Economía

Está acercándose la globalización a su final?

Para comenzar, con el permiso de los partidarios de la corriente ultraliberal, deseamos aclarar que el término “globalización” no es sino un eufemismo que ha servido fundamentalmente para disfrazar y justificar, durante las últimas tres décadas, una apertura comercial, quasi unilateral, por parte de los países hasta hace pocos años denominados del tercer mundo. En efecto, con base a los postulados del Consenso de Washington, impuestos por los principales organismos a vocación multilateral, tales como el Banco Mundial, el FMI y el BID, buena parte de los países original y genéricamente conocidos como sub-desarrollados o del tercer mundo, luego denominados en vía de desarrollo – PVD – y finalmente emergentes, se han visto obligados, en mayor o menor grado, a reducir sus aranceles y otras barreras para facilitar el ingreso de productos provenientes de los países industrializados. Esa apertura propició simultáneamente la entrada de inversiones directas extranjeras – IDE – pero también la muy peligrosa, por su volatilidad, de capitales simplemente especulativos o “golondrina”.

Esa apertura no fue correspondida por los países “ricos” los cuales mantuvieron, a través de tecnicismos, argucias o sencillamente de manera abiertamente arbitraria en algunos casos, restricciones que impidieron, directa o indirectamente, la importación de los pocos servicios y productos, agrícolas en su mayoría, proveniente de los países “pobres”. Ejemplo de ello, lo constituye el persistente mantenimiento de los subsidios cuantiosos otorgados por la UE y los EE.UU. a sus agricultores. Esta política, además de obstaculizar la entrada de productos foráneos a sus mercados, permite el ingreso competitivo de sus propios productos, fuertemente subsidiados, en los mercados de sus “socios comerciales”.

Otra evidencia del comportamiento anteriormente referido, la constituye la decisión del presidente G.W. Bush contraria a lo establecido por el Gatt/OMC, al imponer un arancel de 35% AD-VAL, por dos años consecutivos, sobre todo el acero importado, lo cual ha sido suspendido sólo recientemente. Una evaluación imparcial, objetiva, sobre la “globalización” que abarca el período de 30 años ya citado, arroja resultados insatisfactorios. De esta afirmación se substrae un reducido grupo de países circunscrito al área del sureste asiático – Japón, Taiwán, Sur-Corea, Hong Kong. En efecto, en consideración de elementos geopolíticos fuertemente determinantes que distorsionan el análisis de sus resultados, estos países han sido beneficiarios de un tratamiento especial, caracterizado por condiciones inusualmente flexibles, concedido por los EE.UU.

Actualmente, estamos en presencia de otro elemento, relativamente novedoso, que parecería influir en el posible abandono parcial de la corriente “globalizadora”, por parte de algunos países desarrollados tales como Italia y los propios EE.UU. Se trata de la fuerte y masiva competencia, probablemente insospechada o, cuando menos, subestimada hasta hace pocos años, que China y, todavía en menor grado, India están ejerciendo en los propios mercados de esos países y que, con mayor razón, le permite desplazar, en forma rápidamente creciente, a sus competidores occidentales en el ámbito internacional. Nos referimos a ciertas manufacturas derivadas de la industria automotriz, textil, papelera y del cuero, así como a servicios y productos de la informática en general. En vista de ello, los empresarios italianos, junto con sus símiles europeos, están clamando, ante la UE en Bruselas, por la aplicación de medidas proteccionistas. El gobierno de los EE.UU., por su parte, acaba de penalizar con aranceles de 10.9% y 20.4% a dos tipos de papel provenientes de China. Esta medida se basó en la suposición que este país, además de mantener un yuan artificialmente subvaluado, estaría exportando a precios de “dumping”.

Tanto esta medida como la protección solicitada por algunos industriales europeos, contravienen abiertamente lo contemplado en la materia por la OMC, organización de la cual China es miembro con plenos derechos y deberes. A este punto, es interesante destacar que en 2006 el déficit comercial de los EE.UU. fue de aproximadamente US$ 900 millardos, es decir, casi 7% de su PIB. De esa suma, la porción atribuible a China asciende a US$ 232.5 millardos. Italia, por su lado, cuyas empresas textiles y del cuero siguen figurando entre las de mayor generación de exportaciones, no está viendo crecer su economía desde hace cuatro años, lo cual contribuye a la creciente pérdida de competitividad de sus manufacturas. Como resultado de esto último, en 2006 ese país sufrió un déficit comercial cercano a US$ 40 millardos, equivalente al 1.8% del PIB. El caso de Francia es similar al de Italia, mientras que el de España refleja un déficit en cuenta corriente – bienes y servicios básicamente – que el año pasado superó la impresionante suma de US$ 100 millardos, es decir, cerca del 8% de su PIB.

Todo este panorama se complica aún más si consideramos que China, a pesar de la reticencia existente en reconocerlo, además de ser actualmente el país que, al haber ya superado US$ 1.1 billón métrico, posee más de la quinta parte de todas las reservas mundiales en esa moneda, se ha convertido también en la segunda economía del planeta. En efecto, el valor agregado de sus bienes y servicios para 2006, en términos “ppc”, es decir, ajustado a la paridad de poder de compra, superó los US$ 8.8 billones métricos. A efectos de comparación y sobre las mismas bases, el PIB de EE.UU. y el de Japón fue de US$ 12.3 billones y US$ 4.1 billones respectivamente. Si, por otra parte, analizamos la situación actual del conjunto de 27 países que conforman la UE, descubrimos grandes divergencias en su seno. Aún admitiendo que su promedio de crecimiento, en 2007, podrá superar el de los EE.UU. que ha venido cayendo, desde los años 90, de cerca de 3.5% a poco más de 2% en la actualidad, lejos de representar el resultado de un despegue homogéneo y coordinado, ese nuevo impulso amenaza con aumentar las brechas existentes entre tres grupos de países.

En efecto, por un lado consideramos el resultado obtenido, en 2006, por las naciones menos industrializadas de la UE las cuales, en parte debido al efecto “rattrapage”, promediaron un crecimiento superior al 6%, habiéndose observado un sólido 10% en la región báltica. Por otro lado, el de los países que, como España y Alemania, al haber emprendido un proceso de reforma de sus estructuras económico-sociales, su PIB alcanzó cerca del 3%. Por último, el resultado decepcionante de los países reticentes a reformarse, como Francia e Italia, cuyas economías tienden al estancamiento. A este respecto, se observa que el escaso crecimiento francés del 2006, inferior al 2%, no se ha verificado gracias al sector productivo sino al aumento del consumo, inducido por el creciente gasto público y por ende de la deuda del Estado, la cual supera ya el 68% del PIB. En general, en varios países de la UE existe una preocupación creciente, a nivel político y sindical, como resultado del proceso de “localización” de algunas empresas ocurrido en los últimos años. Este lento pero progresivo proceso de desindustrialización está generando desempleo en países como Bélgica, Francia e Italia, beneficiando economías centroeuropeas y asiáticas – China e India principalmente – donde el costo de la mano de obra es mucho menor. Así tenemos, por ejemplo, que la Volkswagen, hace pocos meses, decidió ampliar de 800.000 a 1.800.000 unidades su producción anual en China, mientras procedía al cierre de su planta belga, originando con ello el despido de sus 14.000 empleados. Varios casos similares se han observado también en Francia e Italia, pese al desempleo estructural ya existente, el cual se acerca al 9% de su población activa. Otros nuevos elementos, aún más preocupantes, han aparecido muy recientemente en el sector automotriz y del acero, en los cuales China e India han comenzado a incursionar en diferentes mercados europeos y lo intentarán próximamente en el norteamericano.

En resumen, creemos que lo ocurrido durante los últimos años, así como los diferentes eventos antes señalados, constituyen elementos suficientemente sólidos que nos permiten vislumbrar la posible futura adopción, en un número creciente de países industrializados, de medidas y políticas cada vez más severas, claramente proteccionistas y restrictivas al comercio internacional. Al mismo tiempo, no habría que sorprenderse si, paradójicamente, estos mismos países continuaran a predicar, e incluso a ejercer la presión acostumbrada, aplicando una vez más la “ley del embudo”, sobre las economías emergentes y las de menor desarrollo económico relativo, con la finalidad de que éstas eviten instrumentar las correspondientes e inevitables acciones retaliativas. Eso, sin duda, marcaría el comienzo de un rápido proceso que, más temprano que tarde, determinaría el final del que, por los motivos anteriormente expuestos, se ha erróneamente denominado como de globalización. Esa es una razón más para que todos los países de América latina, dejando de un lado todo planteamiento ideológico dogmático, populista, trasnochado, apuren pragmáticamente el paso tendente a lograr, en el tiempo más breve posible, una verdadera y sólida integración económica. Todo ello, sin dejar de mantener y fortalecer las relaciones comerciales con todo el resto del mundo, tanto industrializado como en vía de desarrollo.

*Ing. Químico – University of Oklahoma (1958) .

PhD. en Ciencias Económicas – Université Paris IX-Dauphine (2000).

Investigador Asociado a la Escuela Doctoral – Université Paris IX-Dauphine.
Investigador Asociado al EURISCO

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