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La odisea de viajar diariamente entre Caracas y las ciudades dormitorio

Viajar diariamente hacia Caracas implica un esfuerzo titánico para los habitantes de las ciudades dormitorio que rodean la capital venezolana.

Ana Elena, a las 4:30 de la madrugada, ya se encuentra en la cola para tomar los autobuses que hacen parada en la residencia en la que vive, ubicada en Guarenas, y que se dirigen hacia La California. Entra a la Universidad a las 8 de la mañana, y en circunstancias normales, podría levantarse apenas una hora y media antes para llegar a tiempo a su primera clase; sin embargo, la realidad de un país en crisis, sin servicios y con un grave déficit de transporte, le impiden disfrutar de un par de horas más de su sueño nocturno.

La joven cuenta con cierta angustia la cantidad de personas que se encuentran delante de ella, pues desde las 3 a.m. ya se observan vecinos en cola. Se cuestiona si podrá subirse al primer autobús que llegue, o si por el contrario tendrá que esperar al segundo, se preguntará cuánto tardaría otro en llegar, si logrará llegar a tiempo a clase o si será un día más en el que la situación país le impida cumplir sus tareas del día. La incertidumbre es un sentimiento común entre los presentes y el clima frío de la madrugada se contamina la ansiedad y el estrés de quienes tienen un horario que cumplir.

Al otro extremo del estado Miranda, en San Antonio de Los Altos, María Victoria enfrenta la misma odisea. Una larga fila de personas que esperan por el transporte para bajar hacia la capital, a trabajar, estudiar, asistir a una cita médica o ir al banco, la hace cuestionarse si podrá llegar a la reunión que tiene dentro de dos horas en su oficina, ubicada en Las Mercedes, al este de la ciudad. Ausencia total de autobuses. Entre la muchedumbre impaciente surgen rumores de que hay una protesta en la carretera Panamericana, que mantiene a las unidades de transporte atrapadas, tratando de tomar los «caminos verdes» para poder transportar a sus pasajeros a la «ciudad del caos».

Marivi, como la llaman sus conocidos más cercanos, ya tenía más de una hora esperando. Decidió sacar su celular para revisar Twitter. El resultado de su búsqueda «carretera Panamericana» le arrojó como resultado fotos de una protesta en el Km 0. La noche anterior, funcionarios de la Policía Nacional asesinaron a dos jóvenes de 13 y 15 años mientras estos, junto a sus familiares, colocaban un pesebre navideño fuera de su vivienda. El hecho provocó la ira de los allegados de los fallecidos, quienes trancaron la vía en protesta para exigir justicia.

Al ver la gravedad del asunto, Marivi decidió devolverse a casa. El acontecer nacional, por un lado enluta a familias enteras que piden justicia y, por otro, impide el trabajo de los ciudadanos que aún luchan por mantenerse en pie pese a la crisis.

Pasajes se devoran los salarios

Ana, por su parte, tuvo un poco más de «suerte». Aunque no pudo subirse al primer autobús, optó por uno de los llamados «piratas». «¡La California, 200!», el grito del colector la despertó de su letargo causado por el cansancio y la impaciencia. No dudó en subirse a pesar del golpe al bolsillo que representa pagar 200 bolívares diarios por cada viaje. «Lo más importante es llegar» dice con resignación.

El pasaje representa una de las mayores preocupaciones de quienes habitan en ciudades dormitorio. Actualmente, viajar a Caracas puede costar entre 80 y 250 bolívares soberanos. Para una persona como Ana, que percibe un salario mínimo por su trabajo, la cifra es desalentadora.

Al terminar la jornada en la ciudad, el regreso al hogar es otra tarea solo para valientes. El volumen de ciudadanos intentando volver a sus casas al salir de sus trabajos abarrotan todas las paradas de autobuses. La estación Miranda, donde se concentran la mayoría de las paradas para trasladarse hacia Guarenas y Guatire, se transforma cada tarde, a partir de las 4 p.m., en ríos de gente formados por colas sin inicio ni fin.

Los «piratas» sacan provecho de esta situación, y Ana, nuevamente resignada, se repite a sí misma que «lo más importante es llegar», así que se encuentra permanentemente atenta a la llegada de alguno de estos autobuses que no pertenecen a ninguna línea o cooperativa, y que viajan hacia Guarenas – Guatire cobrando una tarifa que duplica y hasta triplica las tarifas establecidas legalmente, dependiendo de la hora y del nivel de desesperación de los pasajeros.

La inseguridad es otro de los factores que mantiene a Ana y a sus coterráneos en zozobra en cada uno de sus viajes. Los robos en las unidades de transporte público son frecuentes y, entre tanta gente, se hace casi imposible controlar quiénes se suben a estas unidades. Ana, ya por fin en el autobús atestado de gente, se aferra a su bolso y, aunque le gustaría chequear sus redes sociales para distraerse de su agotador viaje, teme llamar la atención de algún «amigo de lo ajeno», así que prefiere cerrar los ojos y recostar su cabeza de la ventana, mientras internamente agradecía que, por lo menos, pudo viajar sentada.

La odisea de vivir en ciudades dormitorio y trabajar en Caracas, representa un reto con el que cada ciudadano debe batallar diariamente. La escasez de repuestos que mantiene inoperativas a la mayoría de las unidades de transporte, la hiperinflación que eleva las tarifas del pasaje sin control alguno, y los altos índices de inseguridad, afectan en mayor o menor medida a cada persona como Ana, que lucha cada día por formarse profesionalmente en un país en el que cada vez más puertas se cierran y la crisis arropa cada minuto a más y más venezolanos.

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