Economía

Empresarios revolucionarios

En términos matemáticos se puede afirmar que el título de este artículo corresponde al conjunto vacio, porque no hay nada más contradictorio que un empresario revolucionario. La ideología comunista desprecia a los empresarios. La riqueza la produce el trabajo del obrero y el empresario, por su condición de propietario o aliado del capital, se apropia de la mayor parte de la misma y condena al obrero a la miseria. No hay duda de que el planteamiento es elemental, es trivial, de una simpleza irrefutable. Con esta concepción en mente (yo diría que en las entrañas) es imposible valorar la labor del empresario.

Por eso, aplicando este criterio, al revolucionario le encanta expropiar empresas, al final esto significa liberar al obrero explotado. Crear nuevas empresas ya es otra cosa, eso es trabajo de empresarios verdaderos. Por eso es más fácil estatizar Sidor que construir todas las nuevas siderúrgicas prometidas, la Ciudad del Acero y otros cuentos. Ahora se puede poner a los obreros a dirigir la empresa y gerenciar por medio de asambleas. Hay que reconocer que las asambleas constituyen el gran aporte tecnológico de los revolucionarios, dan una sensación de democracia irrebatible, crean un espejismo de soberanía y gobierno del pueblo, son participativas y protagónicas, aunque siempre se decida lo que dice el jefe.

El revolucionario no puede comprender la importancia de reducir los costos fijos, ni la utilidad de convertir costos fijos en variables (se le dice tercerización u outsourcing). En su mente no cabe la importancia de optimizar el capital de trabajo, el desarrollo de proveedores independientes y confiables, la mejora de la rotación de las cuentas por cobrar o la atención individualizada a cada cliente. No entiende el valor de utilizar la rentabilidad para priorizar un programa de inversiones. Esos son términos capitalistas, meras patrañas para aumentar la explotación. El revolucionario no entiende que el obrero no calificado gana poco porque produce poco, porque es fácilmente reemplazable, porque no tiene la capacitación para lograr una visión general del proceso (aquí me refiero al proceso productivo). No puede asimilar que el gerente gana más porque su trabajo es optimizar y eso produce valor. Se quedó en los viejos conceptos marxistas de la época en que los obreros eran explotados con jornadas de 14 horas diarias y se empleaban niños para deshollinar las chimeneas. Su ideología actúa como un velo que le impide apreciar los avances logrados por los trabajadores en el sistema capitalista, gracias a las luchas obreras y a los avances en la productividad. Por eso piensa que a pura voluntad podrá dirigir las empresas, pero eso sí, cuando se las quita a los empresarios que las tienen bien organizadas.

El fracaso de la revolución en la creación de las nuevas empresas prometidas es evidente. Resulta redundante hacer un listado de la cantidad de proyectos ofrecidos por el socialismo del XXI: agroindustriales, energéticos, petroquímicos, siderúrgicos, comunicacionales y muchos más, que no se han materializado. El fracaso es tan grande que yo no puedo recordar ni siquiera una sola iniciativa exitosa en casi una década revolucionaria.

Ahora le tocará fracasar a las empresas bien constituidas. Destruir una organización productiva que está bien organizada y valora la eficiencia y la rentabilidad no es tarea de un día. Se requiere tiempo para burocratizarla, para distribuir a los trabajadores beneficios populistas alejados de la productividad, para dedicar a la empresa a labores sociales, pero no hay que desmayar, los empresarios revolucionarios lo lograrán.

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