Economía

El codiciado (billeverde) «prócerimpreso imperial»

«¿A qué huele un billetardo con el rostro de George Washington.? ¿Qué gobierno se sostiene en pie sin el prócerimpreso de origen imperial? ¿Por qué un pedazo de papel verduzco luce tan hermoso ante la mirada de los mandatarios, malvivientes y miembros de la Insurgencia de Ultimomundano? Es, o no, la corrupción, el público sonido del billeverde»

 

Ulterior a las «falsadas» contiendas dieciochescas por la «independencia» (1), el billetardo Norteamericano con el rostro de George Washington (1732-1799) ha sido el más codiciado en conciliábulos de canallas que buscan el «poder del (mundo) mando» a partir del Siglo XX: cuando, la «fatalidad» lo dicta (2), se consolidó la enorme influencia internacional que logró la United Satates of America (USA) hasta ¿merecer? el calificativo de «imperio».

 

Lo insólito es que, en la parte del planeta que habito, y donde muchos afirman detestar al «Imperio Yanquee», nada place más a los jerarcas civiles, a militares, capos del narcotráfico, paramilitares y grupos de guerrilleros de ultimomundano que llenar sus alforjas de próceres impresos estadounidenses, empero ya no escapan al galope como lo hacían los forajidos de los westerns. Custodiados, viajan en costosos aviones oficiales con maletines llenos de «billeverdes» que exhiben el rostro de Washington.

 

El prócerimpreso imperial ha enriquecido a casi todos los «dignatarios» de ultimomundano en ejercicio, a quienes ya son ex, a las «corteinsanias», a hombres y mujeres de parlamentos, al «mercenariado» letalmente armado y al otro, «de civil», empero con envidiadas remuneraciones. Afamados «líderes» de «carteliazgos» (de sustancias de toda índole y «depuración de dineros» provenientes del delito), aspirantes a significativos cargos de poder y hasta sectores de intelectuales y académicos se vuelven babiecos ante la posibilidad de poseer el billetardo «ese»: que compra la «Vida Buena», ordena la «Muerte Indigna», edifica palacios e inventa «doctrinas políticas» para vindicar a los que jamás lo serán (ni «vindicados» ni «adinerados» en el curso los gobiernos «de lastre revolucionario» o «democrático»)

 

En las selvas ultimomundanas y los inhóspitos territorios del Talibán, los dolarfagozoarios compran cualquier pertrecho de guerra: «fusiles», «lanzagranadas», misiles «tierra-tierra» y «antiaéreos», diversidad de municiones (…) Y en las ciudades irguen bustos de fallecidos maleantes, financian a los expertos en fomentar turbas de agresivos y partidos políticos de curiosa insurgencia. Las riquezas bien o mal habidas del «Imperio Norteamericano» sirvieron para el nacimiento de fortunas personales  entre sujetos a los cuales se les llamó «dignatarios». Ahora con mayor desparpajo, el prócerimpreso estadounidense es utilizado para cruentos (e irrevelables) propósitos que están en curso.

 

A raíz de la pandemia del «prócerimpreso imperial», durante el Siglo XX casi nadie que hubiese ejercido funciones de mando político se mantuvo moralmente impoluto. Y el Siglo XXI, todavía en fase de alba, anuncia que, durante muchos años, el billeverde con el rostro de George Washington proseguirá como el favorito de los corruptos y quienes conspiran para cometer fechorías: en nuestra realidad y tiempo postmoderno, y tras hipócritamente blandir la tesis de la «soberanía de las naciones», devenidos en «azotes sin fronteras».

 

NOTAS

 

(1) Siempre he sostenido que las fratricidas conflagraciones «independentistas» no tuvieron sentido, ello por cuanto ningún país jamás se «autoabastecerá» plenamente: es decir, no será «independiente del resto del mundo». Hubo formas de ocupación territorial y progreso sin que se cometieran tantas atrocidades. Los seres humanos fuimos, somos y seremos «interdependientes» y hermanos. O, acaso, ¿no conformamos una especie?

(2) Es inocultable que el desarrollo tecno-científico-financiero, de «corte imperial», de los norteamericanos, sólo fue posible la mediante la guerra: de «ocupación», sin duda «genocida» y la «expansión criminal» por la «posesión de riquezas tras explotar a los individuos a los cuales se les consideraba «inferiores». La «fatalidad», paradojalmente, ha signado el éxito de unos en perjuicio de otros.

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