Economía

Devaluación y competitividad

(AIPE)- Ha causado cierto impacto el hecho de que Brasil mostrara algún crecimiento económico en 1999 (0,8%), mientras que Argentina y Uruguay vieran ambos contraerse sus productos (3 y 3,5 % respectivamente). Se recordará que Brasil padeció una violenta crisis financiera en enero del año pasado, tras la cual su moneda quedó depreciada en cosa de 70%. Al mismo tiempo, por supuesto, Argentina mantuvo invariable su paridad cambiaria con el dólar, y el Uruguay, sin definirse con igual nitidez (como no suele hacerlo en general) se acercó mucho al paradigma argentino. La gente se pregunta si no nos habría convenido imitar a nuestros vecinos del norte en materia cambiaria, en lugar de hacer otro tanto con los del oeste.

O sea que se insinúa, aquí y allá, la propuesta, de devaluar. Con cierta timidez, porque la gente comprende que la estabilidad monetaria que tanto costó alcanzar la estaríamos tirando por la borda. Pero, al mismo tiempo, envidiando al Brasil la baratura de sus precios, que arrastró nuestra temporada turística al fracaso durante el verano climáticamente más favorable en muchos años, y de modo general permitiendo la evolución positiva de sus exportaciones, esa palanca crucial del desarrollo económico.

Para tomar posición sobre un asunto semejante requiere tomar distancia de sus detalles, y plantear el problema con un grado adecuado de abstracción. Un país que enfrenta una coyuntura recesiva, y en particular ve sufrir a sus exportaciones, de bienes y todavía más de servicios, ¿debería recurrir a la devaluación para superar tales dificultades? ¿Y de qué modo ella le ayudaría?

Situémonos ante el caso de una industria exportadora en ese hipotético país. La vemos agobiada por su baja competitividad. Sus costos son tales, medidos en dólares, que se ve desplazada de los mercados externos por empresas de países más baratos. Algo parece andar mal con la moneda de su país; llamémosle «peso». Éste parece hallarse sobrevaluado. Si el peso se cambiara por más dólares (el precio del dólar fuese mayor) un dólar de exportación permitiría cubrir una proporción mayor del costo de sus productos. Conseguir esa nueva relación, más favorable al industrial exportador, es precisamente lo que podría hacer una devaluación. ¿Qué es lo que nos detiene, entonces? Estamos dejando de crecer, arruinando empresas, promoviendo el desempleo.

Pero miremos la cuestión un poco más despacio. Preguntémonos ante todo: ¿cómo afecta el tipo de cambio –la sobrevaluación del peso- la capacidad del industrial que la padece para enfrentar sus costos? Supongamos que los costos se componen de materia prima y mano de obra (sin duda, los dos principales rubros). Cuando se trata de importar materia prima, la sobrevaluación del peso hace que pueda lograr compras baratas de las materias primas. Ahí no puede estar el problema. En cambio, respecto de la mano de obra sí, es indudable, el tipo de cambio hace que ella en dólares sea cara. Ahí, en los salarios altos en dólares, tenemos una posible causa de la baja competitividad.

Claro que hay otros rubros del costo. Uno importante son las tarifas de servicios públicos. Pero ahí volvemos a encontrarnos con materias primas importadas (digamos petróleo para la energía eléctrica, equipos modernos para las comunicaciones), baratas relativamente en razón de la sobrevaluación, y salarios altos en dólares. El panorama no cambia mayormente. Después tenemos los impuestos. Los salarios de los funcionarios públicos que habrá que pagar con ellos serán altos, nuevamente, y ello inflará los costos. También habrá probablemente un exceso de mano de obra en la administración pública, con lo que el efecto de los salarios será potenciado por la ineficiencia. Finalmente, tenemos los gastos financieros. Probablemente una moneda sobrevaluada se acompañe por una política macroeconómica responsable, y las tasas de interés por los préstamos en dólares y pesos reflejen la confianza consiguiente, siendo relativamente más bajas De modo que, respecto de los gastos financieros, la sobrevaluación probablemente sea favorable a la competitividad del país.

Ahora preguntémonos qué podría aportar la devaluación al país que está en dificultades. Lo que querríamos sería rebajar los costos medidos en dólares. Observamos que hay una sola vía por la cual la devaluación puede impulsar a los costos en la dirección deseada. La inflación vendría a ser una forma de bajar los salarios en dólares, pura y simplemente. En efecto, el costo de las materias primas usadas directa e indirectamente por la industria permanecería igual en dólares. Probablemente, los gastos financieros subieran, y absorbieran parte de la ventaja obtenida con el dólar más caro.

Además habría otros efectos desfavorables para la economía como resultado de la devaluación. Habría empresas con pasivos en dólares e ingresos básicamente en pesos que caerían en quiebra. Habría ahorristas que se sentirían defraudados por la violación de las promesas de los gobernantes en el sentido de que no devaluarían, y abandonarían las costumbres austeras, de las que una parte de la generación de nuevo capital depende. Se puede ver que la devaluación es como un arma que dispara un proyectil que sólo podría dar en el blanco golpeando desfavorablemente sobre objetos que no se habrían querido dañar.

Hay otro aspecto contrario a la devaluación. Si los salarios en pesos suben rápidamente para compensar el cambio de la paridad, aun las ventajas que la devaluación aportaría serían de escasa duración. En Brasil el gobierno se las habría arreglado para mantener los salarios nominales en reales prácticamente constantes con un alza del precio del dólar del 70%. Ello les ha llevado a tener uno de los índices salariales más bajos del mundo. No es milagro que sus industrias de servicios, intensivas en mano de obra, como las vinculadas al turismo, sean inalcanzables en competitividad. ¿Podríamos nosotros conseguir otro tanto? Además, ¿sería realmente eso lo que deseamos? ¿No es preferible concentrarse en medidas que mejoren la productividad, como la promoción de la competencia en servicios públicos y la desregulación en general? ¿Y en transferir mano de obra de la burocracia a la industria y los servicios privados, con análogos efectos sobre la eficiencia?

Por fin, con seguridad, los uruguayos no queremos que los salarios bajos sean el fundamento de una supuesta prosperidad. Se sentirían más bien de acuerdo con Thomas Malthus, el gran economista liberal, que dijo: Si me aseguran que la riqueza de mi país sólo puede conseguirse con salarios bajos, respondería: «Que mueran esas riquezas».

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