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Roberto Briceño León: El reto que tenemos por delante es reconstruir el pacto social

La fractura es inocultable. El quiebre de la institucionalidad en la sociedad venezolana, como el epílogo de un tramo errante en la historia política y democrática de la nación, genera consecuencias caóticas con altos costos que la propia sociedad debe asumir. Uno de ellos es la incapacidad para lograr los acuerdos que en política son fundamentales para la convivencia entre distintos.

El sociólogo Roberto Briceño León, un acucioso investigador de una consecuencia costosa por el quiebre de la institucionalidad en el país como lo es la violencia, reitera que la política, como la sociedad, se construye con acuerdos y pactos de convivencia. Consensos que no existen en la actualidad, producto de un desmantelamiento institucional, desde el propio gobierno, que envuelve a la sociedad en un caos que pareciera engullirlo todo.

¿Por dónde deberíamos comenzar cuando hablamos de institucionalidad?

El término en español es complicado, porque al hablar de institucionalidad se piensa en organismos. En sociología y en economía las instituciones no son los organismos, sino las reglas de juego, son los acuerdos que hay en una sociedad; lo que nos permite vivir juntos. En economía, por ejemplo, la institucionalidad se refiere a que existan reglas claras sobre las cuales tú puedas decir “voy a invertir, voy a producir, voy a trabajar”. En la sociedad es lo mismo, realmente es un concepto que vine de la sociología. Las sociedades, y de alguna manera la política, se construye sobre acuerdos; acuerdos que permiten la conveniencia y que nos permiten dirimir los conflictos sin matarnos, y hacer previsible el futuro. Esos son los grandes rasgos, se trata de acuerdos que todos tenemos y todos cumplimos. Lo que logra en una sociedad controlar la violencia es la política, porque cuando no tienes política, tienes guerra; cuando no tienes normas lo que tienes es la fuerza. El proceso civilizatorio es un proceso de normas y acuerdos.

Precisados esos aspectos y en vista de la actual situación, ¿hemos desmantelado la institucionalidad en Venezuela?

Nos hemos desinstitucionalizado. La sociedad ha perdido el sentido de la norma y de las reglas a lo largo de estos últimos años. Lo que es muy particular en el caso de Venezuela, a diferencia de lo que ha ocurrido en Centroamérica, áfrica y el medio oriente, es que esos procesos de quiebre de las reglas, ese proceso de desinstitucionalización, ocurre por grupos subversivos que buscan subvertir esas reglas. En el caso venezolano ese proceso vino por obra del gobierno: de arriba hacia abajo. Eso es algo muy único y puede tener varias explicaciones. Lo primero es que fue hecho con intencionalidad. Hay un intencionalidad muy simbólica revolucionaria, que viene de la revolución francesa, que decía “es necesario destruir el pasado”; como es una revolución hay que acabar con el pasado; ahora esa idea que ha estado permanentemente, de intentar hacer una cosa nueva, no resultó en nada nuevo. La otra explicación es la razón política: si tú destruyes las reglas en una sociedad, lo que permanece es la fuerza y el poder personalista del gobierno y del líder, esa es la calve para entender mucho de lo que pasó en el país. Al final si tu destruyes las reglas, la gente no tiene parámetros para guiarse; tiene que acudir al jefe que ese el que decide qué es y qué no es, y eso es lo que define a un gobierno dictatorial, o lo que propicia la corrupción, que es el personalismo.

¿Hablamos de un estado de anomia?

En mucho sí podemos decir que estamos en un estado anómico, en el sentido de que hay una pérdida de vigencia de la normativa y de la ley, y eso tiene que ver en la vida social y, fundamentalmente, con el papel del Estado. Hay dos elementos paradójicos: uno, por parte de las autoridades y el poder, que son totalmente personalistas y autoritarios, entonces aparentemente no hay anomia porque hay muchas leyes, aunque no sirvan para nada. Por el otro lado, y a pesar de todo el destare que hay, la sociedad funciona y trata de restituir como puede, en cada espacio, lo que se ha perdido.

¿Es esta situación política y social consecuencia de un debilitamiento cuyo origen se remonta a décadas previas al año 99?

Habría que verlo desde diversos puntos de vista. En mi interpretación de la sociedad, muy vinculada con mis estudios de violencia, hay un punto de quiebre importante en 1989, ese año se quiebran unas reglas fundamentales de la sociedad: algo tan sencillo como que tú no puedes ir a una tienda y llevarte un televisor sin pagarlo y eso fueron los saqueos; se quebró algo muy singular en  la sociedad y lo que vino después. La sociedad tiene distintas reglas de juego que hacen que se mantenga unida y la política administra esas fuerzas. Una regla es la propiedad, de respeto, de cuido, que se quiebra en 1989. El segundo quiebre importante se da en 1992. Ese año se quiebra la institucionalidad política, no la social o económica. Las reglas dicen que para poder ser presidente había que fundar un partido o inscribirse en uno, ir a elecciones y ganar esas elecciones. ¿Qué pasó ese año? la fuerza. Por mis cañones, por mis armas, voy a hacer presidente de la República, y a partir de ahí se desata una crisis política, cuyas consecuencias ya todos vimos. Chávez inicia quebrando la institucionalidad; se juramenta bajo una constitución que el llamó moribunda y genera toda una dinámica que encuentra apoyo popular; se trata de un líder carismático, y venimos de un quiebre de los partidos, de la antipolítica, por lo que se da un proceso de desmoronamiento político que permite que surja una figura que, paradójicamente en el imaginario aparece como restauradora del orden: la figura del militar. A partir de ahí el país entra en una de las fragmentaciones y desinstitucionalizaciones más grandes. El gobierno de Chávez dividió la sociedad con propósitos de luchas de clases y de instaurase. Cuando tú divides la sociedad generas institucionalidades paralelas, normativas paralelas, y eso genera un enfrentamiento muy fuerte que tiene que ver con todos los movimientos políticos. La política como guerra y no como acuerdo. Las dos institucionalidades quedan mediadas por la figura, porque al haber dos no hay ninguna.

Y al mismo tiempo el Estado, con el estamento militar, se ha sustituido a sí mismo

Al final lo que intentas hacer es que prive la fuerza y las armas sobre la norma, sobra la regla. Intentamos repetir que son los militares la salvación porque son más eficientes y tienen la capacidad, porque cundo tú colocas a todo un estamento militar a dirigir la economía estás sustituyendo las bases de lo que es el funcionamiento de una sociedad y de un Estado. No es la contraloría lo que va a regular, ¿son las armas que van a hacer que bajen los precios, que van a regular los servicios en los mercados? Es un una ilusión, creer que por vía de la fuerza es posible estructurar una institucionalidad que solo lo puedes hacer con política, con acuerdos, con pactos, con reglas. Una de las cosas que uno ve en Venezuela y de las dificultades que hemos tenido es que el gobierno ha entrado en una ambigüedad, y hasta se pudiera decir en una disociación, entre ser gobierno y ser revolución. Hay una esquizofrenia política, entonces no logras construir algo; es una ambivalencia: desde el discurso y desde la acción. Pero es una ambivalencia que puedes lograr más desde la comunicación que en la práctica, porque quieres destruir pero no construyes nada nuevo. No logran combinar eso y creas esa anomia en el país.

R. Briceño León

 

¿Se les fue de las manos esa ambigüedad, esa ambivalencia, y ahora no se puede regresar?

Originalmente fue intencional no reprimir el delito y por mucho tiempo no se hacía nada. La consigna era no reprimir y como seguían ganando elecciones y mantenían popularidad, no decían nada. Se armaron muchos grupos sociales con propósitos políticos y hoy en día esos grupos tienen propósitos delincuenciales. Hoy esa ambivalencia tiene un propósito muy claro de lo que es la instauración de un régimen dictatorial y ahí no importa otra cosa que mantener el poder

Una ambivalencia que, inevitablemente, llega a todas las esferas del Estado y del poder en general.

Y de la sociedad en general. Por eso hay un quiebre de las reglas más básicas.

¿Se le puede atribuir una debilidad conceptual al fracaso gubernamental, sobre todo comparado con otros regímenes con propósitos similares?

Es una revolución de aventureros. Lo que hay es una ambición de poder y en algunos casos una ambición de codicia, de enriquecimiento, muy grande. Si hay aventureros no hay conceptos, por eso construyen un épica que no es de ellos y se arrogaron una épica que no tenían.

Y ahora llegamos a la violencia. ¿Es ese el factor más evidente de la desinstitucionalización?

Lo que permite explicar los altísimos niveles de homicidios, de robos y de secuestros, es que las reglas que regulaban la sociedad fueron destruidas. Cuando se quiebra todo,  lo que empieza a parecer es la violencia y la fuerza como el mecanismo de mantener el poder. Todos estos años lo que hicieron fue legitimar la violencia y la fuerza como un medio para alcanzar los fines políticos o económicos de unos cuantos. Chávez nunca celebró el día que ganó las elecciones, sino el di del golpe de Estado; es el continuo uso de la fuerza; ahí no hay un mensaje democrático.

Sin embargo, a pesar de la situación de desamparo e incertidumbre, surgen nuevas realidades para tratar de encausar el rumbo.

Es el resultado la solidaridad y de una institucionalidad virtuosa que empieza a surgir por voluntad y por deseo. Eso es lo que nos dicen los estudios de casos en el país. Ha habido una respuesta. Porque así como está la fuerza por un lado, si el estado falla, la sociedad recupera las relaciones, los pactos, la convivencia, y eso es lo que le toca a la sociedad.  Eso viene surgiendo de la sociedad, de abajo hacia arriba, porque hay un reconocimiento de que eso se perdió y hay que reconstruirlo. Un reciente estudio nos indica que cerca de 80% de las personas considera que somos menos iguales ante la ley; 78% dice que no vivimos en una sociedad más justa, y todo eso después de 18 años de un discurso de igualdad.

¿Es la desigualdad una consecuencia evidente de la desinstitucionalización actual?

Depende de lo que designemos como desigualdad. Por ejemplo, para nosotros le desigualdad económica, al menos o que nos indican nuestros estudios, es que no hay vinculación con la violencia. La desigualdad no conlleva a la violencia, al contrario de lo que sí sucede con la violencia, que sí genera desigualdad porque son los más pobres los que pagan.

¿Qué implicaría el rescate de la institucionalidad?

Tengo la impresión, al momento de hablar de institucionalidad, de que la manera de reconstruir esa institucionalidad perdida es mediante un pacto de élites, porque la política se construye a partir de ahí. ¿Qué es un pacto de élites? Es decir vamos a ponernos de acuerdo para dirimir nuestros conflictos con la política y no con muertos. Al final eso es la política con mayúsculas: las élites logran generar un pacto, logran establecer una gobernabilidad, generan cierta prosperidad y logran establecer las competencias de los grupos. Eso es la institucionalidad: que te permite convivir con los distintos. Obviamente en el área política implica el poder, la restitución de la constitución, el uso de todos los poderes, eso a nivel político. El reto que tenemos por delante es reconstruir el pacto social, el pacto entre todos. A nivel social, el respeto por el otro, por la norma, por la ley. Implica generar formas de resolución de conflictos que sean posibles para la sociedad y los mecanismos de restaurar los derechos.

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