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Un 2018 de decepciones

La selección española protagonizó un 2018 decepcionante, marcado por la destitución a dos días del Mundial de Rusia de Julen Lopetegui como seleccionador, el primer paso hacia el fracaso, de favorita a caer en octavos de final ante la anfitriona, quedando también fuera de la Liga de las Naciones con Luis Enrique.

Todo se torció el 13 de junio. Hasta entonces España mantuvo su candidatura a una nueva cita con la gloria. La alimentó en sus primeros partidos del 2018, dos amistosos de enjundia con empate en casa de la que era vigente campeona del mundo, Alemania (1-1) y repaso a la Argentina de Leo Messi (6-1) que invitaba a soñar.

Con Lopetegui al mando invicta y lista para iniciar un Mundial que dejase en anécdota el resultado de dos amistosos de preparación cercanos a la gran cita. El empate ante Suiza y el sufrido triunfo sin brillo frente a Túnez fue un aviso a navegantes. Nadie pensaba que el anuncio a 48 horas del estreno en la cita mundialista, del técnico que recogía el difícil testigo de Zinedine Zidane en el Real Madrid, fuese a provocar la mayor crisis interna en la historia de la selección española.

Los «valores» de la Federación estuvieron por encima de todo para su presidente, Luis Rubiales, que no permitió que su seleccionador compaginase un mes ambos cargos. Lopetegui vivió el momento más duro de su carrera, expulsado de la concentración en Krasnodar con todo el trabajo hecho para buscar el título de mayor trascendencia y 20 partidos dirigidos en sus espaldas sin derrota (16 victorias y 6 empates).

La solución de urgencia a una situación inédita en la historia del fútbol, cambiar el seleccionador a horas del estreno, estaba en la casa. Fernando Hierro colgaba el traje y se enfundaba por el chándal. Su cercanía con jugadores a los que conocía a la perfección era la opción que se consideró menos traumática pero algo se rompió en la concentración. Empate ante Portugal en el estreno (3-3), victoria pírrica ante la modesta Irán (1-0) y empate ante una selección como Marruecos que no se jugaba nada (2-2).

Todos lo malos presagios acabaron en debacle en octavos de final ante Rusia. En un ejercicio de impotencia, la posesión absurda llevada al extremo, sin profundidad, el castigo a España llegó desde la tanda de penaltis. Nadie se creía un castigo tan duro, igual que ni el más optimista pensó que se podía ganar un Mundial tras todo lo ocurrido. Una oportunidad histórica se había tirado al traste.

Era el fin de una buena parte de la ‘generación de oro’ del fútbol español. Les llegaba el turno del triste adiós a leyendas como Andrés Iniesta, para la eternidad el autor del gol de la gloria en Sudáfrica, David Silva o Gerard Piqué. Centenarios con la selección que dejaban paso a los jóvenes valores que han triunfado en las categorías inferiores.

Hierro daba un paso al lado y se marchaba de la Real Federación Española de Fútbol (RFEF). Vía libre para elegir a un nuevo seleccionador y el elegido era Luis Enrique. Llegaba un nuevo estilo a la selección española, con un perfil más conciliador que en su etapa final en el Barcelona, imponiendo más mano dura en la convivencia y buscando variantes al estilo del éxito de la Roja.

La ilusión de un estreno esperanzador, conquistando Wembley y atropellando a la subcampeona del mundo, endosando seis a Croacia, se modificó en una nueva decepción con la venganza de Inglaterra en Sevilla y una derrota final en Zagreb. España quedaba fuera de la fase final de la primera edición de la Liga de las Naciones y mostraba que, en pleno relevo generacional, aún tiene mucho camino por recorrer para volver a pelear por títulos tras un 2018 desesperanzador.

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