Economía

El mito petrolero desinflado, por Ramón Hernández

Al país —sobre todo a los ignorantes, desinformados, mensos y distraídos, que como letrinas portátiles llevan de concentración en concentración— le han mentido no solo con la siembra del petróleo, que sigue siendo una frase afortunada, pero sobre todo con la justa distribución de la riqueza y la tonta alegría de que los venezolanos son dueños de la reservas de hidrocarburos más grandes del mundo. Mientras, y sin explicación oficial, la producción diaria disminuye y los precios se mantienen alejados de los 200 dólares por barril que los manganzones que gobiernan creen “justos”.

La destrucción de la industria petrolera venezolana no comenzó exactamente con el despido de más de 20.000 trabajadores y el traslado del “cerebro electrónico” de Pdvsa a La Habana por instrucciones de Alí Rodríguez Araque, a quien de la noche a la mañana y sin pasar por la universidad, y después de constantes viajes a Irak, Libia, Marruecos, Nigeria y Rusia, entre otros, con toques técnicos en la mansión de Fidel Castro en Isla de Pinos, presentaban como gran experto en hidrocarburos.

Detrás se perfilaban las sombras de Bernard Mommer, Gastón Parra Luzardo, Álvaro Silva Calderón, Francisco Mieres, Carlos Mendoza Potellá y otros anticapitalistas que habían aprendido muy poco del desastre que era la industria petrolera soviética, no tanto por la inherente corrupción, sino por el colosal, aunque disfrazado, atraso tecnológico.

Desde el manifiesto de Marx y Engels en 1848, que inspiraron tanta convulsiones decenas años después, gracias a la brutalidad de Lenin, los asesinatos de Stalin y las masacres de Mao Tse-tung, unas propias y otras inspiradas como la de Pol Pot, las materias primas pierden mucho valor, aunque dialécticamente se encarecen, al mezclarse con la ideología. El mejor ejemplo es Pdvsa que desde que se le pintó de rojo rojita se desvalorizó en más de 87,8% y su alta productividad junto con su récord de no accidentes quedaron como una proeza irrepetible.

El abogado y economista Luis José Oropeza, que no anda buscando micrófonos para declarar ni es un invitado frecuente de los medios masivos de comunicación, publicó en 2014 Venezuela: fábula de una riqueza. El valle sin amos, un libro que rompe mitos y leyendas urbanas y rurales sobre la “inconmensurable fortuna” que está bajo nuestros pies y que el Estado se ha apropiado no para repartirla mejor o usarla en provecho de la población, sino para su propio disfrute y el de sus poderosos burócratas, una tendencia que se exacerbó en los últimos 17 años con el abuso militar.

El petróleo que nos ayudó a ser democráticos durante ocho lustros, que permitió la masificación de la educación y el plan de becas gran Mariscal de Ayacucho, la construcción de una importante red de carreteras y autopistas y esos ejemplos mundiales de ingeniería y talento que son el complejo hidroeléctrico del Guri, el puente sobre el lago de Maracaibo, las torres del Parque Central y el Teatro Teresa Carreño, ahora es la causa de nuestra ruina, de la pérdida de la soberanía y de la independencia.

Habiendo llevado el cerebro petrolero a La Habana y habiendo cedido a enviarles 150.000 barriles diarios como pago por su “asesoría” militar y política, Venezuela concedió al G2 cubano, lo que ya antes Fidel Castro y la dirigencia del partido comunista le entregaron a la KGB y convirtieron a la isla en ese chancroso burdel y a Venezuela en este desierto que se llena de hambre y penuria con cada segundo que pasa y con cada barril de crudo que se llevan sin un dejo de vergüenza en el rostro del funcionariado milmillonario.

Voluntaristas unos y aprovechadores un buen lote, víctimas los demás, el país ha vivido la ilusión de una riqueza inagotable cuya mala administración le ha causado no solo la ruina económica, sino también moral y humana. Ha derrumbado la institucionalidad republicana y nos acercan a la modalidad precolonial de caciques, piaches y curanderos que reciben contentos espejitos y abalorios a cambio obsequiar puñados de oro.

Todo barrunta que el país va camino de Haití o de Nigeria, el país más poblado de África, el más rico y con la economía más potente. Aunque posee mucho petróleo, gas mineral y minerales estratégicos no es un lugar seguro para su población. Carece de infraestructuras y de un tejido empresarial capaz de generar trabajo para la mayoría de su población. Como en Venezuela, la riqueza en hidrocarburos solo fortalece al Estado, a los dirigentes corruptos del partido que gobierna y a los grupos delincuenciales que acosan al resto de la población. La injusticia es rampante y escasea la educación.

El diario The Washington Post publicó que en las últimas semanas se ha agravado la aguda crisis humanitaria que viven más 3 millones de personas: falta la comida; los niños y ancianos empiezan a morir de hambre; las enfermedades comunes están matando a otros y hasta el polio ha reaparecido. En Nigeria no nombran a Simón Bolívar ni al comandante Chávez, pero es miembro de la OPEP y no ha reducido su producción petrolera de 1,7 millones de barriles diarios, que es tanto como la producción de Venezuela si se descuenta el abastecimiento a Cuba y a los otros socios ideológicos. Bienvenidos. Vendo patera de 223 puestos, con linterna sorda.

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