Economía

Con los pobres contra la pobreza

“¿Mamá, ¿por qué somos pobres? – le pregunta un niño a su madre mientras ella le cede su ración de comida. No sé, hijo, unos nacen con estrella y otros…”

La pobreza no es fruto del destino, ni una maldición, no es un castigo impuesto, ni una tragedia, sino el resultado de una situación injusta. Detrás de cada desigualdad no se encuentra el azar ni el destino. Esta manera de pensar perpetúa un sistema que cada día es más insoportable. Es posible erradicar la pobreza. Sólo hace falta una voluntad política real para la organización y distribución de la riqueza.

Ya lo demostraba el Informe del PNUD en 1998. Con lo que se gasta en cosméticos en Europa y en EEUU se podría garantizar la salud y nutrición básicas mundiales; se gasta más en helados en Europa en lo que se necesita para disponer de agua potable en todo el mundo. Perpetuar la pobreza es aberrante.

Existen cuatro tipos de pobres: los que no tienen qué comer, los que no tienen acceso de educación, los que no saben que son pobres y los que ni siquiera saben que son personas. Entre los que no saben que son pobres se encuentran millones de seres humanos que nunca han conocido otra condición y no pueden compararla con la suya. La conciencia de ser pobre supone saberse en una situación injusta.

Parece que hemos caído en el pensamiento del niño que, al cerrar los ojos, piensa que está escondido, que nadie lo puede encontrar porque aún no es consciente de sí mismo. La humanidad tiene que saberse una. El Hombre no puede huir de sí mismo sin destruirse. En una era dominada por la globalización una lágrima vertida en un extremo del mundo se multiplica torrencialmente por el resto.

Los ataques puntuales realizados contra la naturaleza se hacen notar en toda la Tierra. Si a un grupo de personas se les permite atentar así contra la vida, ¿por qué no se las hace responsables de las consecuencias que provocan en el resto del mundo? ¿No es la Tierra propiedad de todos sus habitantes? Sin embargo, los países desarrollados contaminan y los empobrecidos tienen que convivir en un medioambiente dañado sin tener responsabilidad de ello.

Permitir que la injusticia campe a sus anchas constituye un atentado contra el ser humano en general. Como bien expresó John Donne, “mientras haya un hombre pobre en el mundo, todos seremos pobres”.

El primer paso se dio en la cumbre del Milenio de las Naciones Unidas, en la que se fijaron los Objetivos de Desarrollo para el 2015: erradicar la pobreza extrema y el hambre, lograr la enseñanza primaria universal, promover la igualdad entre los géneros y la autonomía de la mujer, reducir la mortalidad infantil, mejorar la salud materna, combatir el VIH/SIDA, el paludismo y otras enfermedades, garantizar la sostenibilidad del medio ambiente y fomentar una asociación mundial para el desarrollo. Cuatro años después, a pesar de que se ha avanzado en algunos de estos objetivos, todavía están lejos de hacerse realidad.

Para cumplirlos es necesario un cambio de mentalidad que no permita que cada minuto se gasten dos millones de dólares en armamento, mientras que mil doscientos millones de personas continúan en el umbral de la pobreza sin acceso a los alimentos necesarios, a los cuidados sanitarios básicos y a una educación elemental. Hace falta abrir los ojos y dejar de sentirse a salvo mientras se perpetúa la injusticia.

El tópico de que por cada persona rica hacen falta otras muchas que vivan en la pobreza no se sostiene. El equilibrio resulta complicado cuando las tres personas más ricas del mundo poseen activos que superan el PNB de todos los países menos desarrollados con sus 600 millones de habitantes.

¿Bienaventurados los pobres? La pobreza no es connatural al ser humano. Ya no existen excusas políticas, económicas o religiosas. La pobreza atenta contra la dignidad del ser humano, de todos los seres humanos sin excepción. Hay que estar con los pobres contra la pobreza.

Fran Araújo
Periodista

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