Economía

Discriminación inversa

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Buenos Aires (AIPE)- De un tiempo a esta parte se está utilizando como pantalla una buena idea para, de contrabando, cambiar su significado y convertirlo en su antónimo. Constituye un principio esencial del liberalismo clásico la igualdad ante la ley, esto es, que todas las personas deben ser respetadas en sus derechos que son anteriores a la existencia del aparato estatal que, precisamente, se ha constituido para brindar esa protección.

Así, paradójicamente, en nombre de la anti-discriminación se incurre en la peor de las discriminaciones, anulándose los antes mencionados derechos. Si los derechos de las personas han de ser reconocidos, significa que pueden elegir que hacer con sus propiedades y con sus vidas, siempre y cuando no lesionen derechos de terceros. Pues en muchos lares esto no resulta posible porque, por ejemplo, en lugares de trabajo o en centros académicos se establecen cuotas compulsivas y deben contratarse ciertas proporciones de lesbianas, latinos, negros, amarillos, blancos, heterosexuales, ateos, etc.

Con este proceder no solo se conculcan gravemente los derechos de las personas a elegir con lo suyo lo que consideran pertinente asumiendo la correspondiente responsabilidad por los resultados, sino que se deteriora enormemente la calidad académica y los bienes y servicios que se ofrecen en el mercado, lo cual, dicho sea al pasar, perjudica muy especialmente a los mas débiles económicamente.

Ahora bien, curiosamente, estos procederes se hacen en nombre de la anti-discriminación cuando en verdad se está incurriendo en una discriminación inversa. Como queda dicho, desde la estructura gubernamental no puede ni debe discriminarse, es decir, reconocer distintos derechos a distintas personas. Pero cada una de ellas en su vida privada discrimina en el sentido que elige con quien contraerá nupcias, a quien contratará, de quienes será amigo, a que cine irá, a que restaurante, que libros leerá y así sucesivamente. Si esto no se permite, quiere decir que el gobierno está discriminando con lo que se barre con la idea de la igualdad ante la ley.

Como decía Orwell, todo comienza con la prostitución del lenguaje. Hoy día uno de los ejes centrales de lo que ha dado en llamarse “políticamente correcto” está plagado de estas sugerencias discriminatorias. No puede decírsele a una chica que es linda porque “se discrimina a la fea”, no puede aludirse a Dios con el artículo masculino porque “se discrimina al sexo femenino” y hasta se ha sugerido reemplazar la asignatura “history” por “herstory” para darles una oportunidad a las mujeres. Incluso no está bien visto referirse a los “negros”, hay que aludir a los “afroamericanos” como si fuera una distinción especial, como si todos no provendríamos de África (por ejemplo, el que éstas líneas escribe es afroargentino).

Para ahondar en este tema y explorar otras dimensiones de las peculiaridades de nuestra época, recomiendo entusiastamente una excelente obra que acaba de publicarse de Carlos Rodríguez Braun que se titula “Diccionario políticamente incorrecto”. Con una extraordinaria ironía se ofrecen muchos otros ejemplos del delicado asunto que ahora abordamos y, asimismo, refleja espléndidamente las curiosas opiniones que se esgrimen sobre algunos personajes y conceptos no menos curiosos.

___* Presidente de la Sección Ciencias Económicas de la Academia Nacional de Ciencias, en Argentina.

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