Economía

20 dólares en 10 años

El esperado aumento del salario mínimo con motivo del 1° de Mayo es más bien una ilusión numérica, y no porque fuera de 30% que, en todo caso, es un incremento proporcionalmente significativo, sino porque si se compara con el valor del salario mínimo de hace 10 años, el resultado más que decepcionante es trágico.

Hace un decenio el salario mínimo nacional se ubicaba en 100.000 bolívares, que al cambio libre de aproximadamente 500 bolívares por dólar daba 200 dólares. Ahora, el nuevo monto de 799.230 bolívares o 799 BF si se calcula al cambio real o paralelo para la fecha de su anuncio, termina colocándose en 220 dólares. Es decir un «aumento» de tan sólo 20 dólares en el arco de 10 largos años.

Por supuesto que el Gobierno saca las cuentas con base al cambio controlado y entonces lo establece en 370 dólares, una cifra de consideración si se aprecian los niveles salariales de buena parte de América Latina. No obstante, esa aritmética tiene un fallo tectónico ya que el valor de la divisa que funciona como marcador de los precios en Venezuela no es el oficial subsidiado sino el del mercado efectivo.

Pues bien, tenemos entonces que en el 2008 el salario básico es apenas 20 dólares más que en 1998, y eso merece una reflexión descarnada porque, ¿no y que estamos inmersos en una revolución social?… Por lo tanto, ¿cómo justificar que con el barril de petróleo vendiéndose en 100 dólares, es decir 10 veces más que hace una década, el salario mínimo sea prácticamente igual?

Y lo que no es igual es la diferencia entre el salario mínimo y el salario de un alto funcionario del Estado, como un magistrado del TSJ o un rector del CNE. Hace 10 años esa separación era de 8 veces: 100 mil bolívares el mínimo y 800 mil bolívares el más alto de la jerarquía oficial, sin contar el del Presidente que estaba fijado por Ley en un millón.

Hoy en día esa brecha puede ser de 20, 30, 40 o más veces, si se hace la comparación con salarios mensuales de 30 millones de bolívares o 30 mil BF, que se han hecho usuales a lo largo y ancho del segmento superior de la estructura administrativa del sector público. Y léase que estas estimaciones son más bien conservadoras.

Todo lo cual conlleva al menos dos conclusiones inevitables: la primera, es que la materia salarial, así como la inflacionaria, o la fiscal, o la productiva, dan suficiente cuenta de la inmensa oportunidad perdida en estos tiempos de la «revolución bolivarista». Con el petróleo en 100 dólares, cualquier gobierno módicamente razonable habría contribuido a desarrollar el país de manera decisiva.

La segunda tiene que ver con la naturaleza farisaica de la prédica y la práctica roja-rojita: mientras más radicalosa se vuelven la retórica y ciertas ejecutorias gubernativas, más amplia se hace la brecha de desigualdades entre la base social y la nueva nomenclatura revolucionaria, sobre todo en su variopinta presentación boliburguesa.

Un «aumento» salarial de apenas 20 dólares en 10 años, en una nación cuyo Estado ha recibido y despachado, en ese mismo período, varios cientos de miles de millones de dólares gracias al boom internacional de los precios petroleros, es una prueba adicional de esa estafa descomunal que el señor Chávez llama revolución…

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