Economía

Declarar la guerra al hambre

 El gasto militar en 2006 superó los 900.000 millones de euros, según un informe del Instituto Internacional sobre la Paz de Estocolmo. El mundo invierte en armas y en ejércitos más de 2.500 millones de euros diarios. Mientras, 1.200 millones de personas viven con menos de un euro al día. 

Desde que se iniciase «la guerra contra el terror», en el año 2001, cada vez se gasta más en ejércitos, en armas y en guerras. Estados Unidos, el país que promueve la cruzada contra el terrorismo, invirtió más de 400.000 millones de euros en arsenal militar el pasado año. La «guerra contra el terror» no sólo ha favorecido el aumento del gasto militar sino que además ha permitido a muchos gobiernos realizar actividades que atentan contra los derechos humanos.

Crear en el imaginario colectivo enemigos que encarnen el terror y con los que hay que terminar «para hacer del mundo un lugar más seguro», es un concepto utilizado por EEUU para intervenir en asuntos internos de otros países de manera arbitraria y sin respetar los tratados internacionales. Se entró en guerra con Afganistán para encontrar a Bin Laden y para que Al Qaeda no atentase de nuevo contra el «mundo civilizado». En Iraq, la excusa fue terminar con el régimen dictatorial de Sadam Hussein y destruir unas armas de destrucción masiva que, cuatro años después de la intervención militar, siguen sin aparecer. Hoy es el presidente de Irán, Ahmadineyad, quien está en el punto de mira por su supuesto interés en fabricar bombas atómicas.

Mientras, el hambre provoca 20.000 muertes cada día. Un atentado diario contra la humanidad y la solidaridad, provocado por un asesino sin voz ni rostro, que no necesita armas para continuar sus crímenes. Un asesino que no se siente perseguido, que mata en silencio y que galopa por los rincones del mundo mientras los dirigentes occidentales ocupan su tiempo en buscar enemigos a los que poder colgar el cartel de «se busca». 
Cuando cayó el muro de Berlín se produjo una corriente de opinión favorable a erradicar la pobreza y el hambre del mundo. Con el fin de la Guerra Fría se produjo una oleada de optimismo que hablaba de repartir los «dividendos de la paz». No se tendría que gastar tanto en armas ni en ejércitos. Así, se llegó a los compromisos, los Objetivos de Desarrollo del Milenio, de la Cumbre celebrada en Nueva York en el año 2000.

Estamos en el ecuador de los compromisos adquiridos por los países de Naciones Unidas y el hambre sigue siendo el principal obstáculo para erradicar la pobreza. Las cifras de personas que pasan hambre en el mundo no se reducen en las proporciones establecidas en los ocho ODM para acabar con la pobreza extrema antes del 2015. A pesar de que se producen alimentos para abastecer a toda la población mundial, 850 millones de personas padecen hambre en el mundo. Más de siete de cada diez que sufren las miserias del hambre son pequeños agricultores, campesinos sin tierra o pescadores.

Pero se siguen declarando guerras para las que se necesitan más armas, se continúan construyendo escudos antiaéreos que funcionan con misiles y no hay esfuerzos que lleven a acabar con la miseria.

Para ganar la guerra contra el hambre no se necesitarán armas nuevas, no se necesitará adaptar las últimas tecnologías a ningún aparato, no será necesario contar con grandes ejércitos ni se producirá una sola víctima militar. Para acabar con el hambre sólo habrá que repartir mejor los recursos que ya tenemos y, sobre todo, que exista voluntad política para declararle la guerra.

 

Periodista

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