Economía

Bajo la sombra del “cisne negro”

Mientras se proyecta sobre el país la sombra de un “cisne negro” electoral, un probable fraude, en el ámbito económico existe calma relativa, debajo de la cual se pueden estar acumulando potenciales problemas, cuyo desenlace es difícil de prever. Mucho dependerá del mercado petrolero. El boom de los precios del petróleo impulsa la esperada y obvia recuperación, después de la caída del 2003.

Sí algo es reconfortante en esta hora menguada es el trabajo de Hausmann y Rigobón. Dos brillantes economistas han volcado sus conocimientos e ingenio al análisis de un evento político: los resultados del Referéndum Revocatorio (RR). Con el trabajo, “En busca del cisne negro: Análisis de la evidencia estadística sobre el fraude electoral en Venezuela” (Septiembre, 2004) muestran no sólo capacidad y compromiso con la democracia, sino además colocan el análisis del RR en una nueva dimensión: soportar los asertos con pruebas empíricas rigurosas. Con base en este análisis, y otros, la probabilidad de fraude no se puede desechar como si fuese una opinión política sesgada e irrelevante.

En el ámbito petrolero se está pecando en dos frentes. En primer lugar, la ocasión del boom de precios del petróleo ha debido ser utilizada para instalar (en cierta manera, reinstalar) un mecanismo estabilizador con consideraciones de largo plazo, algo similar al FEM pero mejorado, que permitiese suavizar la variación ínter temporal del gasto, del gobierno y PDVSA, haciendo la economía menos dependiente de la incertidumbre y volatilidad externa. Esa opción se desechó. El ingreso se utilizó con propósitos electorales, y aparentemente, instrumentar este tipo de mecanismo no está en los planes futuros. Lo cual llama la atención, ya que hace algunos años el gobierno adoptó esta idea, aunque la instrumentó en forma deficiente. Como en el pasado, parece que el shock positivo ha convencido al gobierno de que hacia el futuro no pueden presentarse bajas en los ingresos petroleros, o alternamente, la motivación política inmediata prevalece sobre las concepciones de desarrollo.

En segundo lugar, se ha debido utilizar parte importante de los ingresos petroleros para aumentar la producción y capacidad del propio sector. Esto es lo que han la gran mayoría de los países productores, incluyendo los de la OPEP, ante un cambio estructural positivo en la fuerza de la demanda. La producción de crudo venezolana está estancada alrededor de los 2,6 millones de barriles diarios, 19-20% menos que en 1997, y 30% menos en términos per capita. Tomando en cuenta el nivel de reservas naturales, mayores a las de Rusia sólo considerando los crudos convencionales, el nivel de la producción venezolana podría ser sustancialmente superior.

Además, hay que destacar el potencial efecto distorsionante de las políticas cambiaria y fiscal. Existe control de los flujos externos y un tipo de cambio nominal fijo, combinados con una política fiscal (y para fiscal) exageradamente expansiva, con fuertes transferencias (en buena parte distributivas), posibilitada en parte por el boom petrolero, de débil efecto multiplicador y difícilmente sustentable, que estimula la inflación. El “rentismo” típico del petro-estado, que se ha ido transformando en una cleptocracia particularmente ineficiente.

Este tipo de combinación de política económica, si se mantiene en el tiempo, conduce a la apreciación del tipo de cambio real, posiblemente desalineándolo respecto a su trayectoria de equilibrio de largo plazo. Desde la instalación del control cambiario el tipo de cambio nominal se devalúo de 1.600 bolívares por dólar a 1.920 (20%). En el lapso, el índice de precios al mayor ha aumentado más de 64%. Dada la baja inflación de los principales socios comerciales, el tipo de cambio real se está apreciando en forma importante.

El proceso se puede ver como la progresiva desviación de la Paridad del Poder Compra (PPC). La PPC es una de las tesis económicas más viejas y sencillas, postulada por primera vez en Salamanca durante el siglo XVI. Mantiene que el tipo de cambio nominal entre dos monedas debe ser igual a la razón entre los precios agregados de los dos países, equiparando el poder de compra. Nadie mantiene hoy que esto se debe cumplir en el corto plazo y para todo el rango de bienes: existen los costos de transaccionales, incluyendo los de transporte. Pero, tomando en cuenta estos aspectos, en general se supone que alguna forma del PPC se cumple en el largo plazo.

La apreciación del tipo de cambio real posiblemente tendrá consecuencias negativas en la competitividad de los transables no petroleros, sobre todo sí se acentúa la política del tipo de cambio nominal fijo como ancla inflacionaria. En consecuencia, se reduciría la posibilidad de diversificar la economía impulsando sectores transables importantes para elevar la productividad, lo cual la hace más vulnerable a shocks adversos. Es poco probable que se produzcan inversiones importantes en el sector de transables no petroleros sí sus precios no son competitivos en el mercado internacional.

Aparentemente la respuesta gubernamental es volver al control de los flujos comerciales, suponiendo que el sector transable no petrolero se puede desarrollar sólo con el mercado doméstico e impulsando la demanda con la renta petrolera a través del gasto gubernamental. Una aplicación bastante desfasada e incoherente de la tesis Prebisch-Singer de 1950. Este fue el tipo de política económica que inspiró al “punto-fijismo”, especialmente en sus inicios. ¿Será que la inspiración del “nuevo modelo” económico no es sino la repetición de la “cuarta”, con menor eficacia, menos capacidad y más deterioro institucional?

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