Economía

Energía y cooperación hemisférica

Pasó casi inadvertida la iniciativa del presidente Barack Obama de proponer una Alianza de las Américas para la Energía y el Cambio Climático en la reciente V Cumbre de jefes de Estado y de Gobierno del continente, celebrada en Puerto España (Energy and Climate Change Partnership of the Americas). Por ser una materia que atañe a los nuestros intereses vitales, la diplomacia venezolana siempre ha tenido una actuación principal en anteriores propuestas similares, que Washington olvida tan pronto baja el precio del petróleo.

En 1992 los diplomáticos criollos en Washington lograron insertar una cláusula sobre la cooperación energética hemisférica en la Ley de Energía promulgada por el presidente George Bush padre. La disposición legal exigía al Departamento de Energía presentar anualmente un informe al Congreso estadounidense sobre los avances en la materia. Era entonces embajador ante la Casa Blanca el ex canciller Simón Alberto Consalvi y quien escribe este artículo ministro consejero. Venezuela, a la sazón, ya tenía un diálogo técnico conforme a un acuerdo bilateral de cooperación energética firmado en 1980.

En 1994, durante la organización de la I Cumbre de las Américas en Miami, la energía fue inicialmente un tema secundario subsumido en el capítulo sobre conservación ambiental. Por iniciativa del entonces ministro de Hacienda, Julio Sosa Rodríguez, nos correspondió proponer, en la reunión preparatoria de Airlie House, Virginia, en noviembre de aquel año, un nuevo capítulo sobre cooperación energética, el cual fue aceptado por todas las delegaciones, no sin antes realizar una intensa labor persuasiva.

Estados Unidos y algunos países latinoamericanos vieron la propuesta venezolana con cierta suspicacia, al principio. Unos sostenían la tesis liberal, según la cual los mercados energéticos deben dejarse al libre arbitrio de la oferta y la demanda, por lo que los Estados tenían poco o ningún rol que jugar. Otras naciones pensaron que la energía es un asunto de soberanía nacional y por lo tanto la iniciativa podría dar pié a la privatización de la industria de los hidrocarburos.

Venezuela, conforme a sus intereses, sostenía que los Estados, los consumidores, las empresas energéticas y petroleras privadas y los organismos multilaterales, debían trabajar juntos, bajo un espíritu de cooperación, para optimizar la producción y consumo de energéticos de manera eficiente en todo el continente americano, sin subvenciones a fuentes de energía renovables pero muy costosas, y sin perjudicar artificialmente la competitividad de la industria petrolera y gasífera frente a otras opciones.

Venezuela, abastecedor seguro y confiable de hidrocarburos a los países consumidores, defendía así sus intereses fundamentales y tendía la mano para cooperar en la búsqueda de una mayor eficiencia energética y de un mayor suministro de todas las energías; pero sin perjuicio de sus ingentes recursos de hidrocarburos. Implícito en la iniciativa estaba el concepto estratégico de que el continente americano cuenta con suficientes fuentes de energía para abastecerse sin depender de suministros extra-continentales sujetos a volatilidades geo-políticas de diverso tenor.

El gobierno del presidente Bill Clinton le adjudicó suficiente importancia a la iniciativa venezolana. Su secretaria de Energía, Hazle O’ Leary, convocó a cinco o seis encuentros de rango ministerial en los que alternaron líderes energéticos de los Estados productores y consumidores, de los organismos multilaterales y de las empresas petroleras. Sin embargo, el gobierno del presidente George W. Bush desechó la iniciativa y algunos países latinoamericanos, exportadores de petróleo, comenzaron el típico “pescuezeo” para halar la brasa para su sardina. Todo lo cual determinó la virtual paralización del esfuerzo iniciado a instancias de Venezuela.

La nueva propuesta del presidente Obama incluye formar una nueva matriz energética continental, efectuar un inventario de los recursos renovables y no renovables de cada país, intensificar la cooperación para combatir el cambio climático, reducir la emisión de gases de efecto invernadero y promover la eficiencia y la transferencia de tecnología. En este contexto, el planteamiento venezolano, recogido en la Declaración de los jefes de Estado reunidos en Miami, mantiene plena vigencia.

Claro que las condiciones han cambiado, tanto estructural como circunstancialmente. El índice de eficiencia energética ha continuado mejorando desde 1994; pero el consumo en términos absolutos ha aumentado. La degradación del ambiente y el cambio climático se han acentuado a niveles alarmantes. La necesidad de un mayor suministro de energéticos limpios y no contaminantes se hace más perentoria. El largo periodo de casi dos décadas de precios bajos del petróleo gestó en los países emergentes de Asia y América Latina, un patrón de consumo poco eficiente. La producción petrolera de muchas naciones ha comenzado a declinar irreversiblemente. Pasamos por un ciclo de precios ascendentes (2000-2008), seguido de un nuevo colapso de precios por virtud de la crisis financiera mundial. El mundo es hoy globalmente más próspero que lo que era en hace tres lustros; pero la importancia de la cooperación energética hemisférica es quizás más relevante que hace quince años.

Los principales actores energéticos del hemisferio son Estados Unidos y Venezuela; el primero como mayor consumidor y el segundo como principal tenedor de grandes reservas de petróleo, gas y carbón, amén del enorme potencial de las energías hídricas, eólica y solar. Hay nuevos actores en el hemisferio, como Bolivia, Brasil, Colombia, Perú y Trinidad y Tobago, hoy el segundo exportador de gas natural licuado del planeta. Si los estadounidenses propician una auténtica agenda de cooperación, es mucho lo que Venezuela puede aportar.

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