Economía

El puente sobre el río Kwai

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Madrid (AIPE)- Pedro Solbes está resultando ser un aceptable ministro de Economía y Hacienda de España. Bajo su mandato y sobre las bases de lo construido por José María Aznar y su ministro Cristóbal Montoro, la economía española ha seguido creciendo a buen ritmo. El consumo está siendo sustituido por la inversión en bienes de equipo y su importación, el empleo aumenta, las cuentas públicas muestran superávit, la Seguridad Social acumula caja, el turismo sigue creciendo aunque a menor ritmo, la banca es solvente, las empresas españolas se expanden por el mundo. Cierto que hay señales que parecen indicar que la situación podría no durar. Pero en su conjunto “la economía va como un tiro”, como dice el presidente Rodríguez Zapatero. Me alegra tanta prosperidad económica, pero me alarma que el presidente la utilice como bula para los pecados del Gobierno en cuestiones más profundas y permanentes. El vicepresidente Solbes muestra justificada satisfacción por la parte que toca a su departamento pero calla y mira para otro lado cada vez que el Gobierno toma otra de sus frívolas o peligrosas medidas políticas.

Hay que atender a los indicadores económicos para ver cuán halagüeña es la situación. La producción española medida por el PIB crece un 4% anual, una de las cifras más altas de la UE, lo que incluso mejora el ritmo marcado bajo los Gobiernos del PP. El número de empleados que cotizan en la Seguridad Social no ha dejado de aumentar a partir de los 13,5 millones con los que se encontró Aznar: el número sobrepasa ahora los 20 millones, un aumento de 6 millones y medio de ocupados en doce años. Pese al aumento de la población activa, el paro se ha reducido al 8,5% de la población activa. La entrada de inmigrantes ha aumentado la oferta de mano de obra y contenido el alza de salarios, algo que ha servido de sustitución de una reforma laboral siempre pendiente. Solbes ha mejorado incluso la tan denostada apuesta de Aznar por equilibrar las cuentas públicas: el superávit alcanzó en 2006 ahora una cifra equivalente al 1,8 del PIB y la deuda pública se encuentra por debajo del 40% del PIB, cuando el Banco Central Europeo exige un déficit no mayor del 2% y una deuda no superior al 60%. Por parte de la OCDE y del FMI todo son parabienes, no sólo por lo que se refiere a esos indicadores sino también por la solidez del sistema bancario español.

Alguna nube empieza a aparecer en el horizonte. El abultado déficit de la balanza de pagos preocupa, pues resulta ser el mayor del mundo después del de EEUU. Sin embargo, tranquiliza algo el que se deba en gran parte a la importación de maquinaria y otros bienes de inversión y que esté financiado por el ahorro nacional y las entradas de capital extranjero. La inversión dedicada a construcción de vivienda parece excesiva, aunque sea de una cuantía semejante a la construcción en obra pública y equipamiento industrial. La inflación de los precios al consumo es más alta que en el resto de la Unión Europea y a ella se añade algo que no se incluye en el IPC, a saber, la subida desmedida de los precios de los activos inmobiliarios y de las cotizaciones de Bolsa atizada por la excesiva liquidez creada por los bancos centrales del mundo. Está empezando a notarse creciente descontento entre los ciudadanos corrientes, no sólo por el precio de un café de esos que el presidente ya no paga de su bolsillo desde hace años, sino por el preocupante futuro de una juventud mal formada y ahogada de deudas. El último informe de la ECDE sobre España añade otros motivos de preocupación a los que he citado: la escasa calidad tecnológica de las exportaciones españolas; la competencia de los nuevos miembros de la UE; el estancamiento de la productividad total de los factores de producción; la rigidez salarial, sólo contenida por la inmigración.

Con la actual bonanza económica Zapatero compra el silencio de los corderos, que apenas balan lastimeramente ante los desmanes de la izquierda en el poder. Al amparo de una coalición con los comunistas y lo más zafio de la sociedad catalana, Zapatero, azuzado por su camarilla de socialistas, se entretiene en despertar la memoria de los asesinatos de la Guerra Civil, en malbaratar entendimiento democrático de la Transición, en ceder ante las exigencias de políticos autonómicos irresponsables, en implorar la comprensión de terroristas implacables, en pervertir el sistema judicial con la complicidad de un ministro de Justicia y un ministerio fiscal politizados, en buscar aliados para España entre la hez de los pueblos de la Tierra. Incluso se ha permitido intervenir en la operación de compra de una gran compañía eléctrica por otra europea, so pretexto de defender el interés nacional. Quizá uno de los peores desmanes de los socialistas que ocupan el poder sea el intento de expulsar de la vida democrática al Partido Popular, tildándolo de “guerracivilista” y de “falangista”, con el apoyo de los medios de comunicación masiva de Jesús Polanco, que hizo su fortuna gracias a los privilegios editoriales que le concedió la dictadura de Franco. Los españoles no recordamos desde que murió Franco otro momento de tensión tan grave como éste, atizada por un Zapatero dedicado a la Alianza de las Civilizaciones y a la destrucción de las oposiciones. Entretanto, Pedro Solbes, insensible al estruendo de las piquetas con las que sus compañeros de Gobierno están destruyendo la Constitución y las libertades de España, incluso sordo ante la dimisión del supervisor del mercado de valores, continúa impertérrito su trabajo de disciplinado funcionario: cultiva el silencio pusilánime, dispensa el arreglo servicial, receta el emoliente linimento, y así suministra un precioso apoyo sin el que el Gobierno del PSOE se derrumbaría.

El cine sugiere reveladoras comparaciones con las que iluminar el verdadero carácter del Gobierno que ahora dirige a España. El parecido entre Zapatero y Mr. Bean de vacaciones es sobrecogedor. La vicepresidenta María Teresa Fernández de la Vega recuerda a Madame Defarge, la “tricoteuse” que hacía punto al pie de la guillotina en la película “Historia de dos ciudades”, inspirada en la novela de Dickens. Pues bien, para entender el papel de Solbes en la política española no hay mejor comparación que con el protagonista del “Puente sobre el río Kwai”, el teniente coronel Nicholson, memorablemente representado por Alec Guiness.

El concienzudo oficial británico cree que sólo la disciplina de una obra bien hecha conseguirá redimir a los prisioneros bajo su mando. No piensa que ese puente permitirá que los convoyes de tropas japonesas invadan la Birmania británica y quizá la India. Incluso intenta impedir que un comando vuele ese puente al paso del primer convoy. Pero en el último momento descubre la enormidad de su miopía y, queriendo o sin querer, cae sobre el detonador que hace saltar por los aires su hermosa obra.

___*Profesor de la Universidad San Pablo CEU y académico asociado del Cato Institute.

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