Economía

Del Laissez Faire al Contrôle Total

Cuando el economista francés Vincent de Gournay fue Intendente de Comercio de Francia; en el siglo dieciocho, acuñó la frase: “ Laissez faire et laissez passer, le monde va de lui même ” (Dejen hacer y dejen que pase, el mundo va por sí mismo), refiriéndose a las acciones que deberían tomar los gobiernos en relación con la economía—una posición extrema a favor del libre mercado—pero los enormes abusos perpetrados por los empresarios durante el nacimiento y desarrollo de la Revolución Industrial (el reemplazo de la producción manual por la producción mecanizada) que comenzó en Inglaterra a finales del siglo 18—y que llegó a incluir el mantener niños como esclavos al servicio de las máquinas—y a quienes se les limaban los dientes para que “comieran menos y así abaratar los costos de producción”, llevó a la inaplazable intervención de los gobiernos para regular a la economía; dando origen a variadas proposiciones; como las que partieron del descubrimiento de la ciencia de la Macroeconomía—diferenciándola de la Microeconomía—a partir del pensamiento del economista británico John Maynard Keyness (1883-1946), contenido en su libro: “The General Theory of Employment, Interest, and Money ” (La Teoría General del Empleo, el Interés y el Dinero), publicado en 1936—y hasta el pensamiento del filósofo y economista político alemán Karl Heinrich Marx (1818-1883), quien propuso el control total (contrôle total en francés), de los medios de producción—de la economía en general—por parte del Estado.

Esos tres pensadores prácticamente abarcan todo el espectro de las posturas económicas—de un extremo al otro, pasando por su “centro” Keynessiano—y sus ideas pueden ser vistas funcionando en casi todas las economías del mundo; ninguna de las cuales es regida absolutamente por sólo alguna de esas posturas, sino más bien por una variopinta mezcla de ellas; ya que con sólo mencionar a los impuestos, sabemos que todos los gobiernos intervienen en la economía—desde la declaración de actividades económicas “libres de impuestos”, hasta los monopolios estatales; es decir, el laissez faire, laissez passer, dejó de existir, y la intervención de los gobiernos en la economía es omnipresente—el más reciente ejemplo de ello, lo podemos ver en la prohibición canadiense del uso de la sustancia química llamada Bisfenol A o BPA por su abreviatura en inglés, al considerarla tóxica—el BPA es una sustancia química, presente en centenares de miles de productos plásticos de uso diario y común en todo el mundo—incluyendo a los biberones para bebés.

La pregunta de las ochenta mil lochas es: ¿Cuál es la mejor mezcla entre la intervención estatal y la libertad económica más adecuada para producir el máximo nivel de prosperidad social con el mínimo de daño a las naciones y a los estados?

Nadie ha sido capaz de hallarle respuesta a esa pregunta—más bien tozudamente persisten posiciones atrincheradas que no le dan cuartel a las ideas contrarias a las propias.

He aquí mi posición: Primero; el absoluto control total de la economía por parte del estado, es tan perjudicial para la nación y el estado, como lo fue la extinta política francesa del laissez faire laissez passer—y los economistas, deberían buscar inspiración en una ciencia que aparentemente no tendría nada que ver con la economía; pero que en realidad es la que en el fondo regula a la economía: la biología.

¿He perdido la razón? ¿Acaso estoy proponiendo una estúpida ridiculez?. Yo creo que no. Desde que el ser humano aprendió a controlar el fuego e inventó la rueda con la finalidad de aumentar sus probabilidades de supervivencia y de llevar a cabo las ideas que se le ocurrían, la humanidad no ha dejado de progresar económicamente—y esas maravillosas ideas se le ocurren a todo el mundo; sin excepción, por lo que pretender que sólo un puñado de burócratas (ya sean partidarios de Vincent de Gournay, de John Maynard Keyness o de Karl Heinrich Marx), deban ser los únicos con derecho a intervenir en las decisiones económicas, va a contrapelo de la biología, la que mediante la reproducción sexual logra que cada nuevo humano nacido vivo, sea un ser único, sin duplicado—y en consecuencia también lo serán sus ideas económicas; y esta realidad biológica es un poderoso argumento a favor de la libertad económica individual.

Sin embargo; como nos ilustra la intervención gubernamental canadiense citada arriba; la intervención gubernamental en la economía es imprescindible.

¿Qué nos enseña la biología sobre la intervención gubernamental en la economía? !Elemental, querido Watson!—como diría el famoso detective británico inventado por Sir Arthur Conan Doyle: el control permanente; pero progresivo y posterior:

La humanidad es una sola; y por ello las ideas económicas no tienen nacionalidad y deben ser estudiadas por todos—es mejor emular una idea económica que ya ha sido ensayada exitosamente por otros, que intentar inventar desde cero una nueva idea—la evolución (una de las más importantes ramas de la biología), nos enseña que la naturaleza hace unos 35 millones de siglos—abandonó el inventar desde cero—que en su caso lo constituyeron las cianobacterias; la primer forma de vida que apareció en el planeta Tierra—todas; absolutamente todas, las otras formas de vida (vegetal y animal) que han existido y / o continúan existiendo, nacieron a partir de modificaciones de las cianobacterias mediante el proceso conocido como mutación genética—y si observamos cuidadosamente a cualquier forma de vida terrícola, podemos comprobar que ninguna de ellas, existe en detrimento de la economía—todo lo contrario—produce un resultado favorable para cualquier forma de vida que escojamos; favorable en términos de sus necesidades de energía y su consumo de energía disponible en el ambiente, hábitat y nicho ecológico que ocupa.

Si alguna mutación genética produce una forma de vida “antieconómica” (que necesite o consuma más energía de la disponible en su ambiente, hábitat o nicho ecológico)—esa vida sólo tiene un camino: la extinción (el “control posterior del gobierno”: la naturaleza)—hasta los humanos podemos correr ese fatal destino, como nos está enseñando en este momento el calentamiento global.

Debemos darnos cuenta que el antieconómico uso de la energía disponible, no sólo se refiere al consumo de ella, sino al despilfarro y al desigual aprovechamiento de ella; es decir, una forma de vida que use un exceso de energía en detrimento alguna o del resto de las formas de vida, está actuando antieconómicamente, y el control posterior del gobierno (la naturaleza) se encargará de extinguirla.

¿Pero quién decide en la humanidad lo que es un uso anti-económico de los recursos a su disposición?. La visita del naturalista británico a las Islas Galápagos en 1831 a bordo del navío HMS Beagle, nos lo enseña: allí; Darwin observó, como a partir de una única especie de pinzón (gorrión—o corre por el suelo—) que llegó a esas islas, evolucionó toda una variedad de ellos: cada una se adaptó a explotar un tipo de alimento diferente—es decir: son los individuos quienes deben tener en sus manos la decisión de lo que es económico o no—que el caso de los humanos, necesita de la intervención posterior de los gobiernos, como nos ilustra la ya mencionada decisión gubernamental canadiense sobre el BPA.

Pretender que el Estado; como propuso Marx, sea el único a cargo de tomar las decisiones económicas, es un atroz desperdicio de las miles de millones de ideas económicas que se le ocurren a igual número de seres humanos—y como ha demostrado todo Socialismo Real que puso en práctica las ideas económicas marxistas, ellas sólo conducen a la extinción de esa forma económica de organizar a cualquier nación.

Por ejemplo, aunque ya algunos voceros estadounidenses han calificado como “cosméticos” los cambios económicos que ha estado haciendo Raúl Castro en Cuba—y que han enfurecido a su hermano Fidel—éstos nos ilustran la totalmente innecesaria asfixia económica, que ha imperado en Cuba desde hace 49 años—como es la regulación estatal de la compra-venta de artefactos electrodomésticos y la necesidad de un previo permiso estatal para que los nacionales cubanos puedan salir y entrar de su país.

Cuba desde hace muchas décadas ha sido un estado menesteroso: incapaz de sobrevivir por sí mismo, sin el auxilio de dádivas externas (antes fue mantenida por la Unión Soviética y hoy lo es por Venezuela), lo que puede contrastarse con otras islas nación; como las cercanas Aruba, Curaçao, Bonaire o Trinidad y Tobago; hasta Puerto Rico, República Dominicana, Jamaica o Inglaterra, donde las libertades económicas individuales, son mucho más amplias; y la intervención gubernamental, mucho más restringida.

La solución; pues, ciertamente no es ni el laissez faire laissez passer; ni el contrôle total; tampoco lo es la intervención gubernamental keynessiana: cada nación debe conocer los recursos a su disposición, y en base a ello, promover la máxima libertad económica individual posible, con un permanente y progresivo—pero posterior, control gubernamental.

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