Economía

Argentina 2002, Chile 1982 ¿La historia se repite?

Resulta cuando menos desalentador constatar como tanto el FMI como los banqueros internacionales, sin mencionar a los gobernantes latino-americanos, desaprovechan recurrentemente las experiencias resultantes de políticas económicas y monetarias previamente aplicadas en otros países de la Región. Al comparar la crisis que estalló en Argentina este año, debido en buena parte, aún cuando no exclusivamente, a la adopción de la Caja de conversión o “Currency board”, con el derrumbe económico-financiero ocurrido en Chile en 1982, nos encontramos con elementos de causalidad comunes.

Mientras la medida impulsada por Cavallo, convertida en Ley de la República por el congreso de su país en 1991, ataba el peso al dólar de los Estados Unidos, a la vez que se decretaba el estado de pasividad del Banco Central argentino, las características del sistema adoptado en Chile doce años antes habían sido muy similares. En efecto, bajo la influencia de las enseñanzas de Milton Friedman y del enfoque teórico de la balanza de pagos, perteneciente a su escuela monetarista, los llamados “Chicago boys” fijaron en Chile, en 1979 la tasa de cambio nominal en 39 pesos/dólar.

A partir de ese momento, el general Pinochet y sus autoridades monetarias no dejaban pasar oportunidad para reiterar periódicamente y con firmeza la invariabilidad de dicha tasa. Fue su manera de interpretar la importancia otorgada por Friedman en su teoría a la estabilidad del valor de la moneda. Ella establece que una tasa de cambio estable constituye el principal instrumento de estabilización económica, puesto que debería actuar favorablemente sobre las anticipaciones de los agentes económicos privados.

Precedentemente, el gobierno de la dictadura había ya liberalizado totalmente el mercado financiero chileno, permitiendo el flujo libre, indiscriminado de capitales foráneos y con ello, la entrada incontrolada de capitales especulativos o “golondrina”. Estos últimos, atraídos por las tasas de interés bastante mas elevadas, ofrecidas en el mercado financiero chileno, se volcaron masivamente sobre él bajo forma de préstamos otorgados a corto plazo y de adquisición de acciones en la bolsa de Santiago. A su vez, a semejanza del rol asignado por el Congreso argentino a su Banco Central en 1991, el Instituto emisor chileno, al verse suprimida también su función de esterilización monetaria, fue prácticamente relegado a actuar pasivamente, casi como simple casa de cambio.

A fines de 1982, a raíz de la crisis mejicana y al producirse consecuentemente el cierre del crédito internacional a toda la Región, el proceso especulativo antes descrito fue el factor mayormente responsable del derrumbe de todo el sistema financiero chileno en su conjunto, así como de la crisis económica más profunda sufrida por ese país después de los años de la Gran Depresión. De hecho Chile había acumulado para 1981, es decir, en apenas cinco años, una deuda externa cercana a los 18 millardos de dólares, equivalente a unos 1.500$/cápita. Al mismo tiempo, para el cierre de 1982, su economía experimentó una caída del 14% de su PIB con respecto al año anterior.

Resulta interesante constatar que, expresado en dólares de 2002, ese nivel de endeudamiento no difiere substancialmente de la deuda de 4.000 dólares que pesan hoy sobre los hombros de cada argentino, la cual será inevitablemente transferida a más de una generación futura. Eso marcó muy abruptamente el fin del tan mundialmente publicitado “milagro económico chileno”. Conviene recordar que como resultado de esa crisis sin precedentes, Pinochet puso fin, en 1984, a la que se conoció luego como su etapa “ingenua”, en lo económico y, una vez despedido su equipo de “Chicago boys”, dió comienzo a la nueva etapa “pragmática” que culminó en 1989.

Durante esa nueva fase, se le restituyeron las funciones tradicionales al Banco Central, el cual flexibilizó su política cambiaria e instituyó un sistema eficaz de penalización severa a los capitales “golondrina”, cuyo ingreso al mercado chileno fue exitosamente entrabado hasta 1998, año en el cual esas medidas fueron abolidas. Sin embargo, pese a las reformas institucionales introducidas por el gobierno chileno durante los años 80 y al retorno al crecimiento económico relativamente acelerado a partir de 1986, el daño socio-económico sufrido por Chile, entre 1982 y 1983, fue tan grave que el promedio de crecimiento de su PIB, durante los 17 años de dictadura, fue reducido a menos de 1,5% per cápita.

Al comparar las causas subyacentes a las crisis sufridas tanto por Chile en 1982, como por la Argentina 20 años más tarde, nos encontramos con grandes coincidencias. En primer lugar, se ha confirmado que el anclaje de la moneda de un país emergente o eufemísticamente llamado “en desarrollo” a la de otro país económicamente mucho más poderoso, puede representar, en caso desesperado, una “tabla de salvación”.

Sin embargo, luego de un tiempo limitado, una vez lograda la estabilización macro-económica y, con ello, la confianza de los inversionistas tanto nacionales como extranjeros, lo prudente es volver cuanto antes a la política monetaria que más conviene a ese país. Esta política deberá ser necesariamente coadyuvada por una administración sana y eficiente, denominador común para cualquier escenario exitoso. De ese modo, las autoridades económicas y monetarias estarán en capacidad de instrumentar políticas independientes, armas éstas, sin las cuales, no es posible hacerle frente a situaciones coyunturales, las cuales son frecuentemente de tipo contra-cíclico en relación al país a cuya moneda se había anclado originalmente la propia.

En el caso argentino además, justo es reconocerlo, la voracidad fiscal, alimentada por el fácil endeudamiento externo y los altos niveles de complacencia, en uso en ese país para el beneficio personal de algunas autoridades y políticos locales, aceleraron el proceso de deterioro económico, llevándolo a niveles insoportables bajo cualquier esquema monetario.

En el caso chileno, en cambio, fue la voracidad del consumo privado, aún en la ausencia de corrupción oficial digna de mención, la verdadera causa principal del derrumbe de su moneda y economía en 1982. Este enorme descalabro fue inducido, por una parte, por una reforma comercial excesivamente acelerada, la cual redujo el arancel promedio de casi 100% a 10% Ad-Val en apenas cinco años (1974-79), etapa conocida como “desindustrialización” del país. Por otra parte y no menos importante, es necesario mencionar el resultado desastroso arrojado por la liberalización total del mercado y sistema financieros. Ello atrajo al país enormes cantidades de capitales especulativos, los cuales fueron invertidos a muy corto plazo, causando la sobrevaluación apreciable del peso chileno, el aumento acelerado y considerable del endeudamiento externo, así como otros efectos perversos ya anteriormente citados.

Hagamos votos porque ningún otro país latinoamericano, a causa de la irresponsabilidad de sus gobernantes, intelectuales y del cinismo o ceguera de los organismos financieros internacionales, se vea en el futuro hundido en la situación trágica que afecta actualmente al pueblo argentino.

Ingeniero Químico,
University of Oklahoma at
Université de Paris IX-Dauphine, 2000
Investigador Asociado al EURISCO.
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