Economía

El temor a una China al acecho

China ya ha superado a EEUU como el país más contaminante, ha puesto la mirada en África y Latinoamérica y avanza imparable hacia los primeros puestos de la lista de países según el PIB.

Ya hace tiempo que muchos se preguntaban qué sucedería si 1.200 millones de chinos tuviesen coche o hiciesen de esos dos continentes sus objetos de deseo. No es de extrañar que la primera potencia económica se sienta incómoda cuando China utiliza las mismas armas para dar sus pasos de gigante.  
La fuerte entrada de China en Latinoamérica ha despertado el recelo de EEUU, interesado en este continente sobre todo como fuente energética. El gigante asiático, con 1.200 millones de habitantes, supone una amenaza para su abastecimiento. Sobre todo si el Acuerdo de Libre Comercio de las Américas se materializa, pues su principal valedor tendría un firme competidor en el control de un mercado de 800 millones de personas.   
Por otro lado, el gobierno estadounidense muestra su inquietud por la presencia de China en África. La acusa de ser cómplice de un genocidio en este continente por mantener sus relaciones comerciales con Sudán a cambio de apoyo político y armas, como si EEUU no estuviese detrás de otras masacres que han segado la vida de millones de personas. Es el caso de la lucha en la República Democrática del Congo, avivada por la venta de armas de EEUU a sus aliados Ruanda y Uganda para combatir contra las tropas gubernamentales. El que EEUU critique la presencia de China en África ya plantea que lo que prima no es el desarrollo del continente más pobre, sino el interés estratégico de este continente.

EEUU mantiene una actitud parecida respecto al cambio climático. En la pasada Cumbre del G-8, George Bush condicionó cualquier medida contra el cambio climático a que China también adquiriese un compromiso. Resulta igual de inquietante que el dragón asiático sea ya la nación que más contamina como que EEUU haya eludido hasta ahora el Tratado de Kyoto mientras que la UE, por ejemplo, sí reconocía su responsabilidad con el medio ambiente.

Como afirma el periodista Joaquín Estefanía, la voracidad de China no sólo se extiende a las materias primas y alimentos que necesita, «sino, cada vez más, al terreno financiero». EEUU la responsabiliza de su déficit en las relaciones comerciales de ambos por mantener una tasa de cambio baja de modo artificial. Sin embargo, ignora el impacto de la cultura del crédito que lleva a gran parte de la población estadounidense a consumir por encima de sus posibilidades, lo que también motiva el desequilibrio en la balanza. La revista The Economist reconoce que parte de la ansiedad de los trabajadores por la competencia de China desaparecería con más protección laboral en lugar de con aranceles a productos más baratos de China, una medida que sólo castigaría a los más empobrecidos de EEUU.

Otro ejemplo es la decisión del gigante asiático de invertir una parte de sus reservas en dólares en un gran fondo estadounidense. Hasta ahora, el gigante asiático hacía sus inversiones en bonos del estado que financiaban la deuda pública estadounidense. Pero la creciente cantidad de dólares en China, producida en buena medida por el consumismo de Estados Unidos, ha llevado a su gobierno a buscar también una rentabilidad en el mercado de inversiones de alto riesgo. De este modo, el Gobierno chino podría ser propietario de empresas del país o de cualquier otra zona del mundo en la que este fondo decidiese destinar su dinero.   
Con las operaciones militares en Oriente Próximo y Medio, Estados Unidos se aseguraba la presencia en una zona vital para controlar de cerca la expansión económica de China. Sin embargo, aún más difícil de controlar es un tipo de desarrollo que Occidente practica desde hace años, guiado por el interés económico y sustentado en las materias primas del sur, en un consumo sin control, y a expensas del medio ambiente.  
 

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