San Félix, cuando una turba se llevó ropa de varios puestos mientras transcurría una protesta por comida. Otra ocurrió el sábado 2 de julio, en el sector conocido como CORE 8, en Puerto Ordaz. Entre ánimos que se caldearon cuando se terminó un cargamento de harina de maíz, varios puestos de carne, pescado y pollo terminaron saqueados.

La instauración de los Comités Locales de Abastecimiento y Producción (CLAP) en nada ha servido, más allá de despejar los supermercados estatales. Para muchos son solo armas de control político (en el barrio El Cerrito hubo denuncias de excluidos de las listas para las bolsas de comida por firmar a favor del referendo revocatorio) y algunos integrantes de ellos señalan que no hay solución porque, sencillamente, no hay comida que ofrecer.

Sobre los manifestantes pesa, además, otra amenaza: mediante un comunicado, los colectivos oficialista Mersuv y Simón Bolívar han prometido arremeter contra cualquier protesta. No las ven como manifestación del hambre sino como una guerra contra la “revolución”.

Textualmente, han comunicado que «si se les ocurre tan sólo armar un toldo o cualquier marcha o como le llamen, serán expulsados de territorio revolucionario. Estamos preparados para dar repuesta en el escenario que sea”.

Mientras tanto, cualquier cosa puede pasar. Todo porque en el Ciudad Guayana y en el estado Bolívar el hambre está hablando.

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