Economía

A la democracia económica por la sociedad civil

Por carambola, el centralismo dedocrático terminó potenciando la impetuosa afloración de la clase media como representación de la sociedad civil. La clase media, que ha ocupado el vacío dejado por las sumisas mayorías oficialistas, es el socio necesario de la revolución pacífica.

Nuestro presti-digitador Presidente reivindicó para la sociedad civil el mérito de la salida al fiasco electoral, liberando un genio que difícilmente se recogerá. Encarnará en clones de Liliana Ortega y Elías Santana, nuevos héroes civiles, rara avis en nuestra fauna de plumaje político-militar, y su misión será preparar a la Nación para la batalla por la democracia económica.

El avance del proceso democratizador de abajo hacia arriba se topará pronto con las estructuras controladoras del ingreso petrolero. El genio salido de la botella chavista deberá persuadir a sus mentores políticos a compartir la torta petrolera con sus dueños, los venezolanos.

El “porfiado” centralista

La defensa de los derechos ciudadanos se ha venido centrando en los derechos humanos y políticos, sin tomar en cuenta la interdependencia entre éstos y los derechos económicos. ¿Acaso podrá florecer nuestra democracia mientras esté sometida al arbitrio de un cogollo que controla el ingreso petrolero?
El manejo de la caja central conduce a una estructura tipo Mafia, de naturaleza jerárquica y explotadora, de relaciones verticales de autoridad y dependencia con poco espacio para la solidaridad horizontal entre iguales. Como un “porfiado”, cederá lo necesario para paliar cada crisis hasta que el resorte petrolero la vuelva a su sitio. El autoritarismo es producto de la economía centralizada y su estrategia de supervivencia induce a eliminar contrapesos en la sociedad civil, transformando la democracia política en un inocuo divertimento popular reducido a pan y circo electoral.

La democracia es económica

Una característica común a las sociedades desarrolladas es la participación y el compromiso de la gente con la economía. Los ciudadanos alimentan al Estado con sus impuestos y como contraprestación exigen eficiencia y transparencia en su administración. Se teje así una trama de intereses cruzados integradores de la sociedad, que alimenta la red generadora de riqueza. La acción de gobierno repercute directamente en el bolsillo de los votantes, quienes premiarán o castigarán a los políticos según los resultados.

Afortunadamente nuestro rico Estado petrolero permite hollar un atajo distributivo hacia la democracia económica para restaurar el papel protagónico del ciudadano y acabar con la pobreza a través de la capitalización popular. Si parte del beneficio petrolero fuera recibido en cabeza de sus dueños y ascendiera al fisco después de irrigar el sistema económico de abajo hacia arriba, los políticos responderían ante sus votantes por cada acción que afecte su bolsillo.

Internet sube cerro

Un paso por la vía correcta es el Decreto 825, que declara “el acceso a Internet como política prioritaria para el desarrollo cultural, económico, social y político de la Nación”.

Internet potenciará al genio liberado de la sociedad civil, extendiendo al nivel popular la fuerza comunicacional que desarrolla la clase media, candidata obvia a protagonizar el cambio revolucionario hacia la democracia económica. A través de la red cualquier venezolano tendría acceso a su cuenta del fondo de capitalización popular donde ahorra sus churupos, y de allí a su propia revolución interior.

Atendiendo sugerencias de lectores y gracias a la fraternal y entusiasta iniciativa de Francisco Perignon, presentamos el sitio fmonaldi.com como punto de encuentro y debate de estas ideas. Bienvenidas las críticas, mi estimado Hugo Faría: De los prestigiosos economistas que nombras en tu último artículo, nos llevamos mejor con nuestro amigo Douglass North, desacralizador del mercado. North sostiene que la política interfiere los mercados, por lo que hay que plantear correctivos para hacer que los mercados funcionen, y fortalecerlos mediante la creación de instituciones adecuadas a cada cultura. Ese es nuestro reto, y nadie va a inventar por nosotros.

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