Economía

El gasto público y la democracia falsificada

Ciudad de México (AIPE)- Usted tiene que decidir qué hacer con 15 millones de pesos de gasto público federal: ¿los repartiría a 30 brillantes jóvenes para que estudien en la universidad que elijan o los daría a 30 productores agrícolas, violentos y quejumbrosos, para evitar que le vuelvan a cerrar una autopista?
Al final del día toda política pública es política fiscal. ¿A quién le quitamos cuánto para dárselo a quién? Añada los «cómo», «dónde» y «cuándo» y tendrá toda una definición de gobierno. Una definición que se entiende cuando se expresan los «por qué» y los «para qué».

Cuando un gobierno está confundido en los «por qué» y en los «para qué» gobernar, estará perdido en lo demás. Gobiernos así son fáciles víctimas de cualquier presión, ceden a la inercia y les aterra salirse de lo «políticamente correcto». Un síntoma de esa confusión es que la política fiscal se vuelve espasmódica: A la rueda que chilla le ponen aceite. No hay proyecto de país, hay administración de sedantes para calmar los sucesivos espasmos.

No es cierto que esto sea una consecuencia inevitable de la democracia. Por el contrario, suele ser la expresión puntual de una degeneración de la democracia, cuyos síntomas, a su vez, son: secuestro de la representatividad de los ciudadanos, desconexión entre el origen y el destino de los recursos públicos, esquizofrenia en el ejercicio del gasto, falsificación de la opinión pública.

Supongo que usted y yo preferiríamos utilizar los recursos públicos en financiar los estudios de 30 brillantes y prometedores jóvenes. Pero habrá políticos de oficio que nos tacharán de ingenuos porque esa es una inversión de bajo rendimiento. Rendimiento político, claro. Es más importante, hoy y ahora, nos dirán los políticos de oficio-, que se reabra la autopista sin gritos ni sombrerazos, sin que la prensa nos tilde de represores, sin descalabrados, sin que la televisión muestre aquella vieja verdad: el Estado tiene el monopolio legítimo de la violencia para evitar que volvamos a la ley de la selva.

Además, parece que siempre es posible girar cheques contra la reserva pública de paciencia y sensatez de los ciudadanos anónimos, esos que se van a resignar con su derecho al pataleo privado y que están demasiado ocupados, ganándose la vida, como para cerrarnos una autopista.

La representatividad de los ciudadanos está secuestrada por los partidos políticos, los medios de comunicación, los negociantes organizados, los líderes sindicales. Con ellos «pacta» el gobierno y cuando lo hace se siente tranquilo porque -conjetura- ya habló con «todo mundo». Son esas las ruedas que chillan, son las ruedas que se han ganado su aceitadita.

Después viene la magia de los impuestos con anestesia. Un ejemplo singular de México: ¿Cuánto de lo que se paga por un litro de gasolina se va en impuestos? Nadie lo sabe, nadie puede exigir cuentas.

Y, entonces, el ciudadano anónimo no entiende lo que pasa, pero se siente defraudado.

(*): Analista político mexicano
(*): Artículo cortesía de (%=Link(«http://www.aipenet.com»,»AIPE»)%)©

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