Economía

A cinco años de Los Semerucos

Cinco años han pasado desde la barbaridad cometida por la Guardia Nacional, hoy bolivariana, contra los habitantes de los Semerucos en Paraguaná, Estado Falcón. Aquéllas imágenes que el país entero pudo ver gracias a las cámaras de televisión, donde se desalojaba de sus viviendas a trabajadores petroleros y sus hijos, parecieran haber quedado en el olvido. Recuerdo aquél día como si fuera hoy, y vienen a mi memoria también los testimonios de padres de familia que, llorando de desesperación, relataban como, sorprendidos en la madrugada, protegieron a sus pequeños apretándolos contra su pecho y cubriéndolos con cobijas para evitar su asfixia, aún cuando más tarde tuvieron que trasladarlos a centros asistenciales a consecuencia de los efectos de las bombas lacrimógenas.

En estos días han aparecido algunos artículos de prensa relacionados con aquél momento. Quizá como para rememorar un hecho jamás antes visto en la historia del país. Pero no se habla en ningún caso acerca de la negativa por parte del Estado a que los hijos de aquellos trabajadores pudiesen continuar sus estudios en escuelas que fueron construidas en zonas alejadas donde sus padres cumplían funciones relacionadas con la industria petrolera y donde ellos asistían a formarse como cualquier niño venezolano más. Yo puedo decir de primera mano que conocí de los casos porque participé como representante de la sociedad civil en reuniones entre la organización Gente del Petróleo y representantes del Consejo Nacional del Niño y del Adolescente, organismo del cual aún se espera respuesta.

En aquel momento la ciudadanía en general quedó atónita ante una realidad que apuñaleaba el estado de derecho y cualquier resquicio de derechos humanos al que hubiésemos podido asirnos los venezolanos. Viene a mención este caso, porque, a pesar de que mucha agua ha corrido desde entonces y los venezolanos hemos ido perdiendo poco a poco las libertades, pareciera que, en lugar de rebelarnos y hacer un frente común para meterle un ‘parao’, como se dice en buen criollo, a los abusos de este gobierno, lo que se palpa en el ambiente es que el soberano sigue viviendo sin involucrarse mucho en asuntos que no le atañen directamente y espera las elecciones regionales con hastío y sin esperanzas de grandes cambios.

Por mucho menos de lo que ha sucedido en el país desde el paro cívico de 2002, en otros países del mundo la población se ha mantenido firme en sus protestas para oponerse a gobiernos autoritarios y ha encontrado el camino para resurgir de las cenizas en las urnas electorales. Ejemplos hay muchos, incluso en Latinoamérica.

Por solo citar una de las últimas estocadas del gobierno, las dichosas veintiséis leyes con que se burla la voluntad del pueblo y la expulsión de dos representantes de la ONG Human Rights Watch por exponer sus observaciones en relación a los DDHH en Venezuela, son razón más que suficiente como para activarnos concienzudamente en la obtención de una victoria contundente en las venideras elecciones. Eso sí, mientras tanto, habría que redireccionar los intereses personales y examinarnos profundamente para encontrar si, en verdad, eso de vivir mirando hacia otra parte mientras se nos viene el mundo encima es la solución para ‘curarnos en salud’, porque siendo así, a la vuelta de unos meses podríamos descubrir que los derechos humanos serán letra muerta en nuestro país. Quién sabe si, entonces, estaremos arrepentidos de haber sido indiferentes y olvidadizos al pasar por alto hechos tan graves, entre muchos otros que han venido sucediendo, como el ocurrido en Los Semerucos.

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