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Entre obstáculos, así sobrevive un paciente renal en Venezuela

La situación del sector Salud sigue en declive, pacientes con distintos cuadros clínicos graves tienen pocas alternativas para sobrevivir y una de ellas es salir del país, porque cada vez es más difícil ingresar a un centro hospitalario o pagar una clínica privada, además de que los medicamentos cuando no están escasos, tienen precios que resultan impagables.

Sin duda alguna, quienes más sufren son las personas con enfermedades crónicas como: los pacientes que presentan deficiencia renal y necesitan ser trasplantados, y quienes ya se sometieron a este procedimiento y deben recibir el tratamiento necesario para que su cuerpo no rechace este nuevo órgano.

Según cifras suministradas a Analítica.com por el director de Amigos Trasplantados de Venezuela a escala nacional, Reymer Villamizar, para el año 2017 había en el país alrededor de 15.000 personas con tratamientos de diálisis y actualmente quedan unas 10.200. En cuanto a las personas con trasplante, para el 2017 eran 3.000 y para la fecha son 2.300. Esto se debe a que muchos han tenido que irse a otros países para cumplir con su tratamiento y otros han perdido la vida por no tener recursos económicos para sobrevivir.

En el 2017 el Ministerio de Salud designó a la Fundación Venezolana de Donaciones y Trasplantes de Órganos, Tejidos y Células (Fundavene), como encargada de los trasplantes en el país y desde esa fecha no se están realizando.

Con los recientes apagones la situación ha empeorado e, inclusive, hubo víctimas mortales, 23 específicamente, porque en los centros de salud en los que se dializaban no había plantas eléctricas y no pudieron someterse al tratamiento, que puede llegar a tener una duración de 2 a 4 horas dependiendo del diagnóstico que tengan.

La travesía de Anahís

Anahís Alvarado tiene aproximadamente 15 años en control con urólogos y nefrólogos y es paciente renal desde los 17. Este cuadro clínico surgió de una condición con la que nació llamada disrafia medular que tuvo repercusión en todo lo que se refiere al aparato urinario, inició en la vejiga y luego pasó a su riñón.

Ella necesita realizarse tres veces a la semana la hemodiálisis, un tratamiento que elimina las sustancias tóxicas en la sangre a través de un aparato que ejerce la función de un riñón artificial.

Alvarado asiste con mucho entusiasmo y esperanza los lunes, miércoles y viernes al Centro de Diálisis Jayor en la avenida San Martín, en el que a pesar de recibir una buena atención, hay dificultades. «En mi caso, tengo un catéter y para hacer las curas, tengo que llevar todo, gasas, cinta adhesiva, gerdex, alcohol, algodón, inyectadoras, ampollas, hierro y otros medicamentos, porque muchas veces el Instituto Venezolano de los Seguros Sociales (IVSS)  no nos da la cantidad exacta», detalló.

Algunos de los pacientes con los que ella comparte desde que asiste a esta clínica tuvieron que buscar otras alternativas pues allí hay cuatro salas de diálisis pero una «es un cementerio de máquinas».

«Lo ideal son cuatro horas de diálisis por cada sesión pero con la situación de que hay falta de material y de profesionales como enfermeras. Nos dializamos por tres horas en el mejor de los casos y dos horas y media cuando hay fuertes problemas con el agua o porque hay una sola enfermera para cada sala. Entonces, para que el turno no se altere, nos dan dos horas (son tres turnos, mañana, tarde y noche)».

La situación ha logrado que los pacientes se solidaricen unos con otros y que compartan lo poco que tienen para poder sobrevivir.

La fuga de profesionales también les afecta. Anahís cuenta que allí hay solo una doctora y tres enfermeras para 80 pacientes, así que se las ven difícil cuando alguno de los pacientes se descompensa o tiene una emergencia, pero asegura que el IVSS está tomando cartas en el asunto para dotarlos de personal.

Cada sesión de diálisis le debilita el cuerpo, por lo que constantemente siente fuertes dolores en las piernas y las rodillas.

Una dieta estricta forma parte del tratamiento que deben seguir los pacientes renales, algo que se complica para la joven de 32 años, que trata de cumplirla medianamente. «No puedo comer carnes todo el tiempo, ni alimentos con alto contenido en potasio y fósforo o sodio, porque me alteran los valores», dijo.

Estar enfermo en Venezuela es muy costoso; no solo hay que hacer malabares para conseguir las medicinas, en ocasiones se consiguen pero a precios que resultan excesivos para cualquier persona. También cada cierto tiempo deben hacerse exámenes de rutina para verificar sus valores y estos suponen otro gasto importante.

A pesar de las dificultades, Anahís mantiene la esperanza y la alegría, esto «ha sido un reto que le ha brindado una gran fortaleza espiritual» . «Por los momentos estoy estable, gracias a Dios. Espero seguir avanzando en mi camino que es recibir el trasplante», señaló.

Tiene la esperanza de que se permita el ingreso de la ayuda humanitaria y de que el servicio de trasplante de riñón se abra nuevamente en el ámbito hospitalario pues, de lo contrario, tendrá que irse del país ya que esta operación tiene un costo aproximado de 30.000 dólares en los centros privados.

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