Economía

El buen oro y el buen Dios

Hemos tratado antes el tema de las motivaciones personales fundamentales de los hombres, y hemos propuesto un mecanismo asociado a la supervivencia de la especie (el arquetipo de la hormiga roja), la dominación del prójimo, por intermedio de dos caminos principales: la subyugación del vecino para apropiarse de la renta económica disponible; y el sometimiento religioso de las regiones conquistadas o penetradas. Ver Fig. 1.

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Si entendemos ahora esta motivación como una expresión de la búsqueda de la felicidad individual (e indirectamente colectiva), es bueno acudir –como referencia—a los clásicos, en este caso Aristóteles y Santo Tomás, quienes se han referido al tema. El primero (Etica Nicomaquea) distingue, para lograr la felicidad, tres tipos de bienes, entre ellos los externos (riqueza, honores, fama, poder…) y los del alma (la contemplación, la sabiduría).

En el caso de Aquino basta citar el siguiente comentario:
“De su parte La última y perfecta felicidad no puede estar sino en la visión de la divina esencia, para cuya evidencia deben considerarse dos cosas: primera, que el hombre no es perfectamente feliz, mientras le queda algo por desear o buscar. Segunda, que la perfección de cualquier potencia se aprecia por la razón de su objeto…”

Consideramos así, básicamente, dos motivaciones para la búsqueda de la felicidad que explican en lo elemental la historia de la humanidad y sus conquistas: el buen Oro (las riquezas) y el buen Dios. Apliquen estas búsquedas (como motivaciones) a todos los acontecimientos humanos y lograrán una buena explicación de los sucesos. En la Edad Media (v.t. San Agustín) se llamó también la concupiscentia dominando – que aquí la aplicamos en sus dos vertientes, divina y humana.

Releyendo ahora el libro “De Eros y Psique” del psicólogo post-junguiano Rafael López-Pedraza, llama mi atención el aparte sobre el vellocino de oro en el cuento de Apuleyo.

Como venimos de mencionar, nosotros hemos hablado otras veces sobre la motivación elemental del hombre, su lucha, por aumentar su valor agregado económico en la búsqueda de la felicidad, y también, en aquellos más abnegados, por lograr la conversión de los infieles, que es otra manera de aumentar su valor agregado, esta vez espiritual. La espada y la oración, para utilizar una antigua terminología. El arquetipo de la hormiga roja, lo denominamos hace un tiempo, para implicar el carácter biológico de esta supervivencia.

Como se conoce, históricamente le debemos a los estudios de Jung la conexión de la psiquiatría moderna con las religiones comparadas (id., 80) y la historia de la cultura. Mientras que nuestra teoría explora los movimientos militares (poder temporal) y los religiosos como actuando paralelamente en la historia, no cabe duda que en muchos casos lo religioso ha servido como punta de lanza (recordemos las misiones protestantes en China, la conquista española en América, las cruzadas) para la dominación de nuevos reinos y territorios.

Lo interesante ahora sería que, a nivel personal o individual, se plantea un vínculo entre ambas aspiraciones o motivaciones. Menciona López-Pedraza (id., 83) que “El cuento de Apuleyo dice que Psique tiene otra manera de hacer una conexión psicológica con ese elemento [el oro], puede haber una iniciación psíquica en lo que de otra manera sería locura. Esta situación nos presenta, por un lado, lo más luminoso y brillante de los intelectivo y religioso y, por el otro, el impulso del poder y del dinero como inflación. Tanto uno como otro constelizan en el ser humano elementos que van desde la alineación patológica hasta algo que es como una red: una red que puede contener nuestra psique o apresarla en las trampas y la seducción de Venus…”

Pudiéramos entonces pensar así que, finalmente, estamos ante dos expresiones de la misma aspiración, y que deep in the heart es una sola y simple búsqueda de la realización personal (la felicidad) en cada individuo, ya sea por el Oro o por el Dios.

En este sentido, la propaganda oficial de inventar el “socialismo cristiano” sería una manera de integrar ambas concepciones. Solo que la generosidad humana es una virtud anti-natura y sencillamente no funciona ni siquiera en el “hombre nuevo”.

El mismo Fidel Castro lo reconoció recientemente cuando dijo en un discurso en La Habana el pasado diciembre 2005: (Cf, Rebelión)
“El hombre nace egoísta, porque la naturaleza le impone los instintos… la educación impone las virtudes”, dice el discurso. ¿Pero en qué grado y en qué condiciones? La evidencia empírica parece indicar que la idea del homo novus solo es válida para las masas en fases transitorias o condiciones de excepción; para estados prolongados solo es valida para minorías, posiblemente un 10 a 15% de una población nacional.

Curiosamente, quizás uno de los éxitos del culto y ritos de Maria Lionza sería la integración de una serie de “deidades” que incluyen todo un abanico de áreas de la imaginería popular, desde la “corte patriótica” (con Bolívar, Páez, Negro I, el Benemérito, &c), la “corte indígena (Guaicaipuro, , &c); la “corte médica” (Razetti, José Gregorio, &c), la corte negra, la corte malandra, etc. – mezcladas con santos de la iglesia católica incluyendo el propio Jesús. Esta exitosa amalgama representa bien la constelación de la felicidad planteada desde el origen, al integrar personajes de la política con personajes de la religión.

Desde esta perspectiva, por cierto, el “socialismo cristiano” de la revolución bolivariana, en cuanto exige una generosidad obligada, parece contrariar los principios elementales del funcionamiento de la humanidad, y convendría buscar otros mecanismos más expeditos para reducir la pobreza, que el tiempo apremia.

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