Economía

Galbraith, favorito de Clinton y de Chávez

(AIPE)- En una de sus interminables charlas por cadena de televisión, poco antes de salir a visitar a sus socios árabes del cartel de la OPEP, el presidente venezolano Hugo Chávez mostró a los televidentes -con amplia sonrisa y gran admiración- la portada de un libro del economista John Kenneth Galbraith. Y, casualmente, el 9 de agosto el presidente Bill Clinton le otorgó al mismo profesor Galbraith la Medalla de la Libertad.

Galbraith, oriundo del Canadá, se vino a estudiar economía agrícola a la Universidad de California en Berkeley y durante la Segunda Guerra fue jefe de la oficina de control de precios en la administración del presidente Roosevelt.

Galbraith, quien medio siglo más tarde sigue defendiendo los controles de precios, por muchos años fue profesor de economía en Harvard (1946-1975), donde lo conoció el presidente John Kennedy y lo nombró embajador en la India (1960-1963). La India fue una de muchas ex colonias británicas que iniciaron su vida democrática con gran idealismo socialista, por lo que Galbraith era admirado y sus consejos puestos en práctica con gran entusiasmo.

Nadie discute que el profesor Galbraith tiene una gran simpatía personal y sus libros de economía son muy amenos; lástima que todos hayan estado totalmente equivocados en sus conclusiones, al extremo que algunos de sus colegas lo consideran como uno de los mejores novelistas del siglo XX.

A pesar que Galbraith ha sido el peor enemigo de la publicidad, argumentando que la demanda por los bienes y servicios no nace en los consumidores sino es producto directo de la publicidad masiva, las grandes cadenas de diarios por décadas han publicado sus columnas alabando la planificación central, recordándonos aquella frase de Lenin sobre que los capitalistas siempre están dispuestos a vender la soga con la cual serán ahorcados.

Galbraith en su libro La sociedad opulenta (1958) insistía que la publicidad, lejos de ser información de interés que sirve para diferenciar los diversos productos ofrecidos a la venta, tiene el único objetivo de crear un “efecto de dependencia”. Y como resultado de tan mala costumbre, el dinero se derrocha en bienes innecesarios, cuando mucho mejor sería que el gobierno lo canalizara para cubrir las verdaderas necesidades del pueblo. Me imagino que éste es uno de los temas que más le llama la atención a Chávez, quien parece decidido a arrasar en Venezuela con la poca actividad económica privada que su antecesor Rafael Caldera dejó en pie.

En su best-seller de 1967, El nuevo estado industrial, Galbraith se lamentaba que al producir General Motors “la mitad de todos los automóviles, sus diseños no reflejan la moda actual sino que son la moda. La forma apropiada de un automóvil, para la mayoría, será la que el fabricante decrete como tal”. La realidad es totalmente diferente. Hoy en Estados Unidos se venden más autos de marcas asiáticas que de General Motors, cuya penetración del mercado norteamericano ha caído al 28% y la capitalización de empresas que entonces no existían, como Microsoft, Cisco, Intel, etc., superan en mucho a las de las grandes chimeneas del pasado que Galbraith miraba con inmensa desconfianza por considerarlas oligopolios omnipotentes.

Galbraith mantenía que la degradación del medio ambiente, la falta de escuelas y de viviendas dignas, de parques y de lugares de esparcimiento y recreo se torna evidente bajo el capitalismo. No, no bajo el comunismo de Cuba y de la Unión Soviética, sino bajo el capitalismo.

Este economista de la era cuando la gente todavía pensaba que el gobierno nos solucionaría todos los problemas sin mayor esfuerzo de nuestra parte, redistribuyendo el “exceso” de riqueza en manos de los acaudalados, odiaba los monopolios y oligopolios sin darse cuenta que estos sólo surgen y se mantienen cuando cuentan con el respaldo político de los gobernantes, quienes a menudo dificultan el ingreso de nuevos competidores al mercado o le cierran las puertas a las importaciones de bienes y servicios.

Si a Chávez se le ocurrió llevarle de regalo a sus socios de la OPEP las obras completas de Galbraith, estos estarán muertos de risa leyendo sobre las malvadas consecuencias de los carteles. Pero más extraño resulta entender por qué a estas alturas Washington le concede la Medalla de la Libertad a un economista estatista, enemigo acérrimo del mercado.

* Director de la agencia de prensa AIPE y académico asociado del Cato Institute.

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