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“No siento hambre, pero no sé cuándo pueda volver a comer”

Carmen* está llena. No come desde hace dieciocho horas, pero está llena. Son las siete de la mañana y se debate entre prepararse o no una arepa para desayunar. Tiene que aprovechar, porque la posibilidad de elegir su menú no se le presenta todos los días.

“No siento hambre, pero no sé cuándo pueda volver a comer arepa con queso Guayanés y aguacate. No sé cuándo vuelva a tener esa oportunidad”, dice. La noche anterior durmió en casa de una amiga. Hace meses que en su propia despensa no se encuentra la harina de maíz, su nevera no guarda carne ni pollo desde febrero y el aguacate le parece casi un mito.

En el país no hay cifras oficiales que den cuenta de la inflación ni de la escasez. Ni siquiera se conoce el precio real de la canasta alimenticia. Sin embargo, del total de participantes en la Encuesta sobre Condiciones de Vida (Encovi) relativa al año 2015, 12% admitió comer dos veces al día o menos debido a los bajos ingresos, el alto costo y la dificultad para encontrar alimentos. La familia de Carmen forma parte de este grupo.

Carlos Navarro, presidente de la Central de Trabajadores Alianza Sindical Independiente, indicó a El Nacional que el costo de la canasta alimentaria registró un incremento de tres dígitos, para un total de 754% entre mayo de 2015 y mayo de 2016. Este costo no puede ser cubierto por un trabajador que gane sueldo mínimo: 15.051,15 más un bono de alimentación de 18.585 bolívares. “No hay aumento salarial que pueda con una inflación de tres dígitos, la escasez de alimentos, los bachaqueros y un país sin producción”, dijo.

En entrevista ofrecida a Globovisión el 8 de julio, Carlos Paparoni, diputado por la Mesa de la Unidad Democrática a la Asamblea Nacional, indicó que la situación alimentaria nacional empeoró el último mes. «Uno de cada dos venezolanos come menos de dos veces al día«, argumentó.

Carmen está incluida en esta estadística. Ella ya se acostumbró a no desayunar. Es la única de su casa –vive con su madre y su hermana– que no tiene que salir a trabajar porque lo hace a distancia. Usualmente suele amortiguar su hambre con café –sin azúcar, porque no hay, ni papelón, porque está muy caro–, té o pasas.

La costumbre de no comer

A Carmen nunca se le dio muy bien hacer dietas. Ahora, se ha visto forzada a modificar sus hábitos alimenticios: en su despensa solo hay avena, fororo, crema de arroz, salsa de soya, algunos granos y sal. Los sueldos de las tres no alcanzan para comprar la canasta básica en su casa y ninguna de ellas se asoma a las colas de los supermercados para adquirir productos regulados porque el miedo las detiene. “Siempre terminan en peleas y a veces en tiros”, explica la joven.

En esta dieta de supervivencia un solo plátano puede representar tres comidas en su casa: se divide en dos, cada mitad se consume en momentos distintos y, finalmente, la concha se pica, se aliña y se sancocha para prepararla como sustituto de carne mechada. Aquí nada se puede desperdiciar.

Son las siete de la mañana y Carmen todavía está llena. Ayer comió una sola vez, pero fue suficiente para que su estómago se sintiera desorientado: se compró un almuerzo en la calle, el primero en mucho tiempo. Incluía una sopa, filete de pescado, puré y ensalada rallada. “Me pagaron un dinero extra y lo primero que hice fue comprarme un almuerzo. En cuanto lo compré, vi la gloria. El filete de pescado me supo a cielo. No sé cómo me lo comí todo, porque estoy acostumbrada a comerme la cuarta parte de eso”.

Susana Raffalli, nutricionista colaboradora de la Fundación Bengoa y experta internacional en emergencias humanitarias desde hace más de 16 años, afirma que la calidad nutricional cayó “estrepitosamente” en los últimos 3 o 4 años debido a que 75% de la energía que está consumiendo la familia venezolana proviene de carbohidratos y almidones.

Pero ya ni siquiera los carbohidratos ayudan a apaciguar el hambre: ellos también desaparecieron de los anaqueles. «Hasta eso nos lo quitaron», considera Carmen.

Maritza Landaeta de Jiménez, directora ejecutiva de la Fundación Bengoa, señala que en Venezuela no solo se ha incrementado la malnutrición y la desnutrición, sino también el hambre oculta: personas que se mantienen en su peso, pero tienen hemoglobina baja, deficiencia de hierro, entre otros problemas.

Crisis alimentaria

Rafalli explicó en entrevista para Analítica.com que los sistemas de clasificación mundial en materia alimentaria van desde inseguridad alimentaria mínima hasta catástrofes o hambrunas. “Venezuela tiene un poquito de todas las fases. La mayoría de indicadores que describen la situación nos ubican en los dos estados intermedios, que es una crisis severa de inseguridad alimentaria. En los sectores más pobres, se expresa como una emergencia nutricional, que puede ser incontenible si no se toman medidas ya. Del 1 al 4 estamos en un nivel de gravedad 3”.

A Carmen le impresiona cómo su cuerpo fue capaz de ajustarse tan rápido a comer poco e, incluso, a no comer. “¡Qué increíble! Comí full ayer y es el día siguiente y todavía me siento llena. Estos cuentos, cuando se los narremos a las generaciones futuras, van a ser muy interesantes”.

 

*Nombre ficticio para proteger la identidad.

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