Economía

Hay que cerrar el FMI

El Fondo Monetario Internacional interfiere demasiado en las políticas internas de los países que intenta ayudar. Es más, las políticas del FMI no generan prosperidad ni alivian la pobreza. Esta fue la reciente conclusión de la comisión bipartidista del Congreso de Estados Unidos. Lamentablemente, el remedio propuesto no cura la enfermedad sino que trata de reinventar la misión del FMI.

El único remedio es acabar con esa burocracia internacional. ¿Por qué? No hay que ver más allá del desastre que causó en el sureste asiático. A mediados de 1997, a raíz del colapso del bahdt, la moneda de Tailandia, una crisis económica se extendió por toda la región. La receta del FMI: tasas de cambio flotantes.

Se nos aseguró que eso sería la manera de recuperar la prosperidad. Recordemos que cuando Indonesia puso a flotar la rupia, en agosto de 1997, el subdirector gerente del FMI –Stanley Fischer- aseguró que tal acción, “en combinación con las sólidas bases existentes en Indonesia, apoyadas por políticas fiscales y monetarias prudentes, permitirá a su economía continuar con el mismo impresionante rendimiento económico de los últimos años”.

Disparates. Con la excepción de Hong Kong, todos los demás países del sureste asiático pusieron sus monedas a flotar. Y se hundieron. En la siguiente gráfica podemos ver lo que sucedió. Desde fines de 1966 hasta diciembre de 1999, la moneda que más sufrió fue la rupia de Indonesia, pero a todas las monedas de cambio flotante les fue muy mal.

La labor del FMI se evidencia en las devaluaciones y el derrumbe
de la prosperidad en Asia, en los años 1996 a 1999:

País—-Tasa de cambioen US$—– PIB per capita: US$


Hong Kong——– – 0,5% ——————– – 5,6%

Corea del Sur—– – 26,0% —————- – 18,4%

Tailandia———– – 31,6% —————– – 30,8%

Malasia————- – 33,5% —————– – 28,6%

Indonesia ———- – 66,4% —————- – 35,5%

Nadie puede negar que mientras mayor fue la devaluación peor fue la ruina sufrida por esas economías. Indonesia fue la que más sufrió. Algunos dicen que los pobres no fueron muy afectados. Incierto. Los más pobres son siempre los que más sufren por las malas políticas.

¿Por qué fue Hong Kong una excepción? Como lo predije en mi columna publicada el 17 de noviembre de 1997, Hong Kong no devaluó su moneda. La razón fue que Hong Kong ya tenía una caja de conversión que fijaba su moneda al dólar de Estados Unidos. La moneda local pudo entonces resistir el vendaval y su Producto Interno Bruto cayó mucho menos que el de sus vecinos.

Claro que la historia que cuenta el FMI es muy diferente. El mes pasado, Thomas Dawson, escribió indignado al Wall Street Journal, en defensa de la política asiática del instituto. Decía que Corea del Sur creció 10% en 1999 y Tailandia 4%. Cierto, pero eso apenas demuestra una recuperación parcial del desastre sufrido en los años anteriores.

Yo fui testigo de las destructivas políticas del FMI. En febrero de 1998, el entonces presidente Suharto de Indonesia me nombró consultor. Para detener la caída de la rupia recomendé adoptar una caja de conversión similar a la de Hong Kong. El mercado aplaudió la idea. El día en que la noticia fue reportada, la rupia se revaluó 28% frente al dólar.

Pero Suharto no era una figura popular ni para la administración Clinton ni en el FMI. La caja de conversión hubiera logrado estabilizar la rupia, pero también hubiera fortalecido a Suharto, por lo que Washington y el FMI desataron un contraataque masivo, presionando al gobierno de Indonesia a deshechar la idea de la caja de conversión.

Recientemente, Michel Camdessus, director gerente saliente del FMI, se jactaba diciendo: “Nosotros creamos las condiciones que obligaron al presidente Suharto a abandonar su cargo”. Es decir, el FMI creó un inmenso sufrimiento humano para lograr ciertos fines políticos.

Cuando el ex Secretario de Estado George Shultz se enteró de las declaraciones de Camdessus, dijo por radio: “No creo que esa es una función del FMI. Miren lo que sucedió en Indonesia: el ingreso per capita se redujo a la mitad, se disparó la pobreza y aumentó la intolerancia religiosa”. Más claro, imposible. ©

Profesor de economía de la Universidad Johns Hopkins. Este artículo fue publicado originalmente por la revista Forbes.

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