Economía

¿Están obligados los países a tener una sola moneda?

En la antigüedad eran escasas las relaciones económicas entre los diferentes
grupos humanos. Algunos vivían tan aislados, como el caso de los
esquimales, que pensaban que todo el mundo era así y ellos eran los únicos
habitantes del planeta. Podían tener dinero (monetario o no), pero su
circulación se limitaba al grupo en cuestión o a alguna región del mundo.

En algún momento las civilizaciones predominantes en el mundo, tal vez entre
Asia occidental, África del norte y Europa sudoriental, empezaron a darle
más valor a algunos metales, como el oro, y comenzó a ser aceptado como
dinero, hasta que se monetizó.

El uso del oro se fue extendiendo tanto geográfica como históricamente. De
hecho, se convirtió en la moneda internacional, sin importar que en él
estuviera acuñado un personaje griego, egipcio, persa, mesopotámico o sirio,
o que recibiera diferentes denominaciones, como dracma, lira o denario. El
emisor tampoco era importante para nuestro caso, porque el contenido siempre
era oro, y bastaba fundirlo y acuñarlo de nuevo para convertirlo en otra
moneda, o aceptarlo según su peso y pureza. Es decir, había libre y
perfecta convertibilidad cambiaria.

Las economías más aisladas usaron otras monedas, como las semillas de cacao,
las conchas de caracol o el güisqui (la forma más líquida que ha tenido el
dinero). En sociedades marginales, como los presidiarios, el cigarrillo
cumple esa función, y en algunas regiones de muchos países, en diferentes
épocas los terratenientes usaban una moneda de uso restringido a las áreas
de su dominio, con la cual pagaban los sueldos, y le vendían a sus
trabajadores la comida, la ropa y les cobraba el alquiler.

Supervivencia histórica

Como vemos, el patrón oro sobrevivió algunos milenios, y vio su final en
1971, cuando el presidente de los Estados Unidos, Richard Nixon, dejó de
respaldar al dólar (patrón internacional) con el oro.

Como un remanente de aquella época nos quedó que cada país mantuviera su
propia moneda. Primero, cada monarca quería poner su efigie en la moneda de
su país, y luego esa función pasó a quien hiciera las funciones de Estado, y
era un símbolo de soberanía. Cada país debía tener una bandera, un escudo,
un himno, un árbol, una flor, un pájaro, etc. y una moneda, O sea, la moneda
no tenía una razón económica de ser, a pesar de que ésa era su función.

Por lo mismo, si nos liberamos de esas ideas preconcebidas, que aprendemos
desde el nacimiento, como el idioma materno, no deberíamos tener ningún
complejo en que readoptemos una moneda extranjera (recordemos que hasta que
Antonio Guzmán Blanco implantara el bolívar, en Venezuela circulaban
libremente las monedas foráneas) o … que Venezuela y otros países con
acentuada dualidad económica tengan varias monedas nacionales.

Sobre la primera opción, de que se adopte una moneda extranjera (el dólar
norteamericano o una moneda común latinoamericana), por ahora luce absurda,
y muy seguramente no ayudará a solucionar ningún problema; tampoco son muy
viables porque Venezuela no está totalmente integrada a la economía
estadounidense, y mucho menos a Latinoamérica. Nuestro caso no es como el
de México ni los países euroocidentales (que, de paso, no todos implantaron
el euro), y el modelo argentino no es muy alentador para tomarlo como
patrón.

Sobre la segunda opción, en teoría, si se adoptaran dos monedas, una para
cada una de las dos economías que conviven en el territorio venezolano si
ayudaría a solucionar muchos de los problemas del país. Los sectores
intensivos en el uso del factor capital, que emplean relativamente muy poca
gente adoptarían una moneda, y el resto de la economía seguiría con el
bolívar. Hay que estudiar estas propuestas sin ningún complejo.

Las recaídas bursátiles

El miércoles 18-10-2000 en la mañana, mientras miraba la internet vi el
comportamiento de las bolsas neoryorkinas con espectaculares bajas. El
promedio industrial Dow Jones había caído unos 430 puntos en minutos, más
que en horas, y un comportamiento similar mostraban el NASDAQ y el S&P’s
500. Viendo sus gráficos, parecían unas líneas casi rectas y verticales.

Al principio no lo creí, y como el servicio telefónico y de internet (ambos
de CANTV) han estado muy malos en las últimas semanas (se cortan las
llamadas y las conexiones a los 30 segundos, o a los 2 minutos, además de
que no hay acceso a internet desde las 5:45 p.m. ni los fines de semana ni
feriados) pensé que podía ser un error, un virus, una mala conexión, o
cualquier cosa. Siguiendo por las páginas gratuitas me pasé de
CNNenEspanol.com a yahoo.com, y era cierto, estaba presenciando unas bajas
espectaculares en vivo.

Por supuesto, como no hay nada sin causas, me puse a buscarlas y no
conseguía nada (¿será que debo pagar un servicio online?), sino que tuve que
esperar hasta el día siguiente. Para los venezolanos, acostumbrados a
catástrofes económicas diarias, las causas hasta daban risa: una
desaceleración del crecimiento económico norteamericano en el tercer
trimestre, basados en proyecciones (3% interanual contra el 5,6% del segundo
trimestre); el desilusionante ritmo de crecimiento de las ventas de IBM que
despertaron temores sobre las ganancias corporativas; una tasa de inflación
más alta que la esperada (0,5% en septiembre después de retroceder 0,1% en
agosto); la debilidad del euro; y las ventas de acciones de bajo rendimiento
para contrarrestar las ganancias registradas a inicios de año con fines
fiscales.

El día siguiente se publicaron otras noticias más «positivas»: el déficit
comercial se redujo levemente en agosto (29.440 millones de dólares, de
31.690 millones de dólares en julio), aunque sigue siendo gigantesco; y las
solicitudes de desempleo bajaron en 7.000 la semana pasada.

Pero más que culpar a la economía por lo que sucede en la bolsa, sus
movimientos son endógenos, porque después de todo, ¿cómo podía justificarse
un supercrecimiento del 10% ó 30% interanual (casi 100% en 3 años y cuarto,
de octubre de 1996 a enero del 2000) en los índices bursátiles si la
economía apenas crecía 5%? Se supone que el índice bursátil es el resumen
de todos los sectores productivos del país, y su comportamiento refleja lo
que sucede en las empresas que lo cotizan.

Pero tal como preví el año pasado en numerosos artículos, ese crecimiento en
los valores bursátiles por encima de lo que pasaba en la economía real no
era sostenible, y podía venir un período de estancamiento, si no de baja en
los índices bursátiles. Actualmente el Dow Jones está abajo de sus máximos,
y también de los 11.000 puntos que alcanzó hace año y medio. El NASDAQ, el
S&P’s 500 y todos los demás, hasta las otras bolsas del mundo están así. En
Venezuela el Índice de Capitalización Bursátil está lejos de los 11.000
puntos a los que llegó en 1998.

En lo que a los valores neoyorkinos se refiere, un estancamiento alrededor
de los 10 u 11 mil puntos para Dow Jones por varios años, con una inflación
baja o moderada, en la práctica significa una caída suave y sostenida. Tal
vez ése deba ser el objetivo de las autoridades monetarias de la mayor
economía del mundo.

Para el momento de preparar esta nota, todos esos acontecimientos estaban en
pleno desarrollo.

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